Los Haguen
Hace muchos años atrás, cuando los halos de la lecto-escritura recién habían comenzado hacía aproximadamente un siglo, existieron dos tribus de elementales. Estas últimas pensaron que sería mejor dejar de transmitir las historias oralmente en los cuentos de media noche, y escribir sobre la piedra las leyendas que habían encantado sus almas desde niños.
La primera tribu
que se había formado era la que se conoce en la actualidad como los Talleristas.
Estos vivían en el bosque, tenían cuerpos cubiertos de cabello
marrón y cabezas de fauno. Pero lo que más los caracterizaba eran
sus grandes ojos marrones, que parecían densos pomos de azúcar
negra brillosa. Esta parte de su biología era muy
marcada, porque pasaban mucho tiempo observándose los unos a los otros y
contemplando la selva. Los Talleristas tenían una idea
democrática de la escritura. Y practicaban un ritual que llamaban el Flerhaguen.
El Flerhaguen consistía en escribir cada uno en su roca
durante días y luego sentarse a compartir las historias alrededor de una fogata
nocturna. Para los Talleristas lo fundamental de la escritura
era compartirla. Ellos valoraban esta tradición porque creían que la escritura
era una suerte de limpieza demoníaca en la que todos los espectros y alimañas, que se les metían en el cuerpo al recorrer los lugares hechizados
del bosque profundo, debían ser
purgados. Debían ser escritos. Y eso era fundamental. Pero más fundamental todavía, era
compartirla. Hasta que no se habían regalado las historias entre sí, el Flerhaguen no
estaba completo. Tanto es así que empezaron a crear juegos para que
la energía de los rituales sea más fluida y la purga más intensa. Mezclaban las
oraciones, palabras y símbolos entre ellos, y creaban historias compuestas de
partes de las leyendas que realizaban todos
los demás Talleristas. Inventaban nombres y palabras.
Reían de los conceptos o de los símbolos que otros Talleristas habían
purgado y también los lloraban como si les fuesen propios. Porque en el Flerhaguen,
no había una distinción específica de donde terminaba un Tallerista y
empezaba el otro. Cuando las historias se entremezclaban y
se empezaban a construír sus meta-mundos, nadie era
alguien en específico. Todos respiraban y vivían a los
protagonistas del otro como si fuesen suyos. Y lloraban sus muertes y festejaban sus andanzas, como si ellos mismos los hubieran escrito en su
piedra personal de leyendas.
Otra de las tribus
que nació en la ladera montañosa del bosque, eran los Furaños. Los Furaños tenían
un cuerpo completamente lampiño y más parecido al humano. La única diferencia con los hombres era que su cabeza estaba conformada por un pico
gigante y anaranjado. Sus ojos, por otro lado, eran pequeños como granos de
arroz. Generalmente revestían su mirada de unos cristales azules que ampliaban
los objetos de su campo de visión para poder reconocerlos con todo detalle. Según
documentos recientes, Los Furaños tenían
una sociedad muy organizada en la que el aprendizaje de la
escritura y el involucramiento profundo en ella era para unos pocos. El grupo
de Furaños selectos era
aquel que le había dedicado su vida a las palabras y a estudiar el lenguaje en
su máxima expresión. Y otro requisito para su comunidad, era utilizar la
escritura para explicar conocimientos útiles que sirvan a la vida
cotidiana. Como el uso medicinal de las plantas, o las costumbres de los
animales que no se habían descubierto y que les eran necesarias para añadirlas
al Arjú. El Arjú era un archivo enorme,
construido en una caverna al sur de las montañas, que abarcaba toda la historia
desde que había una para contar. Quienes estaban listos para este tipo de vida
realizaban el Bautizo de Sal.
Ceremonia Furaña en la que se ponía un círculo de sal en el suelo y
el Furaño que mejores
ensayos sobre la roca había postulado. Y quien había competido contra muchos
otros por meses en realizar un escrito completísimo sobre algún tema
específico que versara sobre el bosque, las leyendas, las plantas de poder, o
cualquiera de los temas de interés, era bautizado Furaño de Sal. Los Furaños de Sal no compartían las historias entre ellos, a
menos que fuera para evaluación o por alguna cuestión de vida o
muerte. El conocimiento era algo sagrado y como sagrado no era bien
visto divulgarlo entre los pares, o entre aquellos Furaños que no habían calificado para el Bautizo de Sal. Una mañana soleada de primavera, el Furaño de Sal, Stevenson Mc Rallon,
había salido con su tabla a inspeccionar una zona del bosque a la cual no
llegaban los mapas. Se le había encargado documentar todo lo que allí
encontrara y cada uno de los sucesos tenía que estar condensado en una
síntesis que brinde usos prácticos sobre las entidades del
bosque a las generaciones futuras. Porque las historias por si
solas, contadas sin una síntesis explicativa, nunca habían servido de nada para
su comunidad. Mc Rallon caminaba lentamente, midiendo cada paso y fijándose en
cada hongo recubierto de lodo, en pos de no perderse ningún descubrimiento que
pudiera ser trascendental para añadirlo al Arjú. En
un determinado momento oyó el ruido de unos tambores que sonaban a un ritmo
desprolijo y se acercó. Lo que observó fue un grupo de bípedos
con muchísimo cabello en el cuerpo, gritando, bailando y repartiéndose
entre sí tablas con escritos tallados. Con algo de miedo decidió
agarrar a una de esas criaturas distraída y dormirla con una toxina que llevaba
en su equipaje de excursión. Transportó el cuerpo de la criatura hasta un
rincón oculto del bosque y empezó a escribir en la piedra su reporte diario.
Este documento Furaño es
un compilado de extractos que sobrevivieron al paso del tiempo y que
data de aquel momento en el que se encontró con su primer Tallerista.
Día 1: La criatura mide siete palmos y
la he aislado de su entorno salvaje. Parece estar muy a gusto en su sueño
profundo, así que supongo que su metabolismo probablemente oponga menos
resistencia a la toxina, que el de la comunidad Furaña. Continuaré el reporte
en la mañana cuando haya despertado y pueda sacar un aprendizaje más provechoso
de la experiencia.
Día 2: Finalmente despertó y parece no
generarle ningún tipo de actividad nerviosa mi presencia. Lo he observado y he
descrito su biología en mi piedra. Naturalmente también he intentado
hablarle, pero no me dirige palabra. Es posible que no hable el mismo idioma ya
que lo encontré junto con una tabla escrita con símbolos que estoy seguro,
jamás pisaron el Arjú, aunque muy satisfecho procuro, lo harán pronto.
Día 17: Hay algo extraño en sus ojos.
Son enormes como dos pelotas de cacao o dos piñas adultas. Cuando me mira
siento que me está diciendo algo, pero no habla. Quizás algo de mi dieta
frugívora en esta parte del bosque me haya sentado mal. Siento que por momentos
pierdo la objetividad. Hoy escribió en la piedra unos símbolos y me los mostró.
Automáticamente me di cuenta de que es una especie muy primitiva, así que
aparté la piedra de mi vista para que entendiera el pecado que estaba
cometiendo al divulgarme voluntariamente los escritos.
Día 25: La criatura comenzó a moverse
decididamente hacia la ladera boscosa donde la encontré la primera vez. Creo
que quiere presentarme a su especie. Iré con mucha toxina Gardia por cualquier
eventualidad, pero no creo que haya inconveniente alguno. No parecen ser para
nada agresivos.
Día 45: Para poder entender a estos
seres me veo obligado a confesar que rompí las reglas que juré proteger durante
mi primer bautizo. Aquí se tiene una concepción muy distinta del conocimiento.
No hay arjúes, ni rituales de sal. He logrado decodificar que cada unos diez
días realizan una ceremonia muy especial en la que comparten los
símbolos que llevan meses escribiendo en sus piedras. Dado que debo comprender
en profundidad la ciencia de su especie y que me corresponde terminar este
estudio, haré lo mismo solo por esta vez y me integraré en lo que creo que
llaman, el cheflamen.
Día 67: Este es mi tercer Flerhaguen y
puedo sentir como he perdido casi todo lo que me civilizaba. Mis ojos han
crecido en tamaño y ya no necesito los cristales para ver. Algo de lo que aquí
se hace parece cambiarle a uno hasta las vísceras. Ansío volver a la comunidad
Furaña para demostrar que si bien este extrañamiento es mi sentir
inicial, estoy siendo abordado por otro tipo de emociones más cálidas y bellas. Aquí
las piedras escritas no se guardan en una caverna para crear un monumento a la
historia; se escriben y se descartan como si nada porque solo tienen el
propósito de unir a la especie. Sus símbolos tienen un paralelismo con nuestro
idioma, aunque es como si ordenaran distinto las palabras y las letras. Es una
inversión anagrámica y simbólica de lo mismo. De alguna manera
tenemos mucho en común con ellos en un aspecto y muy poco en otros. Para
evitar la molestia de dirigirme en abstracto a su pueblo y porque ya me siento
acogido, los llamé los Haguen. Fue en honor a este ritual, que solo con
presenciarlo unas pocas veces me ha enseñado tanto.
Dia 145: La manera en la que escribo ya
me resulta ajena; y parece datar desde los ecos de quien fui, cuando todavía
hablaba orgulloso sobre rituales de sal y Arjúes preciados. El Flerhaguen es
mucho más que un simple ritual pagano. El Flerhaguen es compartir.
Es comprender que la flexibilidad y maleabilidad del lenguaje y de las
historias abre puertas en la mente que se diluyen en aprendizajes
superiores. Aprendizajes diarios sobre los Haguen y sobre el mundo en sí. Con
algo de pesar y culpa he desperdigado el diario en el que escribí mi
investigación y lo he compartido con el resto de los Haguen. No sé si en algún
momento tocará las manos de un Furaño, pero si así lo hiciera, quiero contarles
que existe otra manera de experimentar la vida. Que el Arjú debería ser un
legado para todos los que deseen leerlo y que nada tiene la importancia, la
rigidez y la especificidad que en algún momento quise construir y defender. El
Flerhaguen es un tambor en lo alto de una colina. Es jugar con cinco oraciones
que no te pertenecen, es entender que nada es propio ni diferente y que todo
se necesita entre sí para construir su síntesis creativa. Espero que algún día
puedan conocer a los Haguen de la manera en la que yo lo hice. Y que abracen
con amorosidad los errores de buscar tan arduamente, algo que de alguna manera
estuvo, o que siempre debió estar en todas partes.
