El avispero
Jaime había comprobado casi de manera
instantánea e imaginable que se había equivocado en jugar a la pelota cerca del
avispero. La bandada de insectos que se le acercaban parecía una nube negra con
leves pintitas amarillentas que amenazaban en zumbido ensordecedor. Sus ansias
de sobrevivir se gatillaron con la misma rapidez con la que recordó el lago que
estaba pasando la rotonda de la granja.
Debajo del agua ningún ala u aguijón malicioso podría picotearlo. Entonces,
al correr unos metros, pudo articular un salto nervioso y lo hizo apalancándose
en la primera roca que percibió. Así saltó, contemplando como aquella masa
transparente yacía con menos volumen por el calor del verano. Al pensar
brevemente en esto dió cuenta de su segunda equivocación, esperando lastimarse
no solo con sus perseguidoras pestes, sino también con el fondillo poco claro
de aquella agua traslúcida. Aún así, la
lagunita se extendía fragrante como su última esperanza. Al caer efectivamente sus
piernas se hundieron hasta las rodillas en el agua y Jaime esperó con
desilusión y dolor el fin inminente y cruel que acontecería. En un determinado momento le pareció sentir que
el sonido se intensificaba, y experimentó la idea fugaz de que quizás el dolor
de mil aguijones al mismo tiempo, debía ser tan mortal que no tendría la capacidad
humana de sufrirlo. Allí decidió abrir los ojos en pos de tener un último acto
de valor para enfrentar la situación, y contempló el panorama. Las avispas lo
empezaron a rodear como en una especie de espiral que se iba cerrando, y entre
los sonidos de los zumbidos empezó a generarse un espacio para contemplarlas. El ruido variaba entre graves y agudos, casi
a un ritmo que se iba organizando. Se parecía a un sonido que había escuchado
antes, hasta que reconoció que era idéntico al de un latido. Tuc-tuc, tuc-tuc.
Pero en zumbidos largos bsss-bsss, bsss-bsss. El zumbar iba creciendo hasta que
se volvió difuso nuevamente. Mientras el espiral de avispas lo iba aprisionando
exprimiendo el poco oxígeno que le quedaba alrededor. Jaime tenía miedo, pero
al mismo tiempo sentía que lo que estaba sucediendo era de una naturaleza tan
inusual, que lo hacía más una adrenalina tensa. Como la de recorrer un lugar hostil por primera vez, atento y curioso, con cierta temeridad.
El latir se había convertido nuevamente en un bssss eterno, y junto con el
espiral cerrado, fue sintiendo los roces
de las alas en la piel cual ráfaga de viento semisólida, hasta que abrió los
ojos y notó que su manera de ver había cambiado. La perspectiva no era la
misma, sino que sus ojos captaban panorámicamente el iglú espiralado de
insectos. Más el foco de visión era
flexible y caprichoso, hasta el punto de poder concentrarse en cada patita
enramada y en cada antena saltarina de sus carcelarias. En un instante todo se
oscureció, porque ya no entraba la luz y eran tantas, que no se veía nada más
que un negro opaco, y no se oía nada más que una especie de masa pegajosa de
encastres que lo recluía en la oscuridad, y se desvanecía en un silencio denso. Experimentó una presión en la espalda y tuvo
miedo de que el festín o las picaduras hubiesen empezado por allí. Pero luego
sintió que la presión no venía desde fuera sino desde adentro de sus propios omóplatos en donde sintió brotar dos láminas pequeñas que se movían con
torpeza. Se tocó las manos y observó que ya no eran manos y que cuando movía
sus dedos para articularlos, en su lugar, tenía dos cilindros pequeños que solo
le permitían un movimiento hacia adelante y hacía atrás. Se los llevó a la cara
y se lastimó por la brusquedad con la que notó que casi toda su cara eran ojos,
que concluían en una piel más sensible, gomosa y peluda. Cuando ascendió en
busca de alguna solidez se encontró con dos bastones negros que surgían de su
cabeza como plantas, cuyos movimientos tenían voluntad propia y que al tocarlos pareció
molestarles así que los dejó en paz. Quiso gritar y no pudo, así que se quedó
quieto porque lo único que lo tranquilizaba era acostumbrarse a su propia
presencia, que ya no hablaba en palabras sino en oleadas sensoriales que se
expresaban en zumbidos. Luego de un tiempo que ya no se medía en horas ni en
minutos, la masa opaca de su alrededor se iba aclarando y rompiendo como la
cáscara de un huevo, que le recordó como un eco del pasado a la transparente laguna
en donde una vez había buscado salvarse. Mientras el pensamiento perdía
palabras, se elevó en una inmensa cúpula amarillenta gigante, llena de
seres como él, que iban rápidamente de un lado a otro con una prisa que solo se
justificaba con tareas a cumplir. Dicho y hecho empezó a imitar a sus compañeras y a transportar con
rapidez entre sus patas, trozos amarillos de aquella elipse para que sea cada
vez sea más sólida. Había que hacer más fuerte el nido, y todas lo repetían
para sí mismas en susurros que terminaban en el batir de sus alas. En ese
momento un rayo de luz penetró como un láser dorado el nido y el caos reinó en aquella
vivienda que se desmoronaba. Algo había impactado el hogar de toda la familia y
había que recuperarlo. Pero antes a Jaime, cuyo nombre perdía cada vez más
fuerza, lo reinó una ira destructiva. Una ira que todas compartían mientras
erectaban sus aguijones y salían a
combatir a quien hubiera dejado entrar esa violenta luz antes de tiempo. Ese
ser bípedo y tontolón que corría por su vida, parecía dirigirse a una lagunita
casi sin agua. No bastaría con picar hasta la muerte al destructor, pensó en
común con todas sus compañeras. Había
que darle una lección más clara. Algo que recordara por el resto de su vida.

