León enjaulado
Quiero reírme y no puedo. Porque le estoy abriendo el corazón a la nada. Porque me topé con el
abismo, como si fuera una persona. Se sentó al lado mío y me dijo que
estoy vacío. Que en realidad no había demasiado para hacer en esta
vida y que el que ganaba era el que nunca se enteraba y le iba bien
o aquel que se daba cuenta a tiempo de que no había que darle
importancia a ningún suceso. Escribo quizás para convertirme en
escritor. Quizás para desnudar mi alma, antes que una luz brillante
me recuerde que estoy muerto y me arrebate las cartas. Busco ganar
el juego, como si de mí dependiera que entender el sentido de todo
este carnaval delirante. Como si el mundo me pidiera que descubra la
verdad y diga: Sí, ya está, lo logré. Descubrí la salida del
laberinto, vencí mi propio ahogo. Domé a la fiera y, al mismo tiempo,
la integré en mi alma. Apañé la edad oscura en una búsqueda noble y
uní todos los puntos, uno al lado del otro, para formar la línea curva
que completa el círculo donde todo por fin todo se comprende. Pero
no... Todavía sigo perdido. ¿Y saben qué es lo más gracioso? Que
moriría por la causa de encontrar sentido. Porque pienso que sería
completamente cruel estar parados todos en esta solitaria piedra
verde y azul, sólo para mirarnos los rostros hasta morir de
aburrimiento. Porque hay una fuerza que subyace al dolor que tengo en
la espalda y que me ayuda a cargar la mochila con la paz misionera de
un viajero errante. Puedo sentir esa fuerza...está oculta en mi
estómago. Quieta y esperando a ser liberada. Como un león de llamas
rojas que espera el botón de encendido. Hoy, quizás haga a un lado
los enrosques innecesarios de mi mente entrenada para el horror y
abra su prisión para siempre.
