domingo, 7 de junio de 2020

León enjaulado
 

    Quiero reírme y no puedo. Porque le estoy abriendo el corazón a la nada. Porque me topé con el abismo, como si fuera una persona. Se sentó al lado mío y me dijo que estoy vacío. Que en realidad no había demasiado para hacer en esta vida y que el que ganaba era el que nunca se enteraba y le iba bien o aquel que se daba cuenta a tiempo de que no había que darle importancia a ningún suceso. Escribo quizás para convertirme en escritor. Quizás para desnudar mi alma, antes que una luz brillante me recuerde que estoy muerto y me arrebate las cartas. Busco ganar el juego, como si de mí dependiera que entender el sentido de todo este carnaval delirante. Como si el mundo me pidiera que descubra la verdad y diga: Sí, ya está, lo logré. Descubrí la salida del laberinto, vencí mi propio ahogo. Domé a la fiera y, al mismo tiempo, la integré en mi alma. Apañé la edad oscura en una búsqueda noble y uní todos los puntos, uno al lado del otro, para formar la línea curva que completa el círculo donde todo por fin todo se comprende. Pero no... Todavía sigo perdido. ¿Y saben qué es lo más gracioso? Que moriría por la causa de encontrar sentido. Porque pienso que sería completamente cruel estar parados todos en esta solitaria piedra verde y azul, sólo para mirarnos los rostros hasta morir de aburrimiento. Porque hay una fuerza que subyace al dolor que tengo en la espalda y que me ayuda a cargar la mochila con la paz misionera de un viajero errante. Puedo sentir esa fuerza...está oculta en mi estómago. Quieta y esperando a ser liberada. Como un león de llamas rojas que espera el botón de encendido. Hoy, quizás haga a un lado los enrosques innecesarios de mi mente entrenada para el horror y abra su prisión para siempre.





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