sábado, 6 de marzo de 2021

Platónica

         La verdad te ves platónica. Linda. ¿Cómo decirlo…? No, no se me ocurre otra palabra. Te ves así porque no te veo en persona y por lo tanto no conozco tus imperfecciones. Solo tu perfil de Instagram. Un lugar lleno de seguidores. Fans. Gente que consume tu imagen. Yo también consumo tu imagen. La devoro. Pero yo no te pongo “me gusta” en nada. ¿Por qué? Porque me volvería igual a ellos. El otro día leí un libro en donde dice que cuando te morís te consume un cúmulo de energía universal con la forma de un águila gigantesca. Una especie de masa vibrante que diluye todas las mochilas.  Y ahí todos se entienden con todos. Ahí quizás nos encontraríamos nosotros. Acá hay muchas barreras. Haces música parece. Subís tus temas a Spotify. Tenés buen color de voz. ¡Por eso te digo! Sos una idea. Un holograma construido en base a las fotos e  historias que subís diciendo que te levantaste con buena energía y sonriéndole al panóptico de tu cámara frontal. Sos una representación en mi cabeza. En realidad no conozco las cosas que te preocupan por las noches ni a tus amigos. Te imagino quebrándote. Empezando a llorar en una pieza vacía un día que estuviste muy mal porque tuviste una mala experiencia con un tema nuevo que publicaste. Te bardearon. Te nombraron con adjetivos que no te merecés ni un poco. Pero en realidad yo no sé si eso es real. Ese es el lugar en el que yo elijo verte. Elijo convertirte en un fragmento inventado donde estas rota. Donde se te puede ayudar a levantarte. Te veo ahí porque es el único lugar en el que me puedo conectar con vos. No nos cruzamos paseando al perro, ni en la facultad. No nos reímos juntos. No nos miramos a los ojos desconsolados intentando encontrar en el otro  un gramo de fe. Nuestra relación es inútil. Platónica. Es un decorado de la pos verdad. Es un cuadro en el departamento de una señora que olvidó porque lo tiene ahí.  Ni siquiera sabe quién lo pintó, ni quien se lo regaló. Somos eso. Ese cúmulo energético virtual de interacciones  vacías que se come a la  gente y la junta sin contárselo a nadie. Sin embargo yo camino y te pienso. Yo escribo y te siento. Cerca. Ahí como en una especie de ruleta en la que hay una chance mínima, escasa de que un día nos veamos de verdad. De que un día se alineen los planetas y nos pongamos a adivinar nuestros segundos nombres y  nuestras lunas astrológicas. Lo único que importa ahora es esto que tenemos sin tenerlo. Es este desgarro eterno de sentirte profundamente adentro sin tener ni la más pálida idea de cómo se siente darte un abrazo.




lunes, 7 de diciembre de 2020

 

 

Ramiro

 

La principal diferencia entre Ramiro Ercolowitz y Ana, era que él podía mirar tanto para adelante como para atrás, mientras sostenía aquella visión periférica a los alrededores del coche.

-¡Anita, no te preocupes! Pronto llegamos a destino y vas a poder relajarte en aquella casona que tanto te gusta. Donde las luces de las estrellas se reflejan en el río Quilpo y los grillos cantan melodías encriptadas en la oscuridad. - Dijo Ramiro como si estuviese citando a un literato famoso.

Ana recordaba que esa expresión poética sobre los grillos y el agua era completamente suya. No porque se preocupara por la propiedad intelectual de sus pensamientos, sino más bien porque la  sentía tan suya, que no recordaba cómo podía ser que Ramiro la hubiese podido reproducir con esa claridad. Pero después de todo Ramiro tenía algo especial. Además de poder sostener la atención adelante y atrás para cuidar que el Fiat Duna se mantuviera en aquella ruta empinada alrededor de las montañas, también tenía mucha solidez al hablar y un oído bastante afilado.

- Sí, supongo que ya falta poco. ¿Trajiste los sanguchitos que te pedí para aguantar hasta allá?

- Por supuesto bombona. Están en el baúl, en una bolsita. Pero recién estamos a mitad de camino. Creo que podríamos esperar un poco más ¿no? Por lo menos unos 50 km. El taiming es importante después de todo.

- Tengo hambre, pero bueno. Supongo que puedo esperar... - Dijo Ana mientras miraba el horizonte.

“Bombona…” pensó mientras se preguntaba por qué nunca le había molestado que Ramiro la llamara así, a pesar de que no fueran más que... ¿Amigos? ¿Eran amigos? Ni ella lo sabía. Hay relaciones que no tienen etiquetas o categorías como los frascos de un boticario. Son inclasificables. Fungen en el espacio vacío entre los átomos y su hábitat es la falta de exactitud. Ramiro Ercolowitz había aparecido en la vida de Ana como una flecha perdida que impacta en el terreno enemigo y provoca el comienzo de la batalla. Pero con esto no quiere decir que haya sido estrepitoso o importuno. Simplemente había caído inadvertidamente, sin avisar, un día en el que ella se había llevado sus apuntes por accidente y él se los había pedido luego en las puertas de la facultad. Lo había visto acercarse casi torpemente con esos ojos marrones de venado, los rizos rubios siempre levemente húmedos en el viento, y aquel porte de hombre algo gordito pero en la medida justa para no desentonar. Hacía mucho calor ese día. Más bien había mucha humedad. Como hoy… días en los que todo chorrea.

- ¡La impaciencia es mal compañero de viaje! Jajaja…. Che, ¿terminaste el ensayo sobre los Barden? No puedo esperar a leer eso. Siempre tuviste talento para los ensayos. Para describir pueblos… - Dijo Ramiro con los ojos relajados por la brisa del viento que le secaba las facciones del rostro sudoroso.

- No… no lo terminé todavía. ¿Podrías no preguntármelo tan seguido? Me siento para la mierda cuando me acuerdo que no lo terminé.

- No fue mi intención. Es que te salen tan bien…

- Ya sé… Me está costando un poco.  Mirá, los Barden son un grupo de Bretones de un pueblo Celta que tenían muchísimas tradiciones espirituales y que darían de comer a millones de ensayistas que trabajen con espiritualidad. Pero la cagada es que hay muy pocos datos sobre los rituales y los blogs de internet en donde busco cosas sobre el pueblo no son de mucha fiabilidad. El otro día me re emocioné porque había encontrado un blog increíble sobre los rituales que hacían en las lunas llenas, pero después en los comentarios lo re tiraban abajo. Decían que ningún dato tenía el apoyo empírico de un antropólogo competente, y que eran todas leyendas para entretener geeks o engañar gente seria. ¡Los odio! Te ilusionan y después te tiran abajo.

- Y, Anita, es así… en la era de la información nunca se sabe. Hay que acostumbrarse.  Pero digo yo, ¿no? ¿Por qué es tan importante que estén verificadas las páginas?

- ¿Qué?

Ramiro hizo silencio y miró para adelante y para atrás.

- Estamos cerca. - Dijo con los labios laxos dibujando una mueca que quizás expresaba un cierto fastidio.

- ¿Qué te pasa?

- Nada…

Ana lo miró extrañada y continuó.

- Obviamente que hace falta que estén verificadas. Sino es ficción. No es algo que haya sucedido realmente. ¡Sería un insulto al mundo de los ensayos que quieren sostener un discurso responsable!

- Bueno… pero digo ¿hay una comprobación rigurosa de eso? ¿Quién le da autoridad a un grupo de gente para que elija lo que pasó de verdad y lo que no? ¿No te parece innecesario tanto lío?

- ¿Innecesario? Para nada, así se sostiene el mundo y giran los planetas. Si las personas no pueden diferenciar los datos auténticos de las interpretaciones nunca van a saber lo que es real y lo que no. ¿Cómo construirían el mundo? ¿De que servirían los ensayos entonces? Me está re enojando lo que estás diciendo, hablemos de otra cosa…

- Bueno… no era para tanto… ¿y qué decía?

- ¿Quién…?

- ¿Qué decía la página de los Barden y la lunas llenas?

- Ah… algo re interesante. Hasta que leí los comentarios, me pareció re loco. Hablaba sobre unos entes sagrados que se llamaban los Notempu, que nacían los días de luna llena, y su única función era acompañar a los barden a cruzar el pasaje al mundo de los espíritus. De alguna manera entendí que funcionaban como la anestesia. De repente hacían todo soportable y te ayudaban a aceptar el final para que vos puedas decir tipo: “Listo, hasta acá llegué” Después te acompañaban al otro lugar que es como el limbo o algo así pero para los Celtas.

- ¡Qué locura! Me encantó. Dijo Ramiro mientras  el motor del auto sonaba como un colchón de agua ronroneante en el camino.

- Sí, pero es mentira. Además no sé qué onda con los celtas. Nadie aceptaría tan fácil ir al otro lado. Yo mínimo discutiría los términos y condiciones antes de ir con cualquiera a cualquier lado en donde no sé ni qué hay.

- Bueno, capaz  pensaban que no se podía. Que a veces simplemente había  que creerles jajaja

- Conformista lo tuyo. ¿Podemos comer esos sanguches ahora?

- ¡No, Anita, dale! Esperemos un poco más. Mirá, ya casi estamos. Pronto llegamos a destino y de última los comemos allá. Y vas a poder relajarte en aquella casona que tanto te gusta. Donde las luces de las estrellas se reflejan en el Rio Quilpo y los grillos cantan melodías encriptadas en la oscuridad.

- ¿De Javú? O ya habías dicho eso. Deja de usar mis frases, es molesto a veces. Pará el auto dale y comamos que tengo hambre.

- No tenés hambre

- ¿Qué?

- Y no puedo parar el auto… ya sabés.

- Ramiro, ¿qué te pasa?

- Nada, que no se puede andar comprobando datos todo el tiempo. A veces las cosas son como son y listo. Hay humedad, hace calor y eso se siente. No es necesario que un antropólogo calificado lo verifique en algún documento importante.

- ¿Y eso qué tiene que ver con los sanguchitos?

- Ya pasamos por esto antes. No hay sanguchitos, no los trajiste.

- ¿Pero… no los habías traído vos?

- No, son sanguchitos de Schrödinger, están y no están al mismo tiempo en el baúl jajaja

- Me estás empezando a molestar…

- Ya sé, normalmente pasaba un poco antes, pero hoy me pudiste contar algunas cosas más, quizás esta vez salga todo bien y capaz… ya estás lista para irte.

En aquel momento, Ana comenzó a sentir como unos estremecedores escalofríos le rodeaban el cuerpo. Temió por un momento quedarse atrapada en aquel circuito eterno de hambre y discusiones sobre la validez de las cosas. Allí recordó muy visualmente la casona, el lago, el calor, los grillos y pensó como consuelo, que aquel lugar era algo real. No importaba si no llegaba nunca o si el sitio preferido de sus vacaciones no había sido retratado en un diario, o comprobado geográficamente por un grupo de catedráticos. Ella lo conocía. Podía olfatear el musgo del agua y el sol calentando las vigas de madera del muelle que llevaba al río. Y podía recordarse allí, sola. Contemplando la llanta de un auto flotando lentamente y acercándose a sus blancos pies. Aquél día y en ese lugar fenomenal, decidió que quizás no estaba lista para irse de ahí. Más teniendo en cuenta el precio que había tenido que pagar para llegar. Pensó que todavía tenía que acomodar algunas ideas en su mente. Y urdió, caminando descalza entre las sinfonías de los insectos que tanto le gustaban, un plan para ayudarse a sí misma. Pero había algo seguro, jamás podría hacerlo sola. Necesitaría la ayuda de Ramiro, que desde que confundió sus apuntes con los suyos se había dado a conocer, y siempre había tenido el talento de hacerla sentir segura. De explicarle las cosas con paciencia y abrazar sus caprichos. Pero lo mejor que tenía Ramiro, era que parecía siempre estar cómodo con lo que sucedía y que podía mirar para adelante y para atrás. A diferencia de Ana, que sólo sabía mirar para atrás.


 


  Una chica entra a un bar

 

¿Dónde estaba ella?  En un bar, sí. Claro que sí. Ella era una chica. Una chica entra a un bar. Pide una cerveza. El barman se la sirve con suavidad. Seguramente lo hace con la misma delicadeza con la que riega las plantas de su balcón. Y nótese que dije balcón y no patio trasero. Él es un barman, probablemente el patio trasero con huerta y jardín solo se relegue a sus sueños.

La primera vez que conté una historia, la hice sin tener ningún boceto a mano. La iba contando a medida que las ocurrencias se iban depositando una encima de la otra formando un sándwich de jamón y queso. Un clásico. Estoy escuchando un susurro en la habitación de al lado. Pero esa no es la parte importante. Sólo es un eco. Un susurro. Una performance del viento. Se escucha:

               - ¡Sra Clotilde! Es la hora del baño, ya lo hablamos ayer… Vamos que antes de que se quiera dar cuenta ya está limpita y bella para recibir a las visitas.

Estoy distraído, tengo que pensar en ella, eso es lo importante, ella es el punto. Tiene color. Color rojo en los labios. Ella es una chica. Una chica entra a un bar. ¿Qué está tomando? Cerveza, toma cerveza y el bartender le sirve suavemente una cerveza rubia en un vaso. Los opuestos se reflejan en el contraste que hay entre su pelo negro y enrulado y esa cerveza color miel que dibuja abundancia. El bartender la mira y le dice:

               - Paga la casa.

Ella piensa “muy prematuro, muy rápido”. Al menos veinticinco palabras  tendrían que haberse intercambiado antes de que de repente “pague la casa”. No es poético, no es épico, no se justifica. La cara de la chica deja ver unas arrugas en las comisuras de los labios. Me recuerda a…

Huele espantoso donde vivo.  A  veces pienso que la mala suerte que tenemos hizo un contrato con nuestros sentidos y a cada persona se le manifiesta en uno en particular. En mi caso es indudablemente el olfato. La vista compite, pero definitivamente son los olores. Olor a madera desgastada y enmohecida. Olor a viejo,  olor a antigüedad, olor a Clotilde. Ojalá hoy esté de buen humor y se deje cepillar bien. Ojalá nunca me pidan que me cepille solo porque olvidé hacerlo los últimos veinte años. Tengo que terminar. Tengo que cruzar esa puerta divisoria una vez más. Como la cruzamos todos a veces. Pero yo especialmente tengo que cruzarla hoy. Concluir el ciclo y, para eso, necesito a aquella chica.

              Ella entra a un bar. Pide la cerveza. La toma. En el bar huele a pureza, a destilados, a perfume de jazmín y a ropas de estreno. El bartender le pregunta sobre su tatuaje de copa en el cuello. Ella le explica haciendo dos o tres comentarios elegantes sobre las leyes filosóficas del universo, pero los ejemplifica de manera tan banal que parecen naturales, líquidos. Los colores son fuertes. El rojo de los labios, clásico. El blanco del vestido, Clásico. Pero no es todo clásico. Y hay algo nuevo en el ambiente. Es una magia que traen los bares de noche. Una nitidez especial que se exacerba con la naturaleza fáctica de que sea de noche. Suben de volumen los olores y el color. Es la química entre dos personas que entrecruzan sus aristas en un duelo de espadas por primera vez. El barman le dice con voz quebradiza: 

               - ¿Y qué significa?    

               - Es la fuente.               

               - ¿La fuente de qué?

              - De todo. De la vida, de las cosas comunes, de esta birra, de la juventud, de nosotros ahora mismo teniendo esta charla.

          - Supongo que tengo que agradecerle a la fuente entonces…

             - Mmm no sé. -Titubea la chica-  nunca se aprende a querer todo lo que fluye de la fuente.

                - Bueno, yo vivo el día a día.

          - ¿Cuánto es? 

          - Paga la casa.

Eso está muy bien, ahora sí está casi listo. Escucho gritos en el cuarto de baño. Es difícil cepillar axilas contra la voluntad de sus propietarios. Pero seguro que después, todos le vamos a agradecer a esa chica. Ella es hermosa. Es de otro tiempo. Limpia axilas durante el día y durante la noche quien sabe qué hará. Yo la miro de reojo y vuelvo a mis libros, a mis notas… al Bar. Me recuerda a… Casi lo olvido, estoy apunto. Soy un tonto, un distraído. Sentir que estas ganando la carrera es la trampa de los grandes maratonistas. El ego te tapa la voluntad y te dejás estar. Como este lugar horrendo. ¿Hace cuánto que se deja estar?  Esos hongos tienen más familia que todo mi árbol genealógico. ¡Qué asco! Basta… vuelvo. ¿A dónde estaba? Sí… 

Una chica, un bar, un bartender, la mejor conversación del planeta, la definición amplificada de la oscuridad en la noche. Y luego cruzan esa puerta. Sí… Yo cruzo con ellos. Finalmente cruzo con ellos. Le escucho decir a la chica:

                 - ¿Qué hacés para vivir? Digo…además de emborrachar gente…

                 - Escribo…

                 - ¿Vas a escribir sobre hoy… sobre esto?

                 - Jajaja, quién sabe, depende. Me olvidaba, ¿cómo es tu nombre?

                 - Clotilde.

         “Clotilde”… Esa parte no es tan buena. Debería cambiarla. Pero ya está. Lo hecho, hecho esta. Nada más importa. Crucé la puerta con ella y eso es lo más importante.


lunes, 12 de octubre de 2020

 

Los Haguen 

 

Hace muchos años atrás, cuando los halos de la lecto-escritura recién habían comenzado hacía aproximadamente un siglo, existieron dos tribus de elementales. Estas últimas pensaron que sería mejor dejar de transmitir las historias oralmente en los cuentos de media noche, y escribir sobre la piedra las leyendas que habían encantado sus almas desde niños. 

La primera tribu que se había formado era la que se conoce en la actualidad como los Talleristas. Estos vivían en el bosque, tenían cuerpos cubiertos de cabello marrón y cabezas de fauno. Pero lo que más los caracterizaba eran sus grandes ojos marrones, que parecían densos pomos de azúcar negra brillosa. Esta parte de su biología era muy marcada, porque pasaban mucho tiempo observándose los unos a los otros y contemplando la selva. Los Talleristas tenían una idea democrática de la escritura. Y practicaban un ritual que llamaban el Flerhaguen. El Flerhaguen consistía en escribir cada uno en su roca durante días y luego sentarse a compartir las historias alrededor de una fogata nocturna. Para los Talleristas lo fundamental de la escritura era compartirla. Ellos valoraban esta tradición porque creían que la escritura era una suerte de limpieza demoníaca en la que todos los espectros y alimañas, que se les metían en el cuerpo al recorrer los lugares hechizados del bosque profundo, debían ser purgados. Debían ser escritos. Y eso era fundamental. Pero más fundamental todavía, era compartirla. Hasta que no se habían regalado las historias entre sí, el Flerhaguen no estaba completo. Tanto es así que empezaron a crear juegos para que la energía de los rituales sea más fluida y la purga más intensa. Mezclaban las oraciones, palabras y símbolos entre ellos, y creaban historias compuestas de partes de las leyendas que realizaban todos los demás Talleristas. Inventaban nombres y palabras. Reían de los conceptos o de los símbolos que otros Talleristas habían purgado y también los lloraban como si les fuesen propios. Porque en el Flerhaguen, no había una distinción específica de donde terminaba un Tallerista y empezaba el otro. Cuando las historias se entremezclaban y se  empezaban a construír sus meta-mundos, nadie era alguien en específico. Todos respiraban y vivían a los protagonistas del otro como si fuesen suyos. Y lloraban sus muertes y festejaban sus andanzas, como si ellos mismos los hubieran escrito en su piedra personal de leyendas.

    Otra de las tribus que nació en la ladera montañosa del bosque, eran los Furaños.  Los Furaños  tenían un cuerpo completamente lampiño y más parecido al humano. La única diferencia con los hombres era que su cabeza estaba conformada por un pico gigante y anaranjado. Sus ojos, por otro lado, eran pequeños como granos de arroz. Generalmente revestían su mirada de unos cristales azules que ampliaban los objetos de su campo de visión para poder reconocerlos con todo detalle. Según documentos recientes, Los Furaños tenían una sociedad  muy organizada en la que el aprendizaje de la escritura y el involucramiento profundo en ella era para unos pocos. El grupo de Furaños selectos era aquel que le había dedicado su vida a las palabras y a estudiar el lenguaje en su máxima expresión. Y otro requisito para su comunidad, era utilizar la escritura para  explicar conocimientos útiles que sirvan a la vida cotidiana. Como el uso medicinal de las plantas, o las costumbres de los animales que no se habían descubierto y que les eran necesarias para añadirlas al  Arjú.  El Arjú era un archivo enorme, construido en una caverna al sur de las montañas, que abarcaba toda la historia desde que había una para contar. Quienes estaban listos para este tipo de vida realizaban el Bautizo de Sal. Ceremonia Furaña en la que se ponía un círculo de sal en el suelo y el Furaño que mejores ensayos sobre la roca había postulado. Y quien había competido contra muchos otros por meses en realizar un escrito completísimo sobre algún tema específico que versara sobre el bosque, las leyendas, las plantas de poder, o cualquiera de los temas de interés, era bautizado Furaño de Sal.  Los Furaños de Sal no compartían las historias entre ellos, a menos que fuera para evaluación o por alguna cuestión de vida o muerte.  El conocimiento era algo sagrado y como sagrado no era bien visto divulgarlo entre los pares, o entre aquellos Furaños que no habían calificado para el Bautizo de Sal. Una mañana soleada de primavera, el Furaño de Sal, Stevenson Mc Rallon, había salido con su tabla a inspeccionar una zona del bosque a la cual no llegaban los mapas. Se le había encargado documentar todo lo que allí encontrara y cada uno de los sucesos tenía que estar condensado en una síntesis que brinde usos prácticos sobre las entidades del bosque a las generaciones futuras. Porque las historias por si solas, contadas sin una síntesis explicativa, nunca habían servido de nada para su comunidad. Mc Rallon caminaba lentamente, midiendo cada paso y fijándose en cada hongo recubierto de lodo, en pos de no perderse ningún descubrimiento que pudiera ser trascendental para añadirlo al Arjú.  En un determinado momento oyó el ruido de unos tambores que sonaban a un ritmo desprolijo y se acercó. Lo que observó fue un grupo de bípedos con muchísimo cabello en el cuerpo, gritando, bailando y repartiéndose entre sí tablas con escritos tallados. Con algo de miedo decidió agarrar a una de esas criaturas distraída y dormirla con una toxina que llevaba en su equipaje de excursión. Transportó el cuerpo de la criatura hasta un rincón oculto del bosque y empezó a escribir en la piedra su reporte diario. Este documento Furaño es un compilado de extractos que sobrevivieron al paso del tiempo y que data de aquel momento en el que se encontró con su primer Tallerista.

Día 1: La criatura mide siete palmos y la he aislado de su entorno salvaje. Parece estar muy a gusto en su sueño profundo, así que supongo que su metabolismo probablemente oponga menos resistencia a la toxina, que el de la comunidad Furaña. Continuaré el reporte en la mañana cuando haya despertado y pueda sacar un aprendizaje más provechoso de la experiencia.

Día 2: Finalmente despertó y parece no generarle ningún tipo de actividad nerviosa mi presencia. Lo he observado y he descrito su biología en mi piedra. Naturalmente también he intentado hablarle, pero no me dirige palabra. Es posible que no hable el mismo idioma ya que lo encontré junto con una tabla escrita con símbolos que estoy seguro, jamás pisaron el Arjú, aunque muy satisfecho procuro, lo harán pronto.

Día 17: Hay algo extraño en sus ojos. Son enormes como dos pelotas de cacao o dos piñas adultas. Cuando me mira siento que me está diciendo algo, pero no habla. Quizás algo de mi dieta frugívora en esta parte del bosque me haya sentado mal. Siento que por momentos pierdo la objetividad. Hoy escribió en la piedra unos símbolos y me los mostró. Automáticamente me di cuenta de que es una especie muy primitiva, así que aparté la piedra de mi vista para que entendiera el pecado que estaba cometiendo al divulgarme voluntariamente los escritos.

Día 25: La criatura comenzó a moverse decididamente hacia la ladera boscosa donde la encontré la primera vez. Creo que quiere presentarme a su especie. Iré con mucha toxina Gardia por cualquier eventualidad, pero no creo que haya inconveniente alguno. No parecen ser para nada agresivos.

Día 45: Para poder entender a estos seres me veo obligado a confesar que rompí las reglas que juré proteger durante mi primer bautizo. Aquí se tiene una concepción muy distinta del conocimiento. No hay arjúes, ni rituales de sal. He logrado decodificar que cada unos diez días realizan una ceremonia  muy especial en la que comparten los símbolos que llevan meses escribiendo en sus piedras. Dado que debo comprender en profundidad la ciencia de su especie y que me corresponde terminar este estudio, haré lo mismo solo por esta vez y me integraré en lo que creo que llaman, el cheflamen.

Día 67: Este es mi tercer Flerhaguen y puedo sentir como he perdido casi todo lo que me civilizaba. Mis ojos han crecido en tamaño y ya no necesito los cristales para ver. Algo de lo que aquí se hace parece cambiarle a uno hasta las vísceras. Ansío volver a la comunidad Furaña para demostrar que si bien este extrañamiento es mi sentir inicial, estoy siendo abordado por otro tipo de emociones más cálidas y bellas. Aquí las piedras escritas no se guardan en una caverna para crear un monumento a la historia; se escriben y se descartan como si nada porque solo tienen el propósito de unir a la especie. Sus símbolos tienen un paralelismo con nuestro idioma, aunque es como si ordenaran distinto las palabras y las letras. Es una inversión anagrámica y simbólica de lo mismo. De alguna manera tenemos mucho en común con ellos en un aspecto y muy poco en otros. Para evitar la molestia de dirigirme en abstracto a su pueblo y porque ya me siento acogido, los llamé los Haguen. Fue en honor a este ritual, que solo con presenciarlo unas pocas veces me ha enseñado tanto.

Dia 145: La manera en la que escribo ya me resulta ajena; y parece datar desde los ecos de quien fui, cuando todavía hablaba orgulloso sobre rituales de sal y Arjúes preciados. El Flerhaguen es mucho más que un simple ritual pagano. El Flerhaguen es compartir. Es comprender que la flexibilidad y maleabilidad del lenguaje y de las historias abre puertas en la mente que se diluyen en aprendizajes superiores. Aprendizajes diarios sobre los Haguen y sobre el mundo en sí. Con algo de pesar y culpa he desperdigado el diario en el que escribí mi investigación y lo he compartido con el resto de los Haguen. No sé si en algún momento tocará las manos de un Furaño, pero si así lo hiciera, quiero contarles que existe otra manera de experimentar la vida. Que el Arjú debería ser un legado para todos los que deseen leerlo y que nada tiene la importancia, la rigidez y la especificidad que en algún momento quise construir y defender. El Flerhaguen es un tambor en lo alto de una colina. Es jugar con cinco oraciones que no te pertenecen, es entender que nada es propio ni diferente y que todo se necesita entre sí para construir su síntesis creativa. Espero que algún día puedan conocer a los Haguen de la manera en la que yo lo hice. Y que abracen con amorosidad los errores de buscar tan arduamente, algo que de alguna manera estuvo, o que siempre debió estar en todas partes.




sábado, 26 de septiembre de 2020

 

Escritor


Me dan ganas de contarte que te quiero para mí solo aunque no sepas quien soy. Y quiero que te quedes conmigo hasta el final. Pero para eso vas a tener que saber un poco de mí ¿no? Bueno, puedo contarte. No obstante, sabé que cuando lo haga, mi alma se va a pegar a la tuya como un insecto vicioso. Soy escritor. Y escribo cosas ¿ves? Esto que estás leyendo lo estoy escribiendo ahora mismo. Pero ya no sé cómo hacer para que las palabras aparezcan como lo hacían antes. No te vayas. Quedate hasta el final y mirá todo lo que aprendí a hacer. Probé de todo. ¿Querés que te cuente todo lo que probé?  Probé ser barroco y catedrático, mientras me sumergía en las profundas aguas de la mente y escribía cómo los pensamientos se fundían unos con otros, en un frenesí de imágenes antiguas y secas. Como las páginas de los diarios viejos. O el ensayo sobre política que se pudre en la mesita de luz de un hombre decrépito que sabe mucho, pero tiene pocos amigos. Probé como dichas imágenes anteriormente ilustradas y abusadas en descripciones excesivas se iban entremezclando entre sí, y refinando para crear historias complejas. Relatos como fósiles petrificados en museos, con el potencial para enamorar todas las mentes de los lingüistas excéntricos.

También me puedo poner el suéter verde de lo espontáneo ¿sabés?  Y me hago planteos que se deslizan más fácil por los ojos de algunos. Fluyo natural, como un pez que lo devuelven al océano. Escribo oraciones cortas que son como puchitos descarados. Hablo de cosas fáciles, que conozco, como árboles, o gente que habla entre sí. O romances contemporáneos de pibes con objetivos poco claros en la vida. Por ejemplo  te puedo contar algo sobre un tipo que le dice a una mina:

- Che, ¿me trajiste lo que te pedí?

 Y la mina dice algo estúpido como por ejemplo:

- Me lo fumé en el camino, disculpá. Y se ríe.

Y de repente capaz eran amigos o novios o simplemente era alguien comprando droga, pero nadie sabe, porque no lo pensé. Pero sí me los imagino encontrándose en una noche cualquiera, donde hay humedad y luces difusas en los alrededores del parque Centenario.

Y ahí, las palabras son líquidas y engatusan por lo fácil. Los cuentos son como escuchar canciones todas iguales, que tienen tres acordes mayores y uno menor, para que no se note tanto la poca onda que le ponen. Los ejes son simples y piden a gritos que vengan a envolverlos en algo menos trivial. En algo que este menos cerca de la nada. Ahí puedo ponerme neo hippie y cuento las cosas como un monje budista que vive en un mono ambiente en Buenos Aires. Se la pasa meditando y piensa mucho en la ausencia.  Usa sandalias cómodas de entre casa con medias, túnicas naranjas y toma leche de almendra. Este monje se siente mareado, mira por la ventana  y se pregunta cosas buscando iluminarse. Es así que cae en interrogantes como por ejemplo: ¿Podría alguna imagen callejera tener algún ingrediente mágico, que lo llevara a disolver sus pensamientos e inspirarse? o ¿Eran necesarias las constantes elucubraciones sobre el sí mismo y los estados alterados de conciencia en la escritura? o ¿Los pájaros saben a dónde van cuando vuelan? o ¿Podrían ser sus alas las que los llevan a los  lugares que quieren, como fuerzas biológicas independientes del cuerpo?

Y pienso en el absurdo de la vida y en como las búsquedas creativas muchas veces terminan en pozos sin fondo. Y es ahí cuando puedo ponerme completamente nihilista, nada me atraviesa. Las palabras son como tajos a mi cuerpo que ya no siente. Hablo de cáscaras de huevos que se rompen y adentro están vacías. Solo tienen una masa de aire sin sabor que ya ni siquiera se hace preguntas. La existencia es tortuosa pero intrascendente. Boxeo con historias grises, de tipos que no son capaces de sentir sus propias lágrimas y que eventualmente, se vuelven autómatas y se mueren, a propósito, de aburrimiento…

Ufff, fue difícil salir de ahí. A veces pienso que no voy a poder pero siempre termino saliendo. Y puedo volverme posmoderno también, y esnob, y escribir poesías sin coma ni puntos. Como hacen les pibis en los ciclos artísticos en donde se baila trap raro y la gente se viste de colores mientras florece entre las luces estroboscópicas. Y me imagino a una mujer en un escenario con medias de nylon negras, pollera gris y un sueter polera, que mira con resignación una hoja impresa, mientras le tiemblan las manos y lee:

Muta-su-forma-como-muta-la-piel-y-se-entrega,

Yo-me-entrego-y-me-acuerdo-la-noche-en-la-que-me-comiste-despues-de-la-pizza

No-me-podés-romper-porque-soy-flexible-por-dentro

Y-por-fuera-nada-tiene-valor-sino-te-quedás-esta-noche.                 

Y la gente aplaude, admira, mientras un hombre gordo con muchos tatuajes y piercings le sostiene una mirada orgullosa y le grita: ¡Vamos Male!                                      

Y ahí todos conocemos un nombre común y corriente, de una chica que escribe poesía para que luego la busquen entre la multitud y la vean.

Después me pierdo en esos espacios oscuros que tenemos los bichos humanos y tiro máximas sensibles como dardos a la diana del bar en una peli vintage. Y al final todos, en el fondo, solo queremos ser vistos y comprendidos. Y ansiamos que la retina irritada de los demás lea entre líneas las angustias y cure las penas. Pero nunca pasa del todo… Y así es que se siguen filmando películas y se fuma a la madrugada, se pintan cuadros, se compran plantas en viveros, pan en el chino, libros en Internet, se tocan canciones en plazas, se tienen orgasmos a medias y se escriben textos para otros… Como este que es para vos, que te quedaste hasta el final y que ahora me preguntas:

- ¿A dónde vamos?

- Gracias…  Ahora si querés podemos ir a donde a vos te guste.