Ramiro
La principal diferencia entre
Ramiro Ercolowitz y Ana, era que él podía mirar tanto para adelante como para
atrás, mientras sostenía aquella visión periférica a los alrededores del coche.
-¡Anita, no te preocupes! Pronto
llegamos a destino y vas a poder relajarte en aquella casona que tanto te
gusta. Donde las luces de las estrellas se reflejan en el río Quilpo y los
grillos cantan melodías encriptadas en la oscuridad. - Dijo Ramiro como si
estuviese citando a un literato famoso.
Ana recordaba que esa expresión
poética sobre los grillos y el agua era completamente suya. No porque se
preocupara por la propiedad intelectual de sus pensamientos, sino más bien
porque la sentía tan suya, que no recordaba cómo podía ser que
Ramiro la hubiese podido reproducir con esa claridad. Pero después de
todo Ramiro tenía algo especial. Además de poder sostener la atención adelante
y atrás para cuidar que el Fiat Duna se mantuviera en aquella ruta
empinada alrededor de las montañas, también tenía mucha solidez al hablar y un
oído bastante afilado.
- Sí, supongo que ya falta
poco. ¿Trajiste los sanguchitos que te pedí para aguantar hasta allá?
- Por supuesto bombona. Están en
el baúl, en una bolsita. Pero recién estamos a mitad de camino. Creo que
podríamos esperar un poco más ¿no? Por lo menos unos 50 km. El taiming es
importante después de todo.
- Tengo hambre, pero bueno. Supongo que puedo esperar... - Dijo Ana mientras miraba el horizonte.
“Bombona…” pensó mientras se
preguntaba por qué nunca le había molestado que Ramiro la llamara así, a pesar
de que no fueran más que... ¿Amigos? ¿Eran amigos? Ni ella lo sabía. Hay
relaciones que no tienen etiquetas o categorías como los frascos de un
boticario. Son inclasificables. Fungen en el espacio vacío entre los átomos y
su hábitat es la falta de exactitud. Ramiro Ercolowitz había aparecido en la
vida de Ana como una flecha perdida que impacta en el terreno enemigo y
provoca el comienzo de la batalla. Pero con esto no quiere decir que haya sido
estrepitoso o importuno. Simplemente había caído inadvertidamente, sin avisar,
un día en el que ella se había llevado sus apuntes por accidente y él se los
había pedido luego en las puertas de la facultad. Lo había visto acercarse
casi torpemente con esos ojos marrones de venado, los rizos rubios siempre
levemente húmedos en el viento, y aquel porte de hombre algo gordito pero en la
medida justa para no desentonar. Hacía mucho calor ese día. Más bien había
mucha humedad. Como hoy… días en los que todo chorrea.
- ¡La impaciencia es mal
compañero de viaje! Jajaja…. Che, ¿terminaste el ensayo sobre los Barden?
No puedo esperar a leer eso. Siempre tuviste talento para los ensayos. Para
describir pueblos… - Dijo Ramiro con los ojos relajados por la brisa del viento
que le secaba las facciones del rostro sudoroso.
- No… no lo terminé todavía.
¿Podrías no preguntármelo tan seguido? Me siento para la mierda cuando me
acuerdo que no lo terminé.
- No fue mi intención. Es que te
salen tan bien…
- Ya sé… Me está costando un
poco. Mirá, los Barden son un grupo de Bretones de un pueblo Celta
que tenían muchísimas tradiciones espirituales y que darían de comer a millones
de ensayistas que trabajen con espiritualidad. Pero la cagada es que hay muy
pocos datos sobre los rituales y los blogs de internet en donde busco cosas
sobre el pueblo no son de mucha fiabilidad. El otro día me re emocioné porque
había encontrado un blog increíble sobre los rituales que hacían en las lunas
llenas, pero después en los comentarios lo re tiraban abajo. Decían que ningún
dato tenía el apoyo empírico de un antropólogo competente, y que eran todas
leyendas para entretener geeks o engañar gente seria. ¡Los odio! Te ilusionan y
después te tiran abajo.
- Y, Anita, es así… en la era de
la información nunca se sabe. Hay que acostumbrarse. Pero digo yo, ¿no?
¿Por qué es tan importante que estén verificadas las páginas?
- ¿Qué?
Ramiro hizo silencio y miró para
adelante y para atrás.
- Estamos cerca. - Dijo con
los labios laxos dibujando una mueca que quizás expresaba un cierto fastidio.
- ¿Qué te pasa?
- Nada…
Ana lo miró extrañada y continuó.
- Obviamente que hace falta
que estén verificadas. Sino es ficción. No es algo que haya sucedido
realmente. ¡Sería un insulto al mundo de los ensayos que quieren sostener un
discurso responsable!
- Bueno… pero digo ¿hay una
comprobación rigurosa de eso? ¿Quién le da autoridad a un grupo de gente para
que elija lo que pasó de verdad y lo que no? ¿No te parece innecesario tanto
lío?
- ¿Innecesario? Para nada, así se
sostiene el mundo y giran los planetas. Si las personas no pueden diferenciar
los datos auténticos de las interpretaciones nunca van a saber lo que es real y
lo que no. ¿Cómo construirían el mundo? ¿De que servirían los ensayos entonces?
Me está re enojando lo que estás diciendo, hablemos de otra cosa…
- Bueno… no era para tanto… ¿y
qué decía?
- ¿Quién…?
- ¿Qué decía la página de los
Barden y la lunas llenas?
- Ah… algo re interesante. Hasta
que leí los comentarios, me pareció re loco. Hablaba sobre unos entes sagrados
que se llamaban los Notempu, que nacían los días de luna llena,
y su única función era acompañar a los barden a cruzar el pasaje al mundo de
los espíritus. De alguna manera entendí que funcionaban como la
anestesia. De repente hacían todo soportable y te ayudaban a aceptar el final
para que vos puedas decir tipo: “Listo, hasta acá llegué” Después te
acompañaban al otro lugar que es como el limbo o algo así pero para los Celtas.
- ¡Qué locura! Me encantó. Dijo
Ramiro mientras el motor del auto sonaba como un colchón de agua
ronroneante en el camino.
- Sí, pero es mentira. Además no
sé qué onda con los celtas. Nadie aceptaría tan fácil ir al otro lado. Yo
mínimo discutiría los términos y condiciones antes de ir con cualquiera a
cualquier lado en donde no sé ni qué hay.
- Bueno,
capaz pensaban que no se podía. Que a veces simplemente
había que creerles jajaja
- Conformista lo tuyo. ¿Podemos
comer esos sanguches ahora?
- ¡No, Anita, dale! Esperemos un
poco más. Mirá, ya casi estamos. Pronto llegamos a destino y de última los
comemos allá. Y vas a poder relajarte en aquella casona que tanto te gusta.
Donde las luces de las estrellas se reflejan en el Rio Quilpo y los grillos
cantan melodías encriptadas en la oscuridad.
- ¿De Javú? O ya
habías dicho eso. Deja de usar mis frases, es molesto a veces. Pará el
auto dale y comamos que tengo hambre.
- No tenés hambre
- ¿Qué?
- Y no puedo parar el auto… ya
sabés.
- Ramiro, ¿qué te pasa?
- Nada, que no se puede andar
comprobando datos todo el tiempo. A veces las cosas son como son y listo. Hay
humedad, hace calor y eso se siente. No es necesario que un antropólogo
calificado lo verifique en algún documento importante.
- ¿Y eso qué tiene que ver con
los sanguchitos?
- Ya pasamos por esto antes. No
hay sanguchitos, no los trajiste.
- ¿Pero… no los habías traído
vos?
- No, son sanguchitos de
Schrödinger, están y no están al mismo tiempo en el baúl jajaja
- Me estás empezando a molestar…
- Ya sé, normalmente pasaba un
poco antes, pero hoy me pudiste contar algunas cosas más, quizás esta vez salga
todo bien y capaz… ya estás lista para irte.
En aquel momento, Ana comenzó a
sentir como unos estremecedores escalofríos le rodeaban el cuerpo. Temió por un
momento quedarse atrapada en aquel circuito eterno de hambre y discusiones
sobre la validez de las cosas. Allí recordó muy visualmente la casona, el lago,
el calor, los grillos y pensó como consuelo, que aquel lugar era algo real. No
importaba si no llegaba nunca o si el sitio preferido de sus vacaciones no
había sido retratado en un diario, o comprobado geográficamente por un grupo de
catedráticos. Ella lo conocía. Podía olfatear el musgo del agua y el sol
calentando las vigas de madera del muelle que llevaba al río. Y podía
recordarse allí, sola. Contemplando la llanta de un auto flotando lentamente y
acercándose a sus blancos pies. Aquél día y en ese lugar fenomenal, decidió que
quizás no estaba lista para irse de ahí. Más teniendo en cuenta el precio que
había tenido que pagar para llegar. Pensó que todavía tenía que acomodar
algunas ideas en su mente. Y urdió, caminando descalza entre las sinfonías de
los insectos que tanto le gustaban, un plan para ayudarse a sí misma. Pero
había algo seguro, jamás podría hacerlo sola. Necesitaría la ayuda de Ramiro,
que desde que confundió sus apuntes con los suyos se había dado a conocer, y
siempre había tenido el talento de hacerla sentir segura. De explicarle las
cosas con paciencia y abrazar sus caprichos. Pero lo mejor que tenía Ramiro,
era que parecía siempre estar cómodo con lo que sucedía y que podía mirar para
adelante y para atrás. A diferencia de Ana, que sólo sabía mirar para atrás.
