lunes, 29 de julio de 2019


El extranjero


ESC 1 – INT. BAR  – NOCHE

Una humareda blanca recubre veinticinco mesas y sillas de madera oscura. En la pared de la derecha hay 4 carteles de neón entre los cuales se lee “HAPPY HOUR IN THE MILKY WAY” “BIRRITEN 24/7” “TRANQUI 120” “SHAMPEIN ALL THE NIGTH BRO”. En la pared de la izquierda hay unas instrucciones de emergencia sobre cómo salir del lugar, desgastadas y enmohecidas, un cartel redondo donde se lee PROHIBIDO FUMAR, y otro donde se lee “JACK DANIELS OLD BRAND NO.7” Al frente hay una barra con tragos en copas de coktail multicolores. Por las ventanas puede contemplarse estrellas fucsias y naranjas de diferentes tamaños, que hacen juego con los carteles eléctricos. Se oyen bullicios por todos lados. El bar está lleno.

En una mesa cercana a la ventana está sentado NESTOR

NESTOR (45) Hombre esbelto, mide 1,80, lleva cabello castaño claro a la altura de los hombros. Viste un Montgomery gris muy maltratado y un chaleco de cuero oscuro. Unos pantalones caqui de segunda mano, y botas de montaña negras con tachas fluorescentes.

NESTOR está bebiendo una cerveza rubia. Está nervioso, hiperventilado y transpirado

Entra por la puerta de cantina el HOMBRE DE TRAJE y la gente hace silencio por unos segundos y mientras lo observan. Luego vuelven la atención a sus mesas.

HOMBRE DE TRAJE (60) Hombre regordete, mide 1.60, lleva el cabello semi calvo con gomina peinado hacia atrás. Viste un traje gris nuevo, y unos zapatos italianos color caoba. En las manos tiene anillos con piedras preciosas en bruto incrustadas desprolijamente. Porta un maletín plateado de metal.

El HOMBRE DE TRAJE se sienta enfrente de NESTOR.


NESTOR

Llegaste temprano, como siempre.

HOMBRE DE TRAJE

Si, si el tránsito por tierra era un quilombo, por el hiper-espacio es diez veces peor. Que querés que te diga, yo no lo voté.

NESTOR

¡Dale goma! ¿Trajiste lo mío?

HOMBRE DE TRAJE

No, la verdad pase a darte un abrazo… forro.

NESTOR

¿Y qué onda? ¿Es como la mierda que me diste la otra vez? Pegaba un toque pero tremenda jaqueca.
HOMBRE DE TRAJE

Si tenés la teca te lo doy ya, que estoy apurado. Pero si tenés ganas de mandártelo ahora tomátelo con calma... Viajás en otro mundo.

NESTOR

¡Qué tranza berreta que sos!, ¿no se te ocurrió nada mejor que esa hipeada?

HOMBRE DE TRAJE

¡Cerrá el orto! Cuando estés ahí, en el mambo, me voy a reír de tu bolaseo. Si no me compraras hace diez años te dibujo otra cara. En serio, esto literalmente te lleva a otro lugar.

NESTOR

¿Ah es de esas nuevas? ¿Las que tomaban en  el Vertex?
HOMBRE DE TRAJE

Se… Es nueva y se aspira. Viene de la Andrómeda vecina. Los pibes  le dicen “EL EXTRANJERO”.




jueves, 25 de julio de 2019




Escritora

Yo te habría regado las plantas. No es que me considere una persona cuidadosa, al menos no con las cosas que no me importan, pero si me lo hubieses pedido lo hubiera hecho. Ni si quiera sé si tenías plantas, pero sinceramente noté que en tu texto de las amapolas habías escrito dulcemente sobre su sensibilidad. Y en aquel texto me puse a llorar. Habías tocado cada fibra de mi adormecido pecho, y solo por relacionar aquella especie de flora con la vida y con las personas. En un momento del relato, si no recuerdo mal, la flor temerosa era trasplantada. Era una hermosa manera de alentarla para afrontar cambios, reinventarse y seguir creciendo a pesar del miedo. ¡Ay como me encendiste la mente en ese instante! O el alma… A veces no diferencio. No recuerdo ni siquiera si estaba tomando un té o un café, o si estaba en mi casa o en la oficina, porque estaba en tu laberinto de oraciones. Y en cada emoción de tu flor yo me identificaba, casi como si me hubiera unido a una nueva religión, que de biblia tenía tu texto, y de versículos las crónicas íntimas de la amapola. Recuerdo haberme identificado yo en aquel personaje del jardinero ocasional, hasta el punto de sentir la tierra en las manos, y de meditar en algún momento que el espécimen trasplantado eras vos. Esa intocable flor asustada que a la distancia admiraba.

Muchos de tus textos también me venían gustando, pero ese de alguna manera me doblegaba. Me recordaba que las dosis de sorpresa que este mundo de espejismos a veces elucubra, nos admite que para algo estamos acá. Que ese blog con estética tan sobria de casa inglesa de té, albergaba en sus entradas las maravillas de la originalidad, de la intriga, mezcladas con lo familiar; con lo juguetonamente conocido. Un hechizo que solo se deja entrever a quienes son los indicados. Uno que firma contratos de complicidad con sus aspirantes a ser algo más que simples lectores. Algo más...

Tu historia susurraba que las raíces nutrían ese capullo para crecer y aflorar, y que aún con toda esa belleza un descuido podía matarla de sed. Lo tenía todo: Vida, muerte, amor, odio, contradicciones, conflicto. Era verdaderamente un orden híbrido perfecto.

Quizás fue la necesidad de intelectualizar todo. De representar todo como una capa que oculta algo más. Y a los curiosos eso nos destruye, te comento. Porque somos insaciables Flor.  

Además yo por ese entonces era diez veces más robot que ahora. Y aún así con ese mecanismo interno de picaporte, que tenía palabras en lugar de engranajes y pitutos, vos, Involuntaria y des complicadamente, me estabas abriendo las puertas de par en par de tu mundo. Todo eso con los suaves matices de tu luz escritora.

 Más lejos del romanticismo y más cerca de lo cotidiano, alentado a crear mundos que como mínimo se parezcan al de tu flor, quise conocerte. Recuerdo que entusiastamente, y en la piel poco estratégica de mi pubertad, te sugerí por chat que nos cruzáramos para charlar. Tenías una foto con un lunar entre la pera y el labio inferior en tu cuenta de Twitter. Era divino, parecías escrita. Honestamente tengo la suficiente autocrítica para admitir lo osada que era mi jugada, pero aún así la lleve a cabo como todo buen pibe naif engatusado. Llevado por una idea poderosa, potenciado por la facilidad de comunicación que otorgaban las redes sociales, y si, también un poco para salir de la rutina.

 Pensándolo bien me siento un tonto. Porque no entendí que las metáforas tienen que ver con las personas que las crean Flor. Y las raíces y el tallo son muy sensibles Flor. Y se necesita fertilizante y tierra con perlita, y buena onda, y tiempo. Y la amapola que yo pensaba era tu creación, naturalmente también  eras vos. Y las plantas además de agua necesitan paciencia. Y obvio, un poco asustada, me dijiste que no nos veamos. Que no te relacionabas con gente que conocías cibernéticamente. Y yo intentando sostener un poco el personaje de campeón dandy que me fabriqué para afrontar esos momentos, me mostré indiferente a pesar del rechazo.

Nunca pude regar ninguna de tus plantas Flor. Ni literarias, ni reales, ni metafóricas. Pero quiero que sepas que lo hubiera hecho, y que tu magia se mantuvo intacta al no permitirme verte. Fuiste ideal hasta en tu indiferencia. Espero algún día cruzarte en la presentación de mi libro. Un libro que este a la altura de tus flores. Poder verte de reojo entre la gente, observar tu lunar, recordar tu amapola. Y cerrar este ciclo inconcluso de inspiración. Solo te pido que si sabés quien soy, sonrías un poco en ese momento; para yo poder contemplar  como aquella flor creció acompañada por un jardinero más preparado.








La danza

Pude vislumbrar danzando, la hoja de la espada entre el viento. De cuando en cuando azotaba aquel mástil de madera. Jamás me había tocado presenciar tan hermoso espectáculo. Cuando se acercó a mí aquella daga artesanal pensé. ¿Qué tipo de corte dibuja esta vez? ¿Por qué tanta carrera tomada para aquella unidad de tallado?

La artesanía sin pre-aviso era yo. Y me pintaban con rojo la piel. Tanta pintura podría darte que teñiría todo el brazo de bordó. Pero si no paro a tiempo la obra será como muchas; un legado cuyo dueño no conoce más colores.




miércoles, 17 de julio de 2019


Los Gisóltropos

En el año 2347  yo estaba solo en mi investigación. El resto de mi equipo de exploración había sufrido los más extraños accidentes en aquella selva. A Rodriguez lo invadió una fiebre tan terrible que empezó a delirar y a gritar hasta que se le desgarraron las cuerdas vocales y tuvo un infarto. A Bagnatti lo secuestraron y todavía no sabemos que alimaña. Solo dejaron una nota en la que pedían quinientos plátanos rojos por su rescate. Y bueno en cuanto a Martelli y a Gomez yo creo que escaparon antes de empezar el asunto. Pero algo me dice que no tuvieron buen destino porque sus rastreadores no aparecen en el radar.

Yo estaba buscando a la única especie que venía investigando desde que tengo uso de razón. Los Gisoltropos eran una raza muy particular. Supuestamente ninguno pasaba el metro cincuenta,  tenían un cabello largo, enmarañado de color rojizo, y tres dedos en los pies y en las manos. Un cuerpo fibroso, generalmente atlético y la piel de color violáceo. Los libros de los sabios decían que los cubría una coraza camaleónica inmensa, que utilizaban para confundirse entre los distintos tipos de plantas o arbustos. Pero esa no era la parte más interesante. La coraza  aparentemente era un reflejo de su estado de ánimo.  Por ejemplo, si el Gisoltropo había tenido alguna experiencia negativa cerca de un sauce, en presencia de estos árboles la coraza se debilitaba y se teñía de un color que fluctuaba entre el negro y el gris en un vaivén de espirales oscuros. Al menos esto era lo que decían los libros. Quizás los Gisoltropos eran distintos, quien sabe. El punto era que yo ya estaba extasiado, temeroso, a punto del pico de stress. Pero un stress positivo. Un stress del desafío de ser el único que quedaba activo (o vivo)  en la misión; el único par de ojos humanos que contemplaba esa variedad de colores, y olfateaba esa cantidad de aromas exóticos.

Con el tiempo empezó a atardecer y me pareció vislumbrar entre la maleza una forma en movimiento. Solo me quedaba un machete que ya estaba desgastado por la cantidad de plantas que había rebanado para hacerme paso. Me moví lentamente hacia esa cosa y me detuve a medio metro. Era una sustancia viscosa, verdosa, casi indiferenciable de la grama. En medio segundo se produjo un ruido muy extraño. Como si un objeto afilado fuera acariciado por un suave viento. En ese instante la masa salió disparada hacia la izquierda y corrí a su acecho. Durante la persecución era difícil de distinguir, pero en un momento los arboles robustos aminoraron en el paisaje, y quedó allí quieta. Ahora el color de un pastizal amarillo, expuesto al sol del atardecer, dejó ver a la presa con mayor claridad. Empecé a sentir que no había vuelta atrás. La fascinación crecía pero también el miedo. Me acerqué y la criatura se presentó ante mí.

La viscosidad que cubría su cuerpo se hecho a su espalda a modo de capa y pude vislumbrar aquel torso semi-humano erguido, enfrentándome. Al contemplarle las manos y chequear el número de dedos mi emoción iba en aumento, y también así lo hacían mis pálpitos. La cara del Gisoltropo la conformaban tres ojos azules repitiloides con cejas robustas de color platino. A su vez contaba con la cabellera enmarañada. Que a diferencia del color rojizo que figuraba en la enciclopedia era un naranja flúor muy intenso. La piel por el contrario coincidía a la perfección. Era semi-violeta con muchas líneas negras, que se confundían con algunas arrugas y lo que parecían cicatrices.

En un determinado momento me provocó atacar a la criatura. Mi admiración y mi adrenalina eran tan fuertes que justificándome con una posible amenaza, que no tenía por qué suceder, me dieron ganas de apuñalar al Gisoltropo. Sin embargo cuando mire de reojo mi mano el cuchillo ya no estaba ahí. Volteé mi cabeza para verlo y yacía un metro a mi izquierda. De repente me sentí mareado. Percibí que mi geografía cambiaba sin la voluntad de mis piernas y empecé sudar profusamente. Miré a los ojos nuevamente a mi presa, cuyo seudónimo de caza empezaba a calzar mejor a mi propia persona. Y entonces recordé lo que había leído para formular una hipótesis. La sustancia que llevaba de capa de seguro era una coraza en desarrollo, y probablemente también fuera su punto débil. Pero yo estaba inmovilizado, paralizado por esa belleza. Por eso que tanto tiempo había estado deseando y ahora tenía frente a mí. Con esos seis dedos de las manos colgando, con esa mirada penetrante y tríplice.

Entonces, endulzado con mis propias descripciones de lo que contemplaba, me percaté de se estaba moviendo y ahora me daba la espalda. En ese momento dejé de verlo porque su capa gelatinosa se confundía con los colores de aquel bello atardecer, y se entremezclaba con los pastos amarillos. Era como estar parado en frente del horizonte. Sin ver a nadie, observando el sol esconderse. Pero yo sabía que aún estaba ahí. Lentamente alejándose de mí.  Disolviéndose en aquella postal.

Mi cuchillo había pasado a ser un recuerdo, así que casi babeando y en medio de ese torbellino psíquico, me dirigí a destrozar esa masa vulnerable de su espalda con las manos. No podía esperar para terminar con todo eso. Ya era demasiado bueno para ser real, y aún sería mejor, cuando me guardara esa sustancia en los bolsillos, conociera el color de su sangre y me llevara el cuerpo del Gisóltropo a la nave.


 Mis manos resbalaron en aquella bestia y mi cuerpo se estrelló con la flamante coraza transparente. Súbitamente tuve una galaxia de sensaciones en el cuerpo. Un cosquilleo múltiple. Sentí que me desarmaban como a una máquina, desglosando pieza por pieza para revisar donde estaba la falla. Me enceguecí con la luz refractada en esa sustancia que entremezclaba naranja y transparente. El efecto era mejor que cualquier placer que hubiese experimentado jamás. Experimentaba que ya no había nada para hacer, y olvidé porqué me había embarcado en esa tediosa tarea de los Gisóltropos desde un principio. Me hallaba en un espacio inhóspito, flotando, sin ningún tipo de resquemor. No sabía si estaba viendo, oyendo u olfateando la luz blanquecina que me rodeaba. Pero yacía en una suspensión brillosa y se sentía bien.

El año es 2347 y aun no entiendo que sucedió aquel día. Solo sé que ahora mi vida es otra. Disfruto revolcarme en las hierbas y a veces no me diferencio del entorno.




jueves, 4 de julio de 2019


Plaza

Salimos como todas las noches por salir nomas. Antes yo había sentido que por primera vez podría poner un límite sin sentirme confundido. Antes de eso había mirado un largo rato los tronquitos de yerba flotando en ese mate de madera desgastado, con ralladuras y raspones del tiempo. Me consolaba mirarlo, y contemplar el vapor que se escapaba por encima, dibujando onditas casi imperceptibles. En pocas palabras me sentía en casa y pensé que ese día era buena idea decírselo todo en cuanto llegáramos a la plazita.

Lau vestía como siempre con sus pantalones tiro alto y esos tapados púrpura esnob que la caracterizaban como un proyecto de personaje. Tenía esa boina roja de lana resquebrajaba que combinaba con el color de su pintalabios.

Nos sentamos en el banco y yo estaba esperando el momento adecuado. Mientras pensaba en el mate de hace un rato, calentito y dulce como nuestros primeros días. Después de haber empezado a hablar contextualice donde estaba y que era lo que estaba sucediendo.

Las lágrimas brotaban frías de sus ojos como si se hubiese abierto la canilla del baño unos milímetros a las tres de la mañana. La ausencia era la misma y el frío también.
Le temblaban los labios rojos y yo me sentía de vuelta como otras veces antes. Masticando el cristal helado del frío de Palermo, e intentándome refugiar en el recuerdo aquel mate confortante, que en mi casa ya debía estar frío y lavado como ese silencio incomodo entre los sollozos.






miércoles, 3 de julio de 2019

Silla en la vereda

Estaba estresado el pibe. En esos años de laburo me había explicado un montón de cosas sobre la vida, la viveza y los pasos para siempre “jugar inteligente”

Así sin más, un día, cavilando, tomó un cajón de manzanas que estaba en el depósito y lo puso en la vereda. Después se sentó encima y se cruzó de piernas. Yo le saqué una foto con el celular porque quería que hubiese constancia de ese momento.

Nicolás estaba mirando al horizonte de la avenida. Dubitativo, expectante. Como si estuviese esperando un correo del universo con remitente en esa ridícula silla improvisada.


No pasaba nada y pasaban un montón de cosas.




Adentro

No escribí nada con un contenido. Quería vaciar la taza y sentir por primera vez la nada con cariño. No eran necesarias las formas para dar importancia a ese lugar en el tiempo, porque no se reconocía a sí mismo en lo narrable. Es más, no se reconocía y punto.

No me voy a juzgar sin razones. Solo hablaré de aquello que se manifestó allí. Adentro. En aquel páramo vacío del cual surge cualquier cosa que haya encantado alguna mente de este universo.

A pesar de ser un algo sin nada, ese algo era consciente de todo. Con  una pizca de forma, ya se volvería cosa de  todos los días.