jueves, 4 de julio de 2019


Plaza

Salimos como todas las noches por salir nomas. Antes yo había sentido que por primera vez podría poner un límite sin sentirme confundido. Antes de eso había mirado un largo rato los tronquitos de yerba flotando en ese mate de madera desgastado, con ralladuras y raspones del tiempo. Me consolaba mirarlo, y contemplar el vapor que se escapaba por encima, dibujando onditas casi imperceptibles. En pocas palabras me sentía en casa y pensé que ese día era buena idea decírselo todo en cuanto llegáramos a la plazita.

Lau vestía como siempre con sus pantalones tiro alto y esos tapados púrpura esnob que la caracterizaban como un proyecto de personaje. Tenía esa boina roja de lana resquebrajaba que combinaba con el color de su pintalabios.

Nos sentamos en el banco y yo estaba esperando el momento adecuado. Mientras pensaba en el mate de hace un rato, calentito y dulce como nuestros primeros días. Después de haber empezado a hablar contextualice donde estaba y que era lo que estaba sucediendo.

Las lágrimas brotaban frías de sus ojos como si se hubiese abierto la canilla del baño unos milímetros a las tres de la mañana. La ausencia era la misma y el frío también.
Le temblaban los labios rojos y yo me sentía de vuelta como otras veces antes. Masticando el cristal helado del frío de Palermo, e intentándome refugiar en el recuerdo aquel mate confortante, que en mi casa ya debía estar frío y lavado como ese silencio incomodo entre los sollozos.






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