Plaza
Salimos como todas las noches por salir
nomas. Antes yo había sentido que por primera vez podría poner un límite sin
sentirme confundido. Antes de eso había mirado un largo rato los tronquitos de
yerba flotando en ese mate de madera desgastado, con ralladuras y raspones del
tiempo. Me consolaba mirarlo, y contemplar el vapor que se escapaba por encima,
dibujando onditas casi imperceptibles. En pocas palabras me sentía en casa y
pensé que ese día era buena idea decírselo todo en cuanto llegáramos a la
plazita.
Lau vestía como siempre con sus pantalones
tiro alto y esos tapados púrpura esnob que la caracterizaban como un proyecto
de personaje. Tenía esa boina roja de lana resquebrajaba que combinaba con el
color de su pintalabios.
Nos sentamos en el banco y yo estaba
esperando el momento adecuado. Mientras pensaba en el mate de hace un rato,
calentito y dulce como nuestros primeros días. Después de haber empezado a hablar
contextualice donde estaba y que era lo que estaba sucediendo.
Las lágrimas brotaban frías de sus ojos
como si se hubiese abierto la canilla del baño unos milímetros a las tres de la
mañana. La ausencia era la misma y el frío también.
Le temblaban los labios rojos y yo me
sentía de vuelta como otras veces antes. Masticando el cristal helado del frío
de Palermo, e intentándome refugiar en el recuerdo aquel mate confortante, que
en mi casa ya debía estar frío y lavado como ese silencio incomodo entre los
sollozos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario