jueves, 25 de julio de 2019




Escritora

Yo te habría regado las plantas. No es que me considere una persona cuidadosa, al menos no con las cosas que no me importan, pero si me lo hubieses pedido lo hubiera hecho. Ni si quiera sé si tenías plantas, pero sinceramente noté que en tu texto de las amapolas habías escrito dulcemente sobre su sensibilidad. Y en aquel texto me puse a llorar. Habías tocado cada fibra de mi adormecido pecho, y solo por relacionar aquella especie de flora con la vida y con las personas. En un momento del relato, si no recuerdo mal, la flor temerosa era trasplantada. Era una hermosa manera de alentarla para afrontar cambios, reinventarse y seguir creciendo a pesar del miedo. ¡Ay como me encendiste la mente en ese instante! O el alma… A veces no diferencio. No recuerdo ni siquiera si estaba tomando un té o un café, o si estaba en mi casa o en la oficina, porque estaba en tu laberinto de oraciones. Y en cada emoción de tu flor yo me identificaba, casi como si me hubiera unido a una nueva religión, que de biblia tenía tu texto, y de versículos las crónicas íntimas de la amapola. Recuerdo haberme identificado yo en aquel personaje del jardinero ocasional, hasta el punto de sentir la tierra en las manos, y de meditar en algún momento que el espécimen trasplantado eras vos. Esa intocable flor asustada que a la distancia admiraba.

Muchos de tus textos también me venían gustando, pero ese de alguna manera me doblegaba. Me recordaba que las dosis de sorpresa que este mundo de espejismos a veces elucubra, nos admite que para algo estamos acá. Que ese blog con estética tan sobria de casa inglesa de té, albergaba en sus entradas las maravillas de la originalidad, de la intriga, mezcladas con lo familiar; con lo juguetonamente conocido. Un hechizo que solo se deja entrever a quienes son los indicados. Uno que firma contratos de complicidad con sus aspirantes a ser algo más que simples lectores. Algo más...

Tu historia susurraba que las raíces nutrían ese capullo para crecer y aflorar, y que aún con toda esa belleza un descuido podía matarla de sed. Lo tenía todo: Vida, muerte, amor, odio, contradicciones, conflicto. Era verdaderamente un orden híbrido perfecto.

Quizás fue la necesidad de intelectualizar todo. De representar todo como una capa que oculta algo más. Y a los curiosos eso nos destruye, te comento. Porque somos insaciables Flor.  

Además yo por ese entonces era diez veces más robot que ahora. Y aún así con ese mecanismo interno de picaporte, que tenía palabras en lugar de engranajes y pitutos, vos, Involuntaria y des complicadamente, me estabas abriendo las puertas de par en par de tu mundo. Todo eso con los suaves matices de tu luz escritora.

 Más lejos del romanticismo y más cerca de lo cotidiano, alentado a crear mundos que como mínimo se parezcan al de tu flor, quise conocerte. Recuerdo que entusiastamente, y en la piel poco estratégica de mi pubertad, te sugerí por chat que nos cruzáramos para charlar. Tenías una foto con un lunar entre la pera y el labio inferior en tu cuenta de Twitter. Era divino, parecías escrita. Honestamente tengo la suficiente autocrítica para admitir lo osada que era mi jugada, pero aún así la lleve a cabo como todo buen pibe naif engatusado. Llevado por una idea poderosa, potenciado por la facilidad de comunicación que otorgaban las redes sociales, y si, también un poco para salir de la rutina.

 Pensándolo bien me siento un tonto. Porque no entendí que las metáforas tienen que ver con las personas que las crean Flor. Y las raíces y el tallo son muy sensibles Flor. Y se necesita fertilizante y tierra con perlita, y buena onda, y tiempo. Y la amapola que yo pensaba era tu creación, naturalmente también  eras vos. Y las plantas además de agua necesitan paciencia. Y obvio, un poco asustada, me dijiste que no nos veamos. Que no te relacionabas con gente que conocías cibernéticamente. Y yo intentando sostener un poco el personaje de campeón dandy que me fabriqué para afrontar esos momentos, me mostré indiferente a pesar del rechazo.

Nunca pude regar ninguna de tus plantas Flor. Ni literarias, ni reales, ni metafóricas. Pero quiero que sepas que lo hubiera hecho, y que tu magia se mantuvo intacta al no permitirme verte. Fuiste ideal hasta en tu indiferencia. Espero algún día cruzarte en la presentación de mi libro. Un libro que este a la altura de tus flores. Poder verte de reojo entre la gente, observar tu lunar, recordar tu amapola. Y cerrar este ciclo inconcluso de inspiración. Solo te pido que si sabés quien soy, sonrías un poco en ese momento; para yo poder contemplar  como aquella flor creció acompañada por un jardinero más preparado.







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