Escritora
Yo te habría
regado las plantas. No es que me considere una persona cuidadosa, al menos no
con las cosas que no me importan, pero si me lo hubieses pedido lo hubiera
hecho. Ni si quiera sé si tenías plantas, pero sinceramente noté que en tu
texto de las amapolas habías escrito dulcemente sobre su sensibilidad. Y en
aquel texto me puse a llorar. Habías tocado cada fibra de mi adormecido pecho,
y solo por relacionar aquella especie de flora con la vida y con las personas.
En un momento del relato, si no recuerdo mal, la flor temerosa era
trasplantada. Era una hermosa manera de alentarla para afrontar cambios,
reinventarse y seguir creciendo a pesar del miedo. ¡Ay como me encendiste la
mente en ese instante! O el alma… A veces no diferencio. No recuerdo ni
siquiera si estaba tomando un té o un café, o si estaba en mi casa o en la
oficina, porque estaba en tu laberinto de oraciones. Y en cada emoción de tu
flor yo me identificaba, casi como si me hubiera unido a una nueva religión,
que de biblia tenía tu texto, y de versículos las crónicas íntimas de la
amapola. Recuerdo haberme identificado yo en aquel personaje del jardinero ocasional,
hasta el punto de sentir la tierra en las manos, y de meditar en algún momento
que el espécimen trasplantado eras vos. Esa intocable flor asustada que a la
distancia admiraba.
Muchos de tus
textos también me venían gustando, pero ese de alguna manera me doblegaba. Me
recordaba que las dosis de sorpresa que este mundo de espejismos a veces
elucubra, nos admite que para algo estamos acá. Que ese blog con estética tan
sobria de casa inglesa de té, albergaba en sus entradas las maravillas de la originalidad,
de la intriga, mezcladas con lo familiar; con lo juguetonamente conocido. Un
hechizo que solo se deja entrever a quienes son los indicados. Uno que firma
contratos de complicidad con sus aspirantes a ser algo más que simples
lectores. Algo más...
Tu historia
susurraba que las raíces nutrían ese capullo para crecer y aflorar, y que aún con toda
esa belleza un descuido podía matarla de sed. Lo tenía todo: Vida, muerte,
amor, odio, contradicciones, conflicto. Era verdaderamente un orden híbrido
perfecto.
Quizás fue la necesidad de
intelectualizar todo. De representar todo como una capa que oculta algo más. Y
a los curiosos eso nos destruye, te comento. Porque somos insaciables Flor.
Además yo por ese
entonces era diez veces más robot que ahora. Y aún así con ese mecanismo
interno de picaporte, que tenía palabras en lugar de engranajes y pitutos, vos,
Involuntaria y des complicadamente, me estabas abriendo las puertas de par en
par de tu mundo. Todo eso con los suaves matices de tu luz escritora.
Más lejos del romanticismo y más cerca de lo
cotidiano, alentado a crear mundos que como mínimo se parezcan al de tu flor,
quise conocerte. Recuerdo que entusiastamente, y en la piel poco estratégica de
mi pubertad, te sugerí por chat que nos cruzáramos para charlar. Tenías una
foto con un lunar entre la pera y el labio inferior en tu cuenta de Twitter.
Era divino, parecías escrita. Honestamente tengo la suficiente autocrítica para
admitir lo osada que era mi jugada, pero aún así la lleve a cabo como todo buen
pibe naif engatusado. Llevado por una idea poderosa, potenciado por la
facilidad de comunicación que otorgaban las redes sociales, y si, también un
poco para salir de la rutina.
Pensándolo bien me siento un tonto. Porque no
entendí que las metáforas tienen que ver con las personas que las crean Flor. Y
las raíces y el tallo son muy sensibles Flor. Y se necesita fertilizante y
tierra con perlita, y buena onda, y tiempo. Y la amapola que yo pensaba era tu
creación, naturalmente también eras vos. Y las plantas además de agua necesitan paciencia. Y obvio, un poco asustada, me dijiste que no nos veamos. Que no te relacionabas
con gente que conocías cibernéticamente. Y yo intentando sostener un poco el
personaje de campeón dandy que me fabriqué para afrontar esos momentos, me mostré
indiferente a pesar del rechazo.
Nunca pude
regar ninguna de tus plantas Flor. Ni literarias, ni reales, ni metafóricas. Pero
quiero que sepas que lo hubiera hecho, y que tu magia se mantuvo intacta al no
permitirme verte. Fuiste ideal hasta en tu indiferencia. Espero algún día
cruzarte en la presentación de mi libro. Un libro que este a la altura de tus
flores. Poder verte de reojo entre la gente, observar tu lunar, recordar tu
amapola. Y cerrar este ciclo inconcluso de inspiración. Solo te pido que si
sabés quien soy, sonrías un poco en ese momento; para yo poder contemplar como aquella flor creció acompañada por un
jardinero más preparado.

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