lunes, 20 de julio de 2020

Más suave



     Verónica dice: "me duele así, los tenés que tocar más suave, frotarlos menos..."

     Hace un poco de frío. Teo se detiene. Ya no la tiene dura. Ya está, se perdió ese tren.

     Se abrazan... qué paja... Bah, justo qué paja, no... paja era la de hace un rato...

    ¡Humor negro! ¿siempre te salva, no? Buscar el confort en la decadencia. Qué ganas de saber hacer algo bien sin que te lo expliquen. ¿Eso pasa en algún momento de la vida o es un incesante examen de aptitud, en el que uno tiene que aprender a ser una versión mejorada de sí mismo todo el tiempo?

    Vero se pone una remera.

    Teo piensa que debería dejar de programar su vida. Piensa en muchas cosas hasta que lo distrae la remera amarilla de vero. Parece el nombre de una canción indie, ¿no?
 
"La remera amarilla de vero".

    Pero no. Esta vez, no se permite que le llame tanto la atención. Porque sería concentrarse en algo que no quiere. Era chillón el amarillo, era patito, era doloroso verlo. Mejoraba a la vista cuando los pezones se le marcaban en la remera, pero igual, por alguna razón, era  perturbadora la escena. Al mismo tiempo, reinaba cierta calma porque ella la vestía con naturalidad. Vero hacía que todas las cosas parecieran naturales, hasta tener miedo o mostrarse dudosa. La duda. ¿Será que Teo se había refugiado en sobre-analizar las cosas porque le gustaba dudarlas? ¿Será que pensar cuál hubiese sido la manera más adecuada de tocar a Vero era el tipo de actitud errónea para tocar a cualquiera siempre?

    Si alguien le preguntara: "¿Encontrás confort en dudar de las cosas?" Le diría "¡no! Yo sólo quiero encontrar la verdad". Pero eso era mentira. Nadie quiere encontrar la verdad. Todos quieren robarse pedazos para construir la versión que les place. Y construir es todo lo contrario de encontrar. El que encuentra, encuentra porque buscó. Si hubiese estado ocupado construyendo, no hubiera buscado nada. Ya tendría construida su casita, en el medio de un campo, donde siempre hace 25 grados y hay manuales sobre como tocarle los pezones a la gente. Y gente por todos lados que no te juzga por practicar con ellos.

    Vero dice: ¿Qué te pasa?

    -¿Eh? No me pasa nada, perdón...

    -No me pidas perdón, no se pide perdón por esas cosas.

    Teo pensó en el hecho de que llamar a esa situación "esas cosas" era un abstracto y que todo lo abstracto tenía un hermano gemelo mega crudo y exacto. En ese caso, un médico lo llamaría "ansiedad de desempeño" y un amigo lo hubiese llamado "qué garrón, bro". Teo lo llamó amarillo, como la remera, que con azul hace verde pero sólo no es nadie. Como uno no es nadie hasta que no se junta con otro y recibe una polaroid de su alma apuñalada en una crítica, como por ejemplo: "Me duele así, los tenes que tocar más suave"

    ¿En qué estaba pensando Teo cuando imaginó que en el momento que hiciera eso por primera vez conocería la técnica secreta zen para acariciar los sexos de la gente?  Probablemente en Vero y en cómo se había sentido cuando la vio por primera vez, arreglándole la viola. La única luthier mujer en diez kilometros a la redonda. Probablemente, esto hubiese estado planificado por razones equivocadas. Pensó que si le arreglaba la viola, capaz también era buena arreglando tristezas existenciales.

    Vero dice: Tranqui, es re común.

    Teo dice: Estoy cansado... Sí, ese es el problema. Bueno...me llevo la viola entonces-
 
    Teo se viste y Teo se va. Teo no pensó en cantar una canción para alivianar el hecho que acababa de presenciar con su guitarra recién arreglada por un bombón. Tampoco pensó que cinco años después estaría reiterando enérgicamente el movimiento pélvico mas placentero de su vida con una pibita que en el fondo le caía mal, y que se había chamuyado solamente cantándole una canción con un nombre rarísimo, de uno de sus primeros discos. Ahora estaba acalorado y mirando de refilón la misma guitarra, mientras le daban pellizcos en las tetillas y cancinamente decía en voz alta: "me duele así, los tenés que tocar más suave, frotarlos menos."
   








martes, 14 de julio de 2020



Las cosas y yo
 

    Estimado profesor: ha ocurrido un incidente tan extraño, que no puedo dejar de comunicárselo. Esta vez, me levanté a las 4:47 de la mañana. Comencé con la respiración y pude notar lo que me decía sobre la relación entre los objetos comunes y yo. Hasta ahora, no había podido entenderlo del todo por mi mente condicionada, que aparentemente estaba dominando el panorama completo. Yo no le creía, como bien le dije en mi carta anterior, los pájaros de la madrugada  eran simplemente pájaros y mi pava hervía con la simpleza vacía de un dibujo borroso. Estaba cansado pero seguí meditando. Seguí registrando en la libreta, hora tras hora lo que ocurría. Esa vez hubo un componente diferente. Algo que quizás le ayude con el próximo sujeto. Puse música. Con la esperanza de que evocara emociones, de que despertara elementos dormidos. Le di play a unos cuencos tibetanos en loop y me calmé un poco. Era un ejercicio muy privado. Estaba desnudando toda mi obsesión. ¿Se acuerda de la fijación que tenía? ¡No me dicen nada estas cosas! Gritaba. El odio a mí mismo, el vacío de estar perdido en esta tierra como una miga separada de la hogaza de pan. Esta carta tiene que funcionar como su prueba más fehaciente de que tenía razón. Por favor, crea en mis palabras, porque lo logró. Soy su primer conejillo de indias y si alguien descubre esto, la humanidad no va a ser la misma. Los dos objetos en los que me pidió que fijara mis miedos eran los pájaros y el té. Como no me convencía el té, elegí la pava. Por alguna razón, como le dije en mi informe anterior, siempre habían sido las imágenes más dolorosas para mí. Porque había una cierta ausencia en ellas. Evocaban una mañana triste donde no se movía nada. Donde los engranajes estaban sueltos y no tenían que ver unos con otros. Por un momento, había pensado que sería el triple de triste si yo pensara que estos objetos o el universo conspiraban contra mí, pero eso al menos tenía sentido. Podría sentirme desdichado y tristón pero había una suerte de esquema. 
    Fue entonces cuando, después de cuatro respiraciones profundas, el aire en mis pulmones pareció hablarme. Pero no era una voz que se escuchaba en palabras o sonidos. Era un especie de voz líquida que se derramaba por mi boca y mi nariz. Fluía como si estuviera purgando un parásito maestro que hubiese reprochado salir de mí para decir algo. Visualicé el ojo de uno de los pájaros posados en mi jardín, como todas las madrugadas, observando el interior de la casa. El pájaro miraba la pava como si esperara algo de ella y ésta empezó a silvar porque el agua hervía. Y yo respiraba, más profundamente, más sentidamente. La pava reflejaba la indiferencia del pájaro en su acero curvo y el vapor su desdén oculto. Su "no decir". Su existencia animal ignorando lo que en realidad participaba. La música era más rápida y los cuencos orquestaban un colchón de energía, por primera vez en toda mi vida. Era una perfecta relación alquímica entre cosas aparentemente separadas. ¡La encontré, profesor! Encontré la primera o, mejor dicho, la primera me encontró a mí. ¡Conecté con la parábola y todo lo que decía ese apunte por el que lo insulté hasta el hartazgo en las primeras lecciones era verdad! El pájaro indiferente miraba la pava, la pava hervía y yo respiraba. El vapor de la pava era mi oxígeno traducido en esa especie de volcán nihilista que besaba sentido por primera vez convirtiéndose en la música que siempre lo había acompañado. Y, a pesar de que fuéramos objetos y seres humanos separados, por primera vez nos sentía juntos. Sentía la energía magnética que rodeaba las cosas y las hacía indiferenciables. Tenía razón profesor. Con los pulmones a veces se puede llamar a dios.