lunes, 7 de diciembre de 2020

 

 

Ramiro

 

La principal diferencia entre Ramiro Ercolowitz y Ana, era que él podía mirar tanto para adelante como para atrás, mientras sostenía aquella visión periférica a los alrededores del coche.

-¡Anita, no te preocupes! Pronto llegamos a destino y vas a poder relajarte en aquella casona que tanto te gusta. Donde las luces de las estrellas se reflejan en el río Quilpo y los grillos cantan melodías encriptadas en la oscuridad. - Dijo Ramiro como si estuviese citando a un literato famoso.

Ana recordaba que esa expresión poética sobre los grillos y el agua era completamente suya. No porque se preocupara por la propiedad intelectual de sus pensamientos, sino más bien porque la  sentía tan suya, que no recordaba cómo podía ser que Ramiro la hubiese podido reproducir con esa claridad. Pero después de todo Ramiro tenía algo especial. Además de poder sostener la atención adelante y atrás para cuidar que el Fiat Duna se mantuviera en aquella ruta empinada alrededor de las montañas, también tenía mucha solidez al hablar y un oído bastante afilado.

- Sí, supongo que ya falta poco. ¿Trajiste los sanguchitos que te pedí para aguantar hasta allá?

- Por supuesto bombona. Están en el baúl, en una bolsita. Pero recién estamos a mitad de camino. Creo que podríamos esperar un poco más ¿no? Por lo menos unos 50 km. El taiming es importante después de todo.

- Tengo hambre, pero bueno. Supongo que puedo esperar... - Dijo Ana mientras miraba el horizonte.

“Bombona…” pensó mientras se preguntaba por qué nunca le había molestado que Ramiro la llamara así, a pesar de que no fueran más que... ¿Amigos? ¿Eran amigos? Ni ella lo sabía. Hay relaciones que no tienen etiquetas o categorías como los frascos de un boticario. Son inclasificables. Fungen en el espacio vacío entre los átomos y su hábitat es la falta de exactitud. Ramiro Ercolowitz había aparecido en la vida de Ana como una flecha perdida que impacta en el terreno enemigo y provoca el comienzo de la batalla. Pero con esto no quiere decir que haya sido estrepitoso o importuno. Simplemente había caído inadvertidamente, sin avisar, un día en el que ella se había llevado sus apuntes por accidente y él se los había pedido luego en las puertas de la facultad. Lo había visto acercarse casi torpemente con esos ojos marrones de venado, los rizos rubios siempre levemente húmedos en el viento, y aquel porte de hombre algo gordito pero en la medida justa para no desentonar. Hacía mucho calor ese día. Más bien había mucha humedad. Como hoy… días en los que todo chorrea.

- ¡La impaciencia es mal compañero de viaje! Jajaja…. Che, ¿terminaste el ensayo sobre los Barden? No puedo esperar a leer eso. Siempre tuviste talento para los ensayos. Para describir pueblos… - Dijo Ramiro con los ojos relajados por la brisa del viento que le secaba las facciones del rostro sudoroso.

- No… no lo terminé todavía. ¿Podrías no preguntármelo tan seguido? Me siento para la mierda cuando me acuerdo que no lo terminé.

- No fue mi intención. Es que te salen tan bien…

- Ya sé… Me está costando un poco.  Mirá, los Barden son un grupo de Bretones de un pueblo Celta que tenían muchísimas tradiciones espirituales y que darían de comer a millones de ensayistas que trabajen con espiritualidad. Pero la cagada es que hay muy pocos datos sobre los rituales y los blogs de internet en donde busco cosas sobre el pueblo no son de mucha fiabilidad. El otro día me re emocioné porque había encontrado un blog increíble sobre los rituales que hacían en las lunas llenas, pero después en los comentarios lo re tiraban abajo. Decían que ningún dato tenía el apoyo empírico de un antropólogo competente, y que eran todas leyendas para entretener geeks o engañar gente seria. ¡Los odio! Te ilusionan y después te tiran abajo.

- Y, Anita, es así… en la era de la información nunca se sabe. Hay que acostumbrarse.  Pero digo yo, ¿no? ¿Por qué es tan importante que estén verificadas las páginas?

- ¿Qué?

Ramiro hizo silencio y miró para adelante y para atrás.

- Estamos cerca. - Dijo con los labios laxos dibujando una mueca que quizás expresaba un cierto fastidio.

- ¿Qué te pasa?

- Nada…

Ana lo miró extrañada y continuó.

- Obviamente que hace falta que estén verificadas. Sino es ficción. No es algo que haya sucedido realmente. ¡Sería un insulto al mundo de los ensayos que quieren sostener un discurso responsable!

- Bueno… pero digo ¿hay una comprobación rigurosa de eso? ¿Quién le da autoridad a un grupo de gente para que elija lo que pasó de verdad y lo que no? ¿No te parece innecesario tanto lío?

- ¿Innecesario? Para nada, así se sostiene el mundo y giran los planetas. Si las personas no pueden diferenciar los datos auténticos de las interpretaciones nunca van a saber lo que es real y lo que no. ¿Cómo construirían el mundo? ¿De que servirían los ensayos entonces? Me está re enojando lo que estás diciendo, hablemos de otra cosa…

- Bueno… no era para tanto… ¿y qué decía?

- ¿Quién…?

- ¿Qué decía la página de los Barden y la lunas llenas?

- Ah… algo re interesante. Hasta que leí los comentarios, me pareció re loco. Hablaba sobre unos entes sagrados que se llamaban los Notempu, que nacían los días de luna llena, y su única función era acompañar a los barden a cruzar el pasaje al mundo de los espíritus. De alguna manera entendí que funcionaban como la anestesia. De repente hacían todo soportable y te ayudaban a aceptar el final para que vos puedas decir tipo: “Listo, hasta acá llegué” Después te acompañaban al otro lugar que es como el limbo o algo así pero para los Celtas.

- ¡Qué locura! Me encantó. Dijo Ramiro mientras  el motor del auto sonaba como un colchón de agua ronroneante en el camino.

- Sí, pero es mentira. Además no sé qué onda con los celtas. Nadie aceptaría tan fácil ir al otro lado. Yo mínimo discutiría los términos y condiciones antes de ir con cualquiera a cualquier lado en donde no sé ni qué hay.

- Bueno, capaz  pensaban que no se podía. Que a veces simplemente había  que creerles jajaja

- Conformista lo tuyo. ¿Podemos comer esos sanguches ahora?

- ¡No, Anita, dale! Esperemos un poco más. Mirá, ya casi estamos. Pronto llegamos a destino y de última los comemos allá. Y vas a poder relajarte en aquella casona que tanto te gusta. Donde las luces de las estrellas se reflejan en el Rio Quilpo y los grillos cantan melodías encriptadas en la oscuridad.

- ¿De Javú? O ya habías dicho eso. Deja de usar mis frases, es molesto a veces. Pará el auto dale y comamos que tengo hambre.

- No tenés hambre

- ¿Qué?

- Y no puedo parar el auto… ya sabés.

- Ramiro, ¿qué te pasa?

- Nada, que no se puede andar comprobando datos todo el tiempo. A veces las cosas son como son y listo. Hay humedad, hace calor y eso se siente. No es necesario que un antropólogo calificado lo verifique en algún documento importante.

- ¿Y eso qué tiene que ver con los sanguchitos?

- Ya pasamos por esto antes. No hay sanguchitos, no los trajiste.

- ¿Pero… no los habías traído vos?

- No, son sanguchitos de Schrödinger, están y no están al mismo tiempo en el baúl jajaja

- Me estás empezando a molestar…

- Ya sé, normalmente pasaba un poco antes, pero hoy me pudiste contar algunas cosas más, quizás esta vez salga todo bien y capaz… ya estás lista para irte.

En aquel momento, Ana comenzó a sentir como unos estremecedores escalofríos le rodeaban el cuerpo. Temió por un momento quedarse atrapada en aquel circuito eterno de hambre y discusiones sobre la validez de las cosas. Allí recordó muy visualmente la casona, el lago, el calor, los grillos y pensó como consuelo, que aquel lugar era algo real. No importaba si no llegaba nunca o si el sitio preferido de sus vacaciones no había sido retratado en un diario, o comprobado geográficamente por un grupo de catedráticos. Ella lo conocía. Podía olfatear el musgo del agua y el sol calentando las vigas de madera del muelle que llevaba al río. Y podía recordarse allí, sola. Contemplando la llanta de un auto flotando lentamente y acercándose a sus blancos pies. Aquél día y en ese lugar fenomenal, decidió que quizás no estaba lista para irse de ahí. Más teniendo en cuenta el precio que había tenido que pagar para llegar. Pensó que todavía tenía que acomodar algunas ideas en su mente. Y urdió, caminando descalza entre las sinfonías de los insectos que tanto le gustaban, un plan para ayudarse a sí misma. Pero había algo seguro, jamás podría hacerlo sola. Necesitaría la ayuda de Ramiro, que desde que confundió sus apuntes con los suyos se había dado a conocer, y siempre había tenido el talento de hacerla sentir segura. De explicarle las cosas con paciencia y abrazar sus caprichos. Pero lo mejor que tenía Ramiro, era que parecía siempre estar cómodo con lo que sucedía y que podía mirar para adelante y para atrás. A diferencia de Ana, que sólo sabía mirar para atrás.


 


  Una chica entra a un bar

 

¿Dónde estaba ella?  En un bar, sí. Claro que sí. Ella era una chica. Una chica entra a un bar. Pide una cerveza. El barman se la sirve con suavidad. Seguramente lo hace con la misma delicadeza con la que riega las plantas de su balcón. Y nótese que dije balcón y no patio trasero. Él es un barman, probablemente el patio trasero con huerta y jardín solo se relegue a sus sueños.

La primera vez que conté una historia, la hice sin tener ningún boceto a mano. La iba contando a medida que las ocurrencias se iban depositando una encima de la otra formando un sándwich de jamón y queso. Un clásico. Estoy escuchando un susurro en la habitación de al lado. Pero esa no es la parte importante. Sólo es un eco. Un susurro. Una performance del viento. Se escucha:

               - ¡Sra Clotilde! Es la hora del baño, ya lo hablamos ayer… Vamos que antes de que se quiera dar cuenta ya está limpita y bella para recibir a las visitas.

Estoy distraído, tengo que pensar en ella, eso es lo importante, ella es el punto. Tiene color. Color rojo en los labios. Ella es una chica. Una chica entra a un bar. ¿Qué está tomando? Cerveza, toma cerveza y el bartender le sirve suavemente una cerveza rubia en un vaso. Los opuestos se reflejan en el contraste que hay entre su pelo negro y enrulado y esa cerveza color miel que dibuja abundancia. El bartender la mira y le dice:

               - Paga la casa.

Ella piensa “muy prematuro, muy rápido”. Al menos veinticinco palabras  tendrían que haberse intercambiado antes de que de repente “pague la casa”. No es poético, no es épico, no se justifica. La cara de la chica deja ver unas arrugas en las comisuras de los labios. Me recuerda a…

Huele espantoso donde vivo.  A  veces pienso que la mala suerte que tenemos hizo un contrato con nuestros sentidos y a cada persona se le manifiesta en uno en particular. En mi caso es indudablemente el olfato. La vista compite, pero definitivamente son los olores. Olor a madera desgastada y enmohecida. Olor a viejo,  olor a antigüedad, olor a Clotilde. Ojalá hoy esté de buen humor y se deje cepillar bien. Ojalá nunca me pidan que me cepille solo porque olvidé hacerlo los últimos veinte años. Tengo que terminar. Tengo que cruzar esa puerta divisoria una vez más. Como la cruzamos todos a veces. Pero yo especialmente tengo que cruzarla hoy. Concluir el ciclo y, para eso, necesito a aquella chica.

              Ella entra a un bar. Pide la cerveza. La toma. En el bar huele a pureza, a destilados, a perfume de jazmín y a ropas de estreno. El bartender le pregunta sobre su tatuaje de copa en el cuello. Ella le explica haciendo dos o tres comentarios elegantes sobre las leyes filosóficas del universo, pero los ejemplifica de manera tan banal que parecen naturales, líquidos. Los colores son fuertes. El rojo de los labios, clásico. El blanco del vestido, Clásico. Pero no es todo clásico. Y hay algo nuevo en el ambiente. Es una magia que traen los bares de noche. Una nitidez especial que se exacerba con la naturaleza fáctica de que sea de noche. Suben de volumen los olores y el color. Es la química entre dos personas que entrecruzan sus aristas en un duelo de espadas por primera vez. El barman le dice con voz quebradiza: 

               - ¿Y qué significa?    

               - Es la fuente.               

               - ¿La fuente de qué?

              - De todo. De la vida, de las cosas comunes, de esta birra, de la juventud, de nosotros ahora mismo teniendo esta charla.

          - Supongo que tengo que agradecerle a la fuente entonces…

             - Mmm no sé. -Titubea la chica-  nunca se aprende a querer todo lo que fluye de la fuente.

                - Bueno, yo vivo el día a día.

          - ¿Cuánto es? 

          - Paga la casa.

Eso está muy bien, ahora sí está casi listo. Escucho gritos en el cuarto de baño. Es difícil cepillar axilas contra la voluntad de sus propietarios. Pero seguro que después, todos le vamos a agradecer a esa chica. Ella es hermosa. Es de otro tiempo. Limpia axilas durante el día y durante la noche quien sabe qué hará. Yo la miro de reojo y vuelvo a mis libros, a mis notas… al Bar. Me recuerda a… Casi lo olvido, estoy apunto. Soy un tonto, un distraído. Sentir que estas ganando la carrera es la trampa de los grandes maratonistas. El ego te tapa la voluntad y te dejás estar. Como este lugar horrendo. ¿Hace cuánto que se deja estar?  Esos hongos tienen más familia que todo mi árbol genealógico. ¡Qué asco! Basta… vuelvo. ¿A dónde estaba? Sí… 

Una chica, un bar, un bartender, la mejor conversación del planeta, la definición amplificada de la oscuridad en la noche. Y luego cruzan esa puerta. Sí… Yo cruzo con ellos. Finalmente cruzo con ellos. Le escucho decir a la chica:

                 - ¿Qué hacés para vivir? Digo…además de emborrachar gente…

                 - Escribo…

                 - ¿Vas a escribir sobre hoy… sobre esto?

                 - Jajaja, quién sabe, depende. Me olvidaba, ¿cómo es tu nombre?

                 - Clotilde.

         “Clotilde”… Esa parte no es tan buena. Debería cambiarla. Pero ya está. Lo hecho, hecho esta. Nada más importa. Crucé la puerta con ella y eso es lo más importante.