Fogata
En el kiosquito del centro había muchas marcas de tabaco.
Red Brand, Chocolate Passion, Rollin Coaster, entre otras. Sin embargo, eligió
la más rara que encontró y ni siquiera era tabaco real. Era una mezcla de hierbas
hindúes que se llamaba Bidis, enrollada en una seda amaderada que cuando
prendía largaba un vapor blanco con olor a sahumerio de templo. En realidad sólo la compró porque la fumaría para sacarse una foto de muy buena calidad,
con el humo desplegándose por el aire y cubriéndole la mitad de la cara. Le
pondría un filtro blanco y negro y un pie de foto de algún libro cualquiera que
no hubiera leído nunca para conservar esos 6700 seguidores que se masturbaban
con sus publicaciones. Sin embargo había olvidado todo esto y palpaba
nuevamente la cajita en el bolsillo de su mochila gigante. Luego saldría de la
carpa para unirse a la fogata y lanzar comentarios graciosos y volátiles, que
le hicieran sentir las miradas de asombro. Que generaran risas tímidas de las
pibas que le gustaban y de las que no le gustaban también. Que despertaran
competitividad y reconocimiento de parte de los otros muchaches que compartían
la ronda, y que probablemente estarían usando sus propias cartas para jugar el
juego de quedar bien, en ese fogón improvisado que se gestaba todas las noches.
Pero esta historia no es sobre los otros pibes. Ni sobre una noche ruidosa de
guitarreadas en San Marcos Sierra. Ni sobre jóvenes ebrios danzando alrededor
de tambores, teniendo fantasías sensoriales por la marihuana y festejándose
jóvenes y libres. Es sobre él y sus cigarrillos de hierba hindú. Es sobre él y
su loop de fanfarronerías. En fin, esta historia es sobre El Máster y esa noche
en particular. El Master revisaba siempre sus fotos para confirmar que
expresaran lo correcto. Que emularan una suerte de ser humano especial y de
mística, como lo harían las imágenes de un personaje diseñado para el misterio
insondable del mundo. Un tipo interesante, excéntrico, de secretos oscuros pero
bien guardados, de vicios inculcados por las miserias de aventuras que nunca
salen a la luz. Un personaje fabuloso, artesanal, de mirada intensa. Dueño de
verdades inaccesibles. Quizás, un escritor medio músico o un músico medio
escritor, o alguien interesado en la botánica. Podría ser ese músico reservado
que escribe canciones pero no las toca y que tiene mucho conocimiento sobre
herbología. O sobre medicina. Podría ser ese viajero que quiere una última
aventura apasionante antes de embarcarse en una causa solidaria peligrosa y
viajar por el mundo curando enfermos de alguna enfermedad letal para
poblaciones enteras. Si esa faceta quedara aprobada en el nivel de los demás, en la imagen se vería él fumando la Bidis en una pipa y escupiendo volutas de humo que le
empapelaran los rulos. El pie de foto sería una frase de Castaneda o de Bach o
de algún otro que pereciera que tenía un nombre de chabón que había sido
alguien. Obviamente sacada de un foro mal diseñado. Pero a quién le importa,
¿no?
Lo curioso es
que por primera vez en ese viaje y, probablemente también, en esa temporada del
camping “amanecer”, no había nadie más alrededor de la fogata. Y El Master se
sintió como si por primera vez el truco de magia hubiera sido obra del público que se había desmaterializado. La fogata ardía en la silenciosa noche ausente
mientras la Bidis, ese cigarro carísimo y exótico, le hacía compañía en el
momento que aspiraba el humo con cara de sorpresa y con autoconciencia de que
esta vez sus gestos ensayados no estaban siendo vigilados por ningún fanático
de turno. Volviendo un poco para atrás, como se hace cuando parece que nadie
está viendo ni escuchando, y cuando las historias se piensan a escondidas,
alrededor de una fogata, para uno, sin que nadie las retrate ni las escriba.
Tres días antes de salir de viaje, El Master había notado que tenía un lunar
nuevo entre la costilla y la cadera. Era mitad marrón oscuro mitad marrón más
claro, y pensó que quizás debería operárselo porque tenía un relieve sospechoso.
Lo singular es que revisando todas sus redes sociales pudo notar que el lunar
no aparecía en ninguna foto. Primero pensó que era simplemente por una cuestión
de suerte, de que nunca se había fijado bien. Pero no. Inclusive en las fotos
que lucía su torso desnudo danzando robóticamente en alguna que otra fiesta de
electrónica, el lunar no estaba ahí. Primero se asustó porque empezó a fijarse
demasiado en su lunar y en cómo no había pruebas de que jamás hubiera existido.
Luego se consoló un poco con explicaciones de que quizás el lunar había surgido
la noche anterior y por eso nunca había sido retratado en ningún lado. Algo
inquieto, tomó su celular, activó el flash y en medio de ese silencio sepulcral
que solo era interrumpido por el ruido de las brasas, sacó una foto del
visitante que crecía en el costado izquierdo de su cuerpo.
Miró la foto y
el lunar no estaba allí. Es por eso que les cuento que esta no es una historia
en la que El Master exhibió su lunar al mismo tiempo que relataba poesías
clichés mientras tocaba el bongó con los pocos golpeteos que sabía para
impresionar al fogón. Ni tampoco tuvo sexo desaforado con una morocha de ojos
verdes miel, que le acariciaba el lunar mientras le decía que le sentaba bien o
que era sexi su relieve verrugil. Esta es la historia del Master y de lo que
ocurrió en un momento en el que nada parecía ocurrir.
El Máster
empezó a sentir un dolor muy fuerte en su lunar y empezó a percibir que su
temperatura corporal subía. Se sintió algo mareado y le palpitaba el corazón
con un galope incómodo. El lunar era como una pelota marrón de textura rugosa
que se empezó a inflar cual globo lleno de agua a gran velocidad. Intentó
estrangularlo con las manos para arrancarse esa masa asquerosa y amarronada que
parecía querer aplastarlo, pero se empezó a agrandar hasta alcanzar el tamaño
de la mitad de su cuerpo. En un momento, el master pensó que ese sería su
final, que el lunar lo absorbería y recordó que no había posteado ninguna foto
del viaje. No habría registro en su legado influencer, de a donde había ido y
pensó que quizás sólo unos pocos se preguntarían qué le había pasado realmente
si desaparecía para siempre. Para otros, sólo serían muchos likes tirados a la
basura. Un perfil olvidado en un espacio virtual que lo taparía como la tierra
tapa a los muertos que se pudren dos metros bajo tierra. ¿O eran más metros?
Trivialidades que un joven puede pensar cuando está siendo devorado por un
lunar vampiro.
De repente,
abrió los ojos y vio sentada en aquel tronco una silueta casi humana que vibraba
como una bolsa rellena de serpientes. Una silueta que no había terminado de
despegarse de su cuerpo y estaba sentada ahí. Mirando el fuego. Como un siamés
rabioso todavía atado al costado de su costilla por un trozo de la misma masa
venosa y oscura que parecía copiar su posición. El master sentía pinchazos
agudos en el lugar que unía su cuerpo con esa otra cosa y se le derramaban las
lágrimas de los ojos. Ahora había otro ruido además de los troncos quemados.
Ahora había alguien más mirando esa fogata. Pero no se le ocurrían comentarios
graciosos para impresionarlo.
-¿Quién sos? Por
favor, no me hagas nada… Le susurró a un volumen casi imperceptible.
-Preguntas sin
respuesta, socorros innecesarios. No esperaba más de un títere de la vida.
-Eh…yo…
-Ya sé, estás
preguntándote lo obvio, pero no vamos a perder tiempo ahí. ¿Qué aprendiste?
Dale.
-¿Aprender?
¿Esto es un sueño no? ya sé que es un sueño y vos no sos de verdad...
El Master
sintió como ese cordón de nervios que lo separaba le empezó a estrangular las
costillas como si fuera a quebrarlo y recordó que ningún dolor había sido tan
dolor en ningún sueño jamás. Soltó un grito agudo en el que desconoció su
propia voz. Nadie escuchó nada. En esta historia nadie escucha los gritos desolados
en el medio de la nada. Simplemente son descartados. Como se había hecho con
los troncos que estaban demasiado húmedos para encender el fuego.
El Master pensó
que no recordaba quién había encendido el fuego. Y se limitó a escuchar.
-¿Qué pensaste
cuando viste que no salía en las fotos? No pensarás que es solo porque no me
gustan las cámaras HAHAHAHAHA
El visitante
oscilaba entre una risa virulenta que parecía brotarle de sí inadvertidamente,
como brota un lunar en la piel de quien no lo ve venir. Estaba a
punto de desmayarse del miedo y sintió un chorrito de pis que le calentaba las
bermudas de jean.
-Dale, no tengo
todo el día y no quiero terminar de comer tan rápido. Das para más que esto, no
me decepciones.
-Que los
lunares horribles no salen en las fotos- Enunció con una voz temblorosa y algo combativa.
El Master
sintió más dolor y volvió a gritar. Fue cuando se dio cuenta de que cada
respuesta errónea significaba una consolidación más profunda de ese ser pulposo
que sin ojos parecía mirar con ecuanimidad al fuego y hablar mientras él sentía
una punzada insoportable en las costillas.
-No hagas
chistes. No se puede joder con todo en la vida. Dale, sé que está adentro tuyo
y vos también. Todos en el fondo sabemos qué decir y qué hacer. Lo sé porque yo
también estaba dentro tuyo. Eso es obvio.
El Master
sintió como el pánico y la desesperación lo ahogaban y entendió esa profunda
angustia de la entrega. De que ese podía ser su final y aunque así lo fuera,
había que jugar el juego. Así que se limitó a soportar las punzadas y a pensar
una respuesta que complaciera a su nuevo compañero de fogón.
-Que no sale
siempre todo en las fotos– susurró entre sollozos vencidos
-¿Sí, no? No
sale todo, muy bien. Tu dolor, por ejemplo, no sale en las fotos, es
intransferible... Por hoy ya está, pero acordate esto que aprendiste ¿sí? Porque
el problema no son las fotos, o los seguidores, o el hecho de que estés
hablando con el primer parásito lunar que viste en tu vida. El problema está en
otro lado ¿Dónde? Adentro... y no soy yo. Yo sólo hago obras de caridad y tomo
lecciones orales en campamentos desolados. HAHAHAHAHA
El lunar lanzó
una carcajada rancia, tan inadvertida como las otras y explotó desvaneciéndose
en un fade-out silencioso, aminorando el dolor del joven campista como una
herida en la que va triunfando la anestesia. Se deshizo en una masa de humo
blanco que olía igual que la Bidis que El Máster había mechado hace un rato.
Perturbado y a
la luz de la blanca luna de aquel enero, juntó valor y volvió a mirarse aquel
lugar donde estaba el lunar. Este no estaba ahí. Su torso yacía blanco y vacío
como siempre. Casi instintivamente tuvo la idea de que quizás había aprendido
algo, pero que podía llegar a costarle toda una vida asumir esa experiencia
como real.
Se oyeron risas
de otros pibes que salían de una carpa vecina y se acercaban al fogón a
saludarlo.
Un joven que no
conocía lo miró observando una foto en su celular atónito, como si buscara algo
ahí. En la misma se había capturado la imagen de un lunar diminuto en un torso
blancuzco. Pero, por respeto o distracción, no le preguntó nada y allí se
empezaron a oír los ruidos de los demás campistas acercarse al calor de las
llamas.
