miércoles, 5 de agosto de 2020

Fogata



    En el kiosquito del centro había muchas marcas de tabaco. Red Brand, Chocolate Passion, Rollin Coaster, entre otras. Sin embargo, eligió la más rara que encontró y ni siquiera era tabaco real. Era una mezcla de hierbas hindúes que se llamaba Bidis, enrollada en una seda amaderada que cuando prendía largaba un vapor blanco con olor a sahumerio de templo. En realidad sólo la compró porque la fumaría para sacarse una foto de muy buena calidad, con el humo desplegándose por el aire y cubriéndole la mitad de la cara. Le pondría un filtro blanco y negro y un pie de foto de algún libro cualquiera que no hubiera leído nunca para conservar esos 6700 seguidores que se masturbaban con sus publicaciones. Sin embargo había olvidado todo esto y palpaba nuevamente la cajita en el bolsillo de su mochila gigante. Luego saldría de la carpa para unirse a la fogata y lanzar comentarios graciosos y volátiles, que le hicieran sentir las miradas de asombro. Que generaran risas tímidas de las pibas que le gustaban y de las que no le gustaban también. Que despertaran competitividad y reconocimiento de parte de los otros muchaches que compartían la ronda, y  que probablemente estarían usando sus propias cartas para jugar el juego de quedar bien, en ese fogón improvisado que se gestaba todas las noches. Pero esta historia no es sobre los otros pibes. Ni sobre una noche ruidosa de guitarreadas en San Marcos Sierra. Ni sobre jóvenes ebrios danzando alrededor de tambores, teniendo fantasías sensoriales por la marihuana y festejándose jóvenes y libres. Es sobre él y sus cigarrillos de hierba hindú. Es sobre él y su loop de fanfarronerías. En fin, esta historia es sobre El Máster y esa noche en particular. El Master revisaba siempre sus fotos para confirmar que expresaran lo correcto. Que emularan una suerte de ser humano especial y de mística, como lo harían las imágenes de un personaje diseñado para el misterio insondable del mundo. Un tipo interesante, excéntrico, de secretos oscuros pero bien guardados, de vicios inculcados por las miserias de aventuras que nunca salen a la luz. Un personaje fabuloso, artesanal, de mirada intensa. Dueño de verdades inaccesibles. Quizás, un escritor medio músico o un músico medio escritor, o alguien interesado en la botánica. Podría ser ese músico reservado que escribe canciones pero no las toca y que tiene mucho conocimiento sobre herbología. O sobre medicina. Podría ser ese viajero que quiere una última aventura apasionante antes de embarcarse en una causa solidaria peligrosa y viajar por el mundo curando enfermos de alguna enfermedad letal para poblaciones enteras. Si esa faceta quedara aprobada en el nivel de los demás, en la imagen se vería él fumando la Bidis en una pipa y escupiendo volutas de humo que le empapelaran los rulos. El pie de foto sería una frase de Castaneda o de Bach o de algún otro que pereciera que tenía un nombre de chabón que había sido alguien. Obviamente sacada de un foro mal diseñado. Pero a quién le importa, ¿no?


    Lo curioso es que por primera vez en ese viaje y, probablemente también, en esa temporada del camping “amanecer”, no había nadie más alrededor de la fogata. Y El Master se sintió como si por primera vez el truco de magia hubiera sido obra del público que se había desmaterializado. La fogata ardía en la silenciosa noche ausente mientras la Bidis, ese cigarro carísimo y exótico, le hacía compañía en el momento que aspiraba el humo con cara de sorpresa y con autoconciencia de que esta vez sus gestos ensayados no estaban siendo vigilados por ningún fanático de turno. Volviendo un poco para atrás, como se hace cuando parece que nadie está viendo ni escuchando, y cuando las historias se piensan a escondidas, alrededor de una fogata, para uno, sin que nadie las retrate ni las escriba. Tres días antes de salir de viaje, El Master había notado que tenía un lunar nuevo entre la costilla y la cadera. Era mitad marrón oscuro mitad marrón más claro, y pensó que quizás debería operárselo porque tenía un relieve sospechoso. Lo singular es que revisando todas sus redes sociales pudo notar que el lunar no aparecía en ninguna foto. Primero pensó que era simplemente por una cuestión de suerte, de que nunca se había fijado bien. Pero no. Inclusive en las fotos que lucía su torso desnudo danzando robóticamente en alguna que otra fiesta de electrónica, el lunar no estaba ahí. Primero se asustó porque empezó a fijarse demasiado en su lunar y en cómo no había pruebas de que jamás hubiera existido. Luego se consoló un poco con explicaciones de que quizás el lunar había surgido la noche anterior y por eso nunca había sido retratado en ningún lado. Algo inquieto, tomó su celular, activó el flash y en medio de ese silencio sepulcral que solo era interrumpido por el ruido de las brasas, sacó una foto del visitante que crecía en el costado izquierdo de su cuerpo.

    Miró la foto y el lunar no estaba allí. Es por eso que les cuento que esta no es una historia en la que El Master exhibió su lunar al mismo tiempo que relataba poesías clichés mientras tocaba el bongó con los pocos golpeteos que sabía para impresionar al fogón. Ni tampoco tuvo sexo desaforado con una morocha de ojos verdes miel, que le acariciaba el lunar mientras le decía que le sentaba bien o que era sexi su relieve verrugil. Esta es la historia del Master y de lo que ocurrió en un momento en el que nada parecía ocurrir.

    El Máster empezó a sentir un dolor muy fuerte en su lunar y empezó a percibir que su temperatura corporal subía. Se sintió algo mareado y le palpitaba el corazón con un galope incómodo. El lunar era como una pelota marrón de textura rugosa que se empezó a inflar cual globo lleno de agua a gran velocidad. Intentó estrangularlo con las manos para arrancarse esa masa asquerosa y amarronada que parecía querer aplastarlo, pero se empezó a agrandar hasta alcanzar el tamaño de la mitad de su cuerpo. En un momento, el master pensó que ese sería su final, que el lunar lo absorbería y recordó que no había posteado ninguna foto del viaje. No habría registro en su legado influencer, de a donde había ido y pensó que quizás sólo unos pocos se preguntarían qué le había pasado realmente si desaparecía para siempre. Para otros, sólo serían muchos likes tirados a la basura. Un perfil olvidado en un espacio virtual que lo taparía como la tierra tapa a los muertos que se pudren dos metros bajo tierra. ¿O eran más metros? Trivialidades que un joven puede pensar cuando está siendo devorado por un lunar vampiro.

    De repente, abrió los ojos y vio sentada en aquel tronco una silueta casi humana que vibraba como una bolsa rellena de serpientes. Una silueta que no había terminado de despegarse de su cuerpo y estaba sentada ahí. Mirando el fuego. Como un siamés rabioso todavía atado al costado de su costilla por un trozo de la misma masa venosa y oscura que parecía copiar su posición. El master sentía pinchazos agudos en el lugar que unía su cuerpo con esa otra cosa y se le derramaban las lágrimas de los ojos. Ahora había otro ruido además de los troncos quemados. Ahora había alguien más mirando esa fogata. Pero no se le ocurrían comentarios graciosos para impresionarlo.

   -¿Quién sos? Por favor, no me hagas nada… Le susurró a un volumen casi imperceptible.

   -Preguntas sin respuesta, socorros innecesarios. No esperaba más de un títere de la vida.

   -Eh…yo…

   -Ya sé, estás preguntándote lo obvio, pero no vamos a perder tiempo ahí. ¿Qué aprendiste? Dale.

   -¿Aprender? ¿Esto es un sueño no? ya sé que es un sueño y vos no sos de verdad...

    El Master sintió como ese cordón de nervios que lo separaba le empezó a estrangular las costillas como si fuera a quebrarlo y recordó que ningún dolor había sido tan dolor en ningún sueño jamás. Soltó un grito agudo en el que desconoció su propia voz. Nadie escuchó nada. En esta historia nadie escucha los gritos desolados en el medio de la nada. Simplemente son descartados. Como se había hecho con los troncos que estaban demasiado húmedos para encender el fuego.

    El Master pensó que no recordaba quién había encendido el fuego. Y se limitó a escuchar.

    -¿Qué pensaste cuando viste que no salía en las fotos? No pensarás que es solo porque no me gustan las cámaras HAHAHAHAHA

    El visitante oscilaba entre una risa virulenta que parecía brotarle de sí inadvertidamente, como brota un lunar en la piel de quien no lo ve venir. Estaba a punto de desmayarse del miedo y sintió un chorrito de pis que le calentaba las bermudas de jean.

    -Dale, no tengo todo el día y no quiero terminar de comer tan rápido. Das para más que esto, no me decepciones.

    -Que los lunares horribles no salen en las fotos- Enunció con una voz temblorosa y algo combativa.

    El Master sintió más dolor y volvió a gritar. Fue cuando se dio cuenta de que cada respuesta errónea significaba una consolidación más profunda de ese ser pulposo que sin ojos parecía mirar con ecuanimidad al fuego y hablar mientras él sentía una punzada insoportable en las costillas.

    -No hagas chistes. No se puede joder con todo en la vida. Dale, sé que está adentro tuyo y vos también. Todos en el fondo sabemos qué decir y qué hacer. Lo sé porque yo también estaba dentro tuyo. Eso es obvio.

    El Master sintió como el pánico y la desesperación lo ahogaban y entendió esa profunda angustia de la entrega. De que ese podía ser su final y aunque así lo fuera, había que jugar el juego. Así que se limitó a soportar las punzadas y a pensar una respuesta que complaciera a su nuevo compañero de fogón.

    -Que no sale siempre todo en las fotos– susurró entre sollozos vencidos

   -¿Sí, no? No sale todo, muy bien. Tu dolor, por ejemplo, no sale en las fotos, es intransferible... Por hoy ya está, pero acordate esto que aprendiste ¿sí? Porque el problema no son las fotos, o los seguidores, o el hecho de que estés hablando con el primer parásito lunar que viste en tu vida. El problema está en otro lado ¿Dónde? Adentro... y no soy yo. Yo sólo hago obras de caridad y tomo lecciones orales en campamentos desolados. HAHAHAHAHA

    El lunar lanzó una carcajada rancia, tan inadvertida como las otras y explotó desvaneciéndose en un fade-out silencioso, aminorando el dolor del joven campista como una herida en la que va triunfando la anestesia. Se deshizo en una masa de humo blanco que olía igual que la Bidis que El Máster había mechado hace un rato.

    Perturbado y a la luz de la blanca luna de aquel enero, juntó valor y volvió a mirarse aquel lugar donde estaba el lunar. Este no estaba ahí. Su torso yacía blanco y vacío como siempre. Casi instintivamente tuvo la idea de que quizás había aprendido algo, pero que podía llegar a costarle toda una vida asumir esa experiencia como real.

    Se oyeron risas de otros pibes que salían de una carpa vecina y se acercaban al fogón a saludarlo.

    Un joven que no conocía lo miró observando una foto en su celular atónito, como si buscara algo ahí. En la misma se había capturado la imagen de un lunar diminuto en un torso blancuzco. Pero, por respeto o distracción, no le preguntó nada y allí se empezaron a oír los ruidos de los demás campistas acercarse al calor de las llamas.


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