Suerte
Joaquín desayunó
tempranito tostadas con manteca y mermelada, seguidas de un café con leche.
Después de una ducha fresca se fue a hablar con su tío. Al parecer le quería comentar
algo de laburo y de la vida como siempre. Era sábado y estaba en un momento
pueril bastante relajado. El día picaba
de tanto sol. Luego de una hora charlando con su tío, salió convencido e iluminado
sobre lo que quería hacer con su vida. Con ideas esclarecedoras de lo que el
mundo era o podía llegar a ser, en función grandiosa de sus más profundos anhelos. Sentía
que tenía la respuesta a todo y que había encontrado su vocación en la vida.
Cuando terminara el secundario iba a ser policía. Y proteger a otros seres
humanos de cualquier peligro sirviendo a la sociedad como un noble agente de
cambio. Iba a portar la placa orgullosa para brindarle seguridad otras almas
errantes, que frecuentemente se ahogaban en miedo. Por aquellos días también estaba
dispuesto a fantasear desmedidamente con aquellas series yanquis que miraba por
internet, donde estos héroes uniformados, salvaban el mundo un día a la vez. Las
calles de flores estaban muy tranquilas y eran las doce Am. Cuando hizo cuatro cuadras, escudriño de
reojo una silueta, que se le acercaba insistentemente por la derecha.
- Quedate quieto, dame el celular
y la billetera porque te pincho.
El sujeto vestía un buzo gris de
Adidas, unos jeans clásicos, y unas zapatillas negras deportivas.
A Joaquín, que ya se estaba distrayendo hace
mucho, le costó vislumbrar lo que estaba
sucediendo. Hasta que instintivamente pudo observar que su asaltante tenía un
objeto al cual manoseaba nerviosamente en su bolsillo. Ahí su sentido de alerta
se activó, y empezó a sacar el celular del pantalón para entregarlo. Joaquin
temía una navaja o un cuchillo de cocina.
Luego exclamó
-
- Ahora te lo doy. Calmate, que ya te lo doy.
El asaltante lo
agarró del cuello y lo empujó hacia la pared.
Mientras lo ahorcaba le pidió que se callara, que se apurara, y que no
hiciera ningún movimiento brusco porque de proceder así lo mataría.
Entre el
temblor de su cuerpo acalorado, y el gesto de acercarle los objetos que le
pedía, mientras se ahogaba en las manos frías y ásperas del encapuchado, pudo
ver sus ojos. Parecían no estar mirándolo fijo a pesar de enfrentarlo. Yacían
perdidos en la escena. Lucían como si alguien a propósito los hubiese dibujado
mal. Desprolijos. Joaquín sintió que su cuerpo era una televisión con un programa aburridísimo,
de esos que hipnotizan para mal. Tuvo un pensamiento disociado en el cual se
vió a si mismo nervioso, contra la
pared, siendo víctima de aquel chorro, al cual putearía luego en la
tranquilidad de su casa. Pero también imaginó que esa situación tenía algo más
de fondo. Que tremendo día tan soleado, que venía siendo tan bello, no podía
azarosamente pegar ese sacudón, sin una mínima explicación de fondo.
Joaquín
volvió a su casa descalzo, sin celu, y sin billetera. Se consoló con que se
sentía un poco más parecido a unos monjes shaolín del Tibet, que viven
desapegados de las posesiones materiales. Los había visto en un documental hace
días y pensó en el color de sus suaves túnicas de seda anaranjadas. De todas
maneras al llegar a su casa, y hablar del incidente con su madre, se largó a
llorar. No le angustiaba tanto no tener el celu o zapas. Sentía que habían ofendido
su honor. Tenía la autoestima por el suelo.
Su mamá, Gela,
le dio un abrazo y deslizó por su boca la oración sacada de sus más amplias y pre-programadas
frases de manual:
" Bueno por lo menos, no te hizo nada. Agradecé. Tuviste suerte."
- A lo que
joaquín contesto inexpresivamente -
- - Sí… bastante suerte -
Días después
googleó cerca de treinta páginas de internet sobre programas académicos de artes
marciales. Planeaba su venganza y quería estar preparado. Juraba y perjuraba
que si volvía a ver ese buzo gris por flores tenía que estar listo. Como mínimo
para probar su valía. Y ver finalmente de que estaba hecho este zombi diurno de ojos vacuos, que le robaba el sueño. Además
de paso se iba preparando físicamente para su futura profesión. Calculaba que
esas habilidades corporales eran imprescindibles, como en las pelis. Se decidió
por un seminario que tenía el anuncio en letras rojas. Era un taller integral
de Krav Magá. Un arte de combate especial de las tropas israelíes. Este se
había iniciado como defensa personal, para que los civiles se protegieran de
cualquier grupo anti-semita, en la época de la segunda guerra.
El primer día un profesor calvo y
corpulento le dijo:
- Si te gusta la clase podes
inscribirte para venir todos los días-
- Luego socarronamente aseguró-
- ¡te vamos a sacar bueno a vos
eh! ¡Asesino!- -Rió-
Joaquín entró
como caballo en la idea. Practicó unos días desarmes de cuchillo, y le gustó
tanto aquel agresivo arte, que se inscribió
a clases regulares. Todos los martes y jueves practicaba sus golpes mortales,
con sus compañeros recubiertos de protectores engomados. Silenciosamente
imaginaba ese tono gris del bucito y salivaba. Meses después, ya el incidente
había quedado en el pasado, pero por alguna razón solo le sobraba el residuo de
esa imagen en la mente. Una prenda de ropa grisácea al sol y la sal de tragarse
una lágrima.
Aníbal se levantó
del colchón que le había tocado esa noche. Se lavó los dientes, tomo un te descongestivo
vencido que encontró en los cajones de la cocina, y salió patear por el barrio.
El día estaba soleado y eso le molestaba, porque siempre había preferido la
lluvia. Le parecía que daba más con su estilo, y hacía que las miradas de todos
estuvieran enfocadas en el suelo, para no pisar las baldosas mojadas. Eso por alguna razón lo animaba,
y se sentía menos zarpado si tenía que
andar por ahí. Esa mañana después de pintar la puerta de Doña Estela de verde, se había encerrado en el cuarto a pensar y a
preocuparse. Después del tercer tirito en la oscuridad le pareció que nunca
saldría. Que se quedaría ahí para
siempre, duro como una estatua, mirando por la ventana rotosa para afuera. Pero
ese día había que salir a laburar. Ya no había changuitas para fingirse en otra,
ni más bolsitas que ligara de arriba para hacerse el ermitaño. Era la primera
vez que iba mandarse una tan explícitamente, pero se acumulaban los quilombos y
la vieja estaba bastante enferma. Y la vieja esta primero siempre (pensaba).
Además, si agarraba práctica con algún salamín, podía hacerlo cada vez mejor y
ahí iba a estar más seguro. Cada vez más pillo y más curtido iba a estar. De
repente las cosas en las últimas horas habían pasado tan rápido que ya no podía
ordenarlas en el tiempo. Aníbal tenía en las manos una billetera con el
DNI guardado en el tarjetero y miraba la
foto. Era de un pibe jovencito. Le hacía acordar a su hermano menor. El nombre
era Joaquín Estursi y tenía catorce. En su mano derecha Aníbal sostenía un
teléfono. Sacó tres gambas de la billetera
y miró el Smartphone bloqueado con frustración. Si no conseguía alguien
que libere el aparato la cosa iba a estar más jodida para todos. Además tenía
que conseguir volver a sentir las extremidades, que todavía parecían más
bloqueadas y entumecidas que el tubo. Pensó en visitar a un amigo en once que
seguro le hacía la gamba, y se tomó el ocho. Viajó parado y se sintió
identificado con la rigidez de los caños del bondi, aunque nunca hubiese podido
poner en palabras lo que le sucedía.
Joaquín cenaba empanadas caseras de jamón y queso
después del entrenamiento. Su madre había prendido la tele porque el silencio la
ponía nerviosa. Estaba el noticiero ladrando sobre un tiroteo en Balvanera
entre la Brigada y unos narcos. Había ocurrido debido a una trifulca en un
local de servicio técnico que encubría operaciones delictivas. Entre las más
turbias, narcotráfico y trata. Entre las más inocentes, la liberación y compra
venta de celulares robados. La cámara de
seguridad filmaba en el suelo un hombre herido con una mirada peculiar,
sensible pero ida. Joaquín pensó ansiosamente en el dolor de esa mirada, le recordaba a algo.
Luego pensaba indignado en cómo le hubiese gustado ser policía para cuidar de la muerte a ese pobre diablo. Para manejar
las cosas con cautela y guardar su vida.
Para ahorrarle un problema. En eso el noticiero mostró otra cámara de
seguridad. Ahora una más nueva. Esta captaba colores y el más neutro era el de
un buzo gris manchado de sangre. A
Joaquín le cayó pesada la comida. Se dirigió a su cuarto deseando buen provecho
a su madre que lo miró extrañado. Tomó los guantes y el uniforme de Krav Magá y
los guardó en un cajón donde ponía las cosas que ya no usaba. Luego pensó en el
sol. Y en como este alumbra a todos por igual.
Recordó lo que su madre le había dicho una tarde radiante hace meses:
“tuviste suerte”. Y en voz alta, en la soledad de su cuarto, dijo sin ningún interlocutor visible: