Los Huecobardos
Había dos
decenas de Huecobardos a mi espalda y
mis piernas estaban cansadas de tanto correr. Pude sentir sus ventosas aspirando mi ropa,
succionando mis posibilidades de contar la situación en el futuro. Cuando escapás por tu vida todo tu
organismo empieza a procesar información con la rapidez de una supernova. Me
vinieron cuatro imágenes a la mente, claras como un diamante. Pero bruscas y rústicas
como el mineral en estado natural. Violentas, como servir un balde lleno agua
en una botella de un cuello finísimo, que acepta lo que puede. La primera imagen fue de la piel de Sheila. Tersa,
suave y morena, removiendo prendas de ropa de sí misma frente al dique de Kalamarin. Para bañarse y combatir el
calor. La segunda fue una lagartija trepada en un nogal-cuántico que observé el verano pasado. La criatura
parecía competir con el árbol en capacidad de presencia; de calma. Tenía
los ojos de azul marino con una luz particular, una lengua corta pero ágil y anaranjada, y un cuerpo escamoso plasmado en un degradé
de verdes. Recuerdo que la observé por horas hipnotizado. No pude desviar la
mirada y me pareció sentir que posaba para mí, como si quisiera enseñarme algo
que trascendía el lenguaje. Con el accionar espontáneo de cumplir una
misión secreta, realizando el mínimo esfuerzo. La tercera imagen fue más reciente. Era
la visión enojada de los cuatro ojos negruzcos del primer Huecobardo, al darse cuenta de
mi presencia entre los arbustos. Recuerdo asumir con naturalidad lo que
estaba pasando, y reconocer que nunca nadie había vuelto de una experiencia
similar, para entender mi suerte como parte de aquel día. Como propiedad transitiva
y lógica de mi riesgo tomado. Aun así yo sostenía la fe más humana e inocente
del mundo, y corría. Corría con tal
agresividad que por un momento sentía desgarros y calambres ignorados por la
inercia del movimiento. El último panorama fue el de estar semi succionado por
unas ventosas fibrosas de color ocre. Sentía que desde el interior del Hueco-bardo, con medio
cuerpo adentro, entre la paranoia y la muerte, unas voces hablaban detrás. Me susurraban
que ya era tarde, que me suelte y acepte el ritual. Que había otro camino para mí,
muy en el fondo, en otra clase de tierra. Que me libere rápido. Que iba a
entender pronto todas mis dudas. Algunas risas falsas coreaban por entre las
palabras. Se escurrían como ecos burlones desconcertantes. Cinco segundos
después, una mano tomó la mía y estaba volviendo a salir hacia afuera. Al igual que un nuevo nacimiento pero de mi
fuerza interna. Aunque en realidad solo
era un reflejo de mi compañero que disparaba
sin tregua al Hueco-bardo, mientras
me empujaba fuera del agujero y daba gritos de guerra inentendibles que me
daban gracia. Me sorprendió mi sentido del humor en tan hostil instancia.
Ahora
Viajamos a Gama Cuatro, pero todavía
no puedo recuperarme del todo. Alguna parte de mí cambió esa tarde. Alguna parte de mi se
quiso ir a las profundidades del Huecobardo, a probar suerte. A terminar el
ritual. Y quizás… se fue
.

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