domingo, 25 de agosto de 2019


Los Huecobardos

Había dos decenas de Huecobardos a mi espalda y mis piernas estaban cansadas de tanto correr.  Pude sentir sus ventosas aspirando mi ropa, succionando mis posibilidades de contar  la situación en  el futuro. Cuando escapás por tu vida todo tu organismo empieza a procesar información con la rapidez de una supernova. Me vinieron cuatro imágenes a la mente, claras como un diamante. Pero bruscas y rústicas como el mineral en estado natural. Violentas, como servir un balde lleno agua en una botella de un cuello finísimo, que acepta lo que puede.  La primera imagen fue de la piel de Sheila. Tersa, suave y morena, removiendo prendas de ropa de sí misma frente al dique de Kalamarin. Para bañarse y combatir el calor. La segunda fue una lagartija trepada en un nogal-cuántico  que observé el verano pasado. La  criatura  parecía competir con el árbol en capacidad de presencia; de calma. Tenía los ojos de azul marino con una luz particular, una lengua corta pero ágil y anaranjada,  y un cuerpo escamoso plasmado en un degradé de verdes. Recuerdo que la observé por horas hipnotizado. No pude desviar la mirada y me pareció sentir que posaba para mí, como si quisiera enseñarme algo que trascendía el lenguaje. Con  el  accionar espontáneo de cumplir una misión secreta, realizando el mínimo esfuerzo. La tercera imagen fue más reciente. Era la visión enojada de los cuatro ojos negruzcos del primer Huecobardo, al darse cuenta de  mi presencia entre los arbustos. Recuerdo asumir con naturalidad lo que estaba pasando, y reconocer que nunca nadie había vuelto de una experiencia similar, para entender mi suerte como parte de aquel día. Como propiedad transitiva y lógica de mi riesgo tomado. Aun así yo sostenía la fe más humana e inocente del mundo,  y corría. Corría con tal agresividad que por un momento sentía desgarros y calambres ignorados por la inercia del movimiento. El último panorama fue el de estar semi succionado por unas ventosas fibrosas de color ocre.  Sentía que  desde el interior del Hueco-bardo, con medio cuerpo adentro, entre la paranoia y la muerte, unas voces hablaban detrás. Me susurraban que ya era tarde, que me suelte y acepte el ritual. Que había otro camino para mí, muy en el fondo, en otra clase de tierra. Que me libere rápido. Que iba a entender pronto todas mis dudas. Algunas risas falsas coreaban por entre las palabras. Se escurrían como ecos burlones desconcertantes. Cinco segundos después, una mano tomó la mía y estaba  volviendo a salir hacia afuera.  Al igual que un nuevo nacimiento pero de mi fuerza interna.  Aunque en realidad solo era  un reflejo de mi compañero que disparaba sin tregua al Hueco-bardo, mientras me empujaba fuera del agujero y daba gritos de guerra inentendibles que me daban gracia. Me sorprendió mi sentido del humor en tan hostil instancia. 

Ahora Viajamos a Gama Cuatro, pero todavía no puedo recuperarme del todo. Alguna parte de mí cambió esa tarde. Alguna parte de mi se quiso ir a las profundidades del Huecobardo, a probar suerte. A terminar el ritual. Y quizás… se fue


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