miércoles, 14 de agosto de 2019


Suerte

Joaquín desayunó tempranito tostadas con manteca y mermelada, seguidas de un café con leche. Después de una ducha fresca se fue a hablar con su tío. Al parecer le quería comentar algo de laburo y de la vida como siempre. Era sábado y estaba en un momento pueril bastante relajado.  El día picaba de tanto sol. Luego de una hora charlando con su tío, salió convencido e iluminado sobre lo que quería hacer con su vida. Con ideas esclarecedoras de lo que el mundo era o podía llegar a ser, en función  grandiosa de sus más profundos anhelos. Sentía que tenía la respuesta a todo y que había encontrado su vocación en la vida. Cuando terminara el secundario iba a ser policía. Y proteger a otros seres humanos de cualquier peligro sirviendo a la sociedad como un noble agente de cambio. Iba a portar la placa orgullosa para brindarle seguridad otras almas errantes, que frecuentemente se ahogaban en miedo. Por aquellos días también estaba dispuesto a fantasear desmedidamente con aquellas series yanquis que miraba por internet, donde estos héroes uniformados, salvaban el mundo un día a la vez. Las calles de flores estaban muy tranquilas y eran las doce Am.  Cuando hizo cuatro cuadras, escudriño de reojo una silueta, que se le acercaba insistentemente por la derecha.

              - Quedate quieto, dame el celular y la billetera porque te pincho.

El sujeto vestía un buzo gris de Adidas, unos jeans clásicos, y unas zapatillas negras deportivas.

 A Joaquín, que ya se estaba distrayendo hace mucho,  le costó vislumbrar lo que estaba sucediendo. Hasta que instintivamente pudo observar que su asaltante tenía un objeto al cual manoseaba nerviosamente en su bolsillo. Ahí su sentido de alerta se activó, y empezó a sacar el celular del pantalón para entregarlo. Joaquin temía una navaja o un cuchillo de cocina.
Luego exclamó
-          
                       Ahora te lo doy. Calmate, que ya te lo doy.

El asaltante lo agarró del cuello y lo empujó hacia la pared.  Mientras lo ahorcaba le pidió que se callara, que se apurara, y que no hiciera ningún movimiento brusco porque de proceder así lo mataría.
Entre el temblor de su cuerpo acalorado, y el gesto de acercarle los objetos que le pedía, mientras se ahogaba en las manos frías y ásperas del encapuchado, pudo ver sus ojos. Parecían no estar mirándolo fijo a pesar de enfrentarlo. Yacían perdidos en la escena. Lucían como si alguien a propósito los hubiese dibujado mal. Desprolijos. Joaquín sintió que su cuerpo era  una televisión con un programa aburridísimo, de esos que hipnotizan para mal. Tuvo un pensamiento disociado en el cual se vió  a si mismo nervioso, contra la pared, siendo víctima de aquel chorro, al cual putearía luego en la tranquilidad de su casa. Pero también imaginó que esa situación tenía algo más de fondo. Que tremendo día tan soleado, que venía siendo tan bello, no podía azarosamente pegar ese sacudón, sin una mínima explicación de fondo.
Joaquín volvió a su casa descalzo, sin celu, y sin billetera. Se consoló con que se sentía un poco más parecido a unos monjes shaolín del Tibet, que viven desapegados de las posesiones materiales. Los había visto en un documental hace días y pensó en el color de sus suaves túnicas de seda anaranjadas. De todas maneras al llegar a su casa, y hablar del incidente con su madre, se largó a llorar. No le angustiaba tanto no tener el celu o zapas. Sentía que habían ofendido su honor. Tenía la autoestima por el suelo.
Su mamá, Gela, le dio un abrazo y deslizó por su boca la oración sacada de sus más amplias y pre-programadas frases de manual:
     " Bueno por lo menos,  no te hizo nada. Agradecé. Tuviste suerte."

 - A lo que joaquín contesto inexpresivamente -

-                             -  Sí… bastante suerte -

Días después googleó cerca de treinta páginas de internet sobre programas académicos de artes marciales. Planeaba su venganza y quería estar preparado. Juraba y perjuraba que si volvía a ver ese buzo gris por flores tenía que estar listo. Como mínimo para probar su valía. Y ver finalmente de que estaba hecho este zombi diurno  de ojos vacuos, que le robaba el sueño. Además de paso se iba preparando físicamente para su futura profesión. Calculaba que esas habilidades corporales eran imprescindibles, como en las pelis. Se decidió por un seminario que tenía el anuncio en letras rojas. Era un taller integral de Krav Magá. Un arte de combate especial de las tropas israelíes. Este se había iniciado como defensa personal, para que los civiles se protegieran de cualquier grupo anti-semita, en la época de la segunda guerra.

El primer día un profesor calvo y corpulento le dijo:

            - Si te gusta la clase podes inscribirte para venir todos los días-

- Luego socarronamente aseguró-

            - ¡te vamos a sacar bueno a vos eh! ¡Asesino!-   -Rió-

Joaquín entró como caballo en la idea. Practicó unos días desarmes de cuchillo, y le gustó tanto aquel agresivo arte, que  se inscribió a clases regulares. Todos los martes y jueves practicaba sus golpes mortales, con sus compañeros recubiertos de protectores engomados. Silenciosamente imaginaba ese tono gris del bucito y salivaba. Meses después, ya el incidente había quedado en el pasado, pero por alguna razón solo le sobraba el residuo de esa imagen en la mente. Una prenda de ropa grisácea al sol y la sal de tragarse una lágrima.

Aníbal se levantó del colchón que le había tocado esa noche. Se lavó los dientes, tomo un te descongestivo vencido que encontró en los cajones de la cocina, y salió patear por el barrio. El día estaba soleado y eso le molestaba, porque siempre había preferido la lluvia. Le parecía que daba más con su estilo, y hacía que las miradas de todos estuvieran enfocadas en el suelo, para no pisar las baldosas  mojadas. Eso por alguna razón lo animaba, y  se sentía menos zarpado si tenía que andar por ahí. Esa mañana después de pintar la puerta de Doña Estela de verde,  se había encerrado en el cuarto a pensar y a preocuparse. Después del tercer tirito en la oscuridad le pareció que nunca saldría. Que se quedaría  ahí para siempre, duro como una estatua, mirando por la ventana rotosa para afuera. Pero ese día había que salir a laburar. Ya no había changuitas para fingirse en otra, ni más bolsitas que ligara de arriba para hacerse el ermitaño. Era la primera vez que iba mandarse una tan explícitamente, pero se acumulaban los quilombos y la vieja estaba bastante enferma. Y la vieja esta primero siempre (pensaba). Además, si agarraba práctica con algún salamín, podía hacerlo cada vez mejor y ahí iba a estar más seguro. Cada vez más pillo y más curtido iba a estar. De repente las cosas en las últimas horas habían pasado tan rápido que ya no podía ordenarlas en el tiempo. Aníbal tenía en las manos una billetera con el DNI  guardado en el tarjetero y miraba la foto. Era de un pibe jovencito. Le hacía acordar a su hermano menor. El nombre era Joaquín Estursi y tenía catorce. En su mano derecha Aníbal sostenía un teléfono. Sacó tres gambas de la billetera  y miró el Smartphone bloqueado con frustración. Si no conseguía alguien que libere el aparato la cosa iba a estar más jodida para todos. Además tenía que conseguir volver a sentir las extremidades, que todavía parecían más bloqueadas y entumecidas que el tubo. Pensó en visitar a un amigo en once que seguro le hacía la gamba, y se tomó el ocho. Viajó parado y se sintió identificado con la rigidez de los caños del bondi, aunque nunca hubiese podido poner en palabras lo que le sucedía.

Joaquín  cenaba empanadas caseras de jamón y queso después del entrenamiento. Su madre había prendido la tele porque el silencio la ponía nerviosa. Estaba el noticiero ladrando sobre un tiroteo en Balvanera entre la Brigada y unos narcos. Había ocurrido debido a una trifulca en un local de servicio técnico que encubría operaciones delictivas. Entre las más turbias, narcotráfico y trata. Entre las más inocentes, la liberación y compra venta de celulares robados.  La cámara de seguridad filmaba en el suelo un hombre herido con una mirada peculiar, sensible pero ida. Joaquín pensó ansiosamente  en el dolor de esa mirada, le recordaba a algo. Luego pensaba indignado en cómo le hubiese gustado ser policía para cuidar  de la muerte a ese pobre diablo. Para manejar las cosas con cautela y  guardar su vida. Para ahorrarle un problema. En eso el noticiero mostró otra cámara de seguridad. Ahora una más nueva. Esta captaba colores y el más neutro era el de un buzo gris manchado de sangre.  A Joaquín le cayó pesada la comida. Se dirigió a su cuarto deseando buen provecho a su madre que lo miró extrañado. Tomó los guantes y el uniforme de Krav Magá y los guardó en un cajón donde ponía las cosas que ya no usaba. Luego pensó en el sol. Y en como este alumbra a todos por igual.  Recordó lo que su madre le había dicho una tarde radiante hace meses: “tuviste suerte”. Y en voz alta, en la soledad de su cuarto,  dijo  sin ningún interlocutor visible:

 -Si… bastante









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