miércoles, 9 de octubre de 2019


El avispero

Jaime había comprobado casi de manera instantánea e imaginable que se había equivocado en jugar a la pelota cerca del avispero. La bandada de insectos que se le acercaban parecía una nube negra con leves pintitas amarillentas que amenazaban en zumbido ensordecedor. Sus ansias de sobrevivir se gatillaron con la misma rapidez con la que recordó el lago que estaba pasando la rotonda de la granja.  Debajo del agua ningún ala u aguijón malicioso podría picotearlo. Entonces, al correr unos metros, pudo articular un salto nervioso y lo hizo apalancándose en la primera roca que percibió.  Así  saltó, contemplando como aquella masa transparente yacía con menos volumen por el calor del verano. Al pensar brevemente en esto dió cuenta de su segunda equivocación, esperando lastimarse no solo con sus perseguidoras pestes, sino también con el fondillo poco claro de aquella agua traslúcida.  Aún así, la lagunita se extendía fragrante como su  última esperanza. Al caer efectivamente sus piernas se hundieron hasta las rodillas en el agua y Jaime esperó con desilusión y dolor el fin inminente y cruel que acontecería.  En un determinado momento le pareció sentir que el sonido se intensificaba, y experimentó la idea fugaz de que quizás el dolor de mil aguijones al mismo tiempo, debía ser tan mortal que no tendría la capacidad humana de sufrirlo. Allí decidió abrir los ojos en pos de tener un último acto de valor para enfrentar la situación, y contempló el panorama. Las avispas lo empezaron a rodear como en una especie de espiral que se iba cerrando, y entre los sonidos de los zumbidos empezó a generarse un espacio para contemplarlas.  El ruido variaba entre graves y agudos, casi a un ritmo que se iba organizando. Se parecía a un sonido que había escuchado antes, hasta que reconoció que era  idéntico al de un latido. Tuc-tuc, tuc-tuc. Pero en zumbidos largos  bsss-bsss,  bsss-bsss. El zumbar iba creciendo hasta que se volvió difuso nuevamente. Mientras el espiral de avispas lo iba aprisionando exprimiendo el poco oxígeno que le quedaba alrededor. Jaime tenía miedo, pero al mismo tiempo sentía que lo que estaba sucediendo era de una naturaleza tan inusual, que lo hacía más una adrenalina tensa. Como la de recorrer un lugar  hostil por primera vez, atento y curioso, con cierta temeridad.

El latir se había convertido  nuevamente en un bssss eterno, y junto con el espiral cerrado,  fue sintiendo los roces de las alas en la piel cual ráfaga de viento semisólida, hasta que abrió los ojos y notó que su manera de ver había cambiado. La perspectiva no era la misma, sino que sus ojos captaban panorámicamente el iglú espiralado de insectos. Más  el foco de visión era flexible y caprichoso, hasta el punto de poder concentrarse en cada patita enramada y en cada antena saltarina de sus carcelarias. En un instante todo se oscureció, porque ya no entraba la luz y eran tantas, que no se veía nada más que un negro opaco, y no se oía nada más que una especie de masa pegajosa de encastres que lo recluía en la oscuridad, y se desvanecía en un silencio denso.  Experimentó una presión en la espalda y tuvo miedo de que el festín o las picaduras hubiesen empezado por allí. Pero luego sintió que la presión no venía desde fuera sino desde adentro de sus propios omóplatos en donde sintió brotar dos láminas pequeñas que se movían con torpeza. Se tocó las manos y observó que ya no eran manos y que cuando movía sus dedos para articularlos, en su lugar, tenía dos cilindros pequeños que solo le permitían un movimiento hacia adelante y hacía atrás. Se los llevó a la cara y se lastimó por la brusquedad con la que notó que casi toda su cara eran ojos, que concluían en una piel más sensible, gomosa y peluda. Cuando ascendió en busca de alguna solidez se encontró con dos bastones negros que surgían de su cabeza como plantas, cuyos movimientos tenían  voluntad propia y que al tocarlos pareció molestarles así que los dejó en paz. Quiso gritar y no pudo, así que se quedó quieto porque lo único que lo tranquilizaba era acostumbrarse a su propia presencia, que ya no hablaba en palabras sino en oleadas sensoriales que se expresaban en zumbidos. Luego de un tiempo que ya no se medía en horas ni en minutos, la masa opaca de su alrededor se iba aclarando y rompiendo como la cáscara de un huevo, que le recordó como un eco del pasado a la transparente laguna en donde una vez había buscado salvarse. Mientras el pensamiento perdía palabras, se elevó en una inmensa cúpula amarillenta gigante, llena de seres como él, que iban rápidamente de un lado a otro con una prisa que solo se justificaba con tareas a cumplir. Dicho y hecho empezó a  imitar a sus compañeras y a transportar con rapidez entre sus patas, trozos amarillos de aquella elipse para que sea cada vez sea más sólida. Había que hacer más fuerte el nido, y todas lo repetían para sí mismas en susurros que terminaban en el batir de sus alas. En ese momento un rayo de luz penetró como un láser dorado el nido y el caos reinó en aquella vivienda que se desmoronaba. Algo había impactado el hogar de toda la familia y había que recuperarlo. Pero antes a Jaime, cuyo nombre perdía cada vez más fuerza, lo reinó una ira destructiva. Una ira que todas compartían mientras erectaban sus aguijones  y salían a combatir a quien hubiera dejado entrar esa violenta luz antes de tiempo. Ese ser bípedo y tontolón que corría por su vida, parecía dirigirse a una lagunita casi sin agua. No bastaría con picar hasta la muerte al destructor, pensó en común con todas sus compañeras.  Había que darle una lección más clara. Algo que recordara por el resto de su vida.








Boxeador

        Sentí  el gusto salado del guantazo mientras me replegaba para atrás y descubrí que no me estaba pudiendo defender como me gustaría. Las luces cada vez se volvían más difusas y el  griterío me desconcentraba. Pensaba en la multitud. Que les importará a ellos si son bestias. Bestias gritándoles  a bestias para ponerle un poco de picante  a esta  vida de mierda. Para  sentir que el vacío no te come, ergo después yo gano la pelea, ergo se van a dormir tranquilos. Pero algo me hacía ruido. Nunca los había odiado tanto. Jamás les había puesto tanta atención a sus ojos vidriosos alentándome o abucheándome. Parecía que dentro del Ring hubiese un sexo perfecto que no podían tener, de forma que me gritaban para que ponga más huevo. Como si pudiera hacer más de lo que estaba haciendo.  Como si pudiera darle al ruso más trompadas apasionadas de las que ya le venía dando durante las ultimas dos horas. Saboreé el hierro de la sangre y me adelanté.  El ruso aquella vez trajo sus shorts rojos y estaba bastante enojado.  Manejaba una bronca que yo nunca pude llegar ni a entender. Tenía el pelo de un rubio muy claro con un corte militar y tatuajes de serpientes en el pecho y en los brazos. Cuando logré tocarlo sentí estar violentando un muñeco de goma. Uno que no sentía dolor y se burlaba con indiferencia. Una serie de tres golpes, dos derechazos,  una zurda en la nariz, y perdí el equilibrio para después caer al suelo. Los guantes rojos del ruso parecían moverse y arremolinarse rabiosos entre la penumbra del estadio.

      No era la primera pelea que perdía y aun así jamás me había sentido tan frágil en toda mi vida. Un pánico me rodeaba el cuerpo y no tenía nada que ver con él. Se sentía más profundo. Más siniestro. Quizás era la angustia de no haber desayunado. Esa ausencia me dio asco, me hizo sentir que no cuido de mí ni en los días más importantes. Recordé ese cartón de huevos en el chino que nunca compré al día anterior mientras babeaba el suelo gomoso del ring y perdí la conciencia.
Al día siguiente me encontraba saliendo del gimnasio, esperando los ascensores angostos del complejo que bancaba la asociación. El complejo era un popurrí de personas extrañas porque los departamentos tenían una gran desigualdad de cualidades a pesar de encontrarse en el mismo edificio. Siempre en la noche se escuchaban, discusiones, música fuertísima con una variedad esquizofrénica de géneros, ladridos de perros, maullidos de gatos y susurros secretistas. Una vez dentro me crucé a un personaje de lo más peculiar. Era una mujer vestida con unas babuchas floreadas amarillas y rojas, una remera celeste apretada que le marcaba los pezones de sus senos pronunciados. Pude ver que tenía unos aros largos de plumas blancas. Su piel era tersa pero al mismo tiempo se le marcaban fuertemente las comisuras de los labios como densos paréntesis. Su pelo eran unos rulos castaños engrasados en crema para peinar.
Me distraía su presencia, y frecuentemente parecía abrir la boca para decir algo pero nunca emitía palabra. Antes de llegar al piso nueve, el ascensor se detuvo y se prendió la luz roja de seguridad. Estábamos cerca de la media noche y si no lográbamos abrir la puerta con fuerza bruta tendríamos que esperar a que alguien de ese consorcio fantasma pasase y lo arreglara desde afuera.

     La mujer finalmente exclamó frustrada:

-Que locura, si pasa alguien es pura suerte

- Si, igual debe ser un corto en la polea, pueden ser diez minutos o media hora- Le dije fingiendo conocimientos, para aguantar la incomodidad de tener que socializar a esa hora.

La mujer me miró a los ojos como si percibiera mi sentir a la perfección y me dijo:

-No te preocupes, esto tenía que pasar.

-¿A qué te referís?-

-Cuando te ví me di cuenta, me bajo la data al toque- Expresó mientras abría grande los ojos y me observaba sorprendida

- ¿La data? Discúlpame pero no entiendo

- Escuchame con atención, es un hombre de treintaitantos y no sé qué año es pero cristo no apareció todavía.

-¿Vos estas completamente senil no? ¿Tenés el celu encima así llamamos a alguien para que nos dé una mano?

- Era una Arena muy grande y el sol ardía porque hacía mucho calor, era la tercera vez que él peleaba 
y estaba contento porque había afilado la espada. La gran arte…

-misa, la gran artemisa que pesaba un poco para ser espada pero era hermosa, con los incrustes de plata y esa amatista chiquita que nadie me robó porque era casi imperceptible.-

   De repente me encontré completando la frase y recordando algo que había pasado hace…. ¿Cuánto? Ni diez, ni veinte, ni treinta años alcanzaban para poner  en su lugar ese momento.
El ascensor no estaba más y el color rojo de las luces mutó en el amarillento de un sol enorme. Había miles de personas en las gradas y ante mí se alzaba una gran pared.  Sobre ella Tábulo Vitelio, con su panza enorme, su mirada burlona y la toga blanca. Frente a mí y corriendo como un lobo sediento de sangre,  un hombre envestido en una armadura dorada que estocaba con golpes fuertes. ¿Cuál era su nombre? Comencé a jadear, sentí el gusto salado del sudor que goteaba de mi cabeza asándose en el yelmo. La luz del sol parecía ser cada vez menos intensa porque estaba por desmayarme, y  los alaridos del público me quitaban claridad. ¡Flamma se llamaba!, Flamma el soldado al que se le dio la libertad pero decidió seguir ahí, peleando contra mí. Con su casco de oro enchapado  y la pechera de bronce con serpientes talladas a mano. Recordé su nombre porque era muy famoso. Esta vez estaba en frente mio, ciego de odio, y le tocaba otra vez defender su lugar de invicto. La multitud estaba sedienta de sangre. Miraban siempre con sus ojos intensos al centro de la arena. Como si se  hallara ahí el mismísimo Zeus regalando la vida eterna que no pueden alcanzar. De manera que gritaban para que dé más de mí, como si pudiese estar peleando mejor en ese infernal día. Como si el instante pudiese ser más glorioso o sangriento de lo que estaba siendo. Flama esa vez cargaba con una ira injustificada, quizás porque ya era libre y solo peleaba por gusto. A pesar de haberlo cortado varias veces sentí estar peleando contra un muerto. Alguien que ya no tenía nada por que luchar y eso era lo que lo hacía invencible, imposible de lastimar. Retrocedí ante el primer espadazo hice dos movimientos en falso y sentí la hoja de la espada zambulléndose en mi pecho. Caí al suelo chillando de dolor y vi esa espada bailando ensangrentada en el aire. Parecía moverse y arremolinarse rabiosa entre las columnas del Ludus.

   Una vez contada en voz alta la historia tuve una sensación de una tristeza muy dura. Me encontraba sentado en el piso del ascensor mirando a la mujer jipona que parecía estar esperando algo de mí. El ascensor volvió a arrancar y la puerta se abrió. La mujer me escudriñó, arqueó las cejas mientras me acariciaba como si fuera un perrito mojado. Luego dijo:

-          Me apuré mucho. No sé si estabas listo. 

   Salió del ascensor histriónica y preocupada, haciendo ademanes con las manos y perdiéndose en los pasillos.





miércoles, 25 de septiembre de 2019


La perra novela

La aguja larga del reloj recorre treinta segundos.
En los primeros diez
el eco de tus palabras,
calcula que tanto permitimos modificarnos.
Cuenta historias cortas de nuestros carnavales de a dos;
Los convierte en combustible para carnavales de a tres y de a cuatro.

En los segundos diez,
da cátedra  de nuestra película.
Filmada en Super 8 por lo bello de lo antiguo;
Archivada en la videoteca, 
en la sección de ofertas (eternas)

En los últimos diez
Contemplo impávido,
 en la celulosa,
El hecho de tenernos sin tenernos.
A pesar de la idea de propiedad.
De tomarnos sin tomarnos,
A pesar del calor compartido.  

Y de reojo vislumbro
 el  animal que domamos,
cuando entendimos que éramos solo un capitulo
 Y no toda la perra novela.




miércoles, 11 de septiembre de 2019


Al arte

Esa calma mañana de febrero fui al museo de Castañeri en Barcelona. Habían dado una exposición de pinturas surrealistas y como tenía que hacer tiempo y la entrada era gratuita, me compré un café y me dispuse a contemplarlas. Empecé a mirar una pintura que tenía un triángulo largo y anaranjado cuya punta se doblaba hacia la izquierda.  En diagonal hacia la punta, desde la derecha, había un punto negro que parecía acercarse dejando por estela un trazo de líneas de menor espesor. La pintura era eso, sencillamente eso.

¡Que pérdida de tiempo todo esto! Estos tipos son unos chantas. Para mí pintan sin siquiera pensar en que están haciendo. Dicen “A ver qué puedo vender por 10.000 euros…" Pero la condición es que sea una bazofia vacía y sin sentido. Sí… Horrible. Hubiese seguido caminando en vez de ver ese punto negro que tiene como huellitas y parece acercarse, como si quisiera llegar a tocar esa montaña anaranjada, tan insulsa que tiene ese trazo tan particular, tan necesario. Y vuelvo al punto, que punto  tan solitario tan magnífico recorriendo el museo. Qué punto tan yo, tan cerca de esa punta naranja dulce que me hará sentir distinto. ¡Caramba, casi llego! Y este viaje lo repetiré mil veces. ¡Que emoción!  Que bien me siento con mi punto proyectil y mi triangulo de mundos, mirando a esas gentes mirarme, interpretarme. Que hombre tan gracioso perdido en su café, sosteniendo la mirada con el ceño fruncido.



miércoles, 4 de septiembre de 2019


Los Luminarios

El día había comenzado como siempre sin día en sí. Ni concepción de horario. Ni pensamientos agradables. Y lo único que me sostenía en pie era mi propia narrativa interna, que sin ánimos de victimizarme cada día era más autorreferencial, y más tediosa como la es toda narrativa sin propósito lúcido. El experimento no tenía fines perversos, yo lo sé. Inclusive si los hubiera tenido mal que mal me estaban pagando una moneda y eso era lo importante. Lo necesario. Aunque la verdad después del día tres nada parecía tener más sentido que abandonar la habitación e irme a casa a dormir. ¡Ay dormir, que cosa más increíble! ¡Los brazos del inconsciente, la dulzura de no pensar, la tranquilidad de soltar las riendas del control y del zurdaje cerebral! Pero la realidad era otra. Tenía que esperar indefinidamente y no morir en el intento.  Esa misma tarde, creo, por mi manera primaria y desvalijada de recursos  de medir el tiempo en la habitación, comencé a charlar con uno de los Luminarios. Era difícil diferenciar a las criaturas que aparecían como parte de mi privación onírica, de los auténticos médicos. Principalmente porque se parecían bastante en la primera impresión. Pero me di cuenta de que este pertenecía  a otro dominio por la ropa. Lo que parecía al principio ser una bata de médico se metamorfoseó en una túnica parecida a la de un sacerdote ocultista, con un cíngulo de sogas atándole a la cintura el ropaje, y  una especie de tela violeta con relieves dibujados en hojas doradas, posada en sus hombros. Sus ojos eran dos pequeños puntos negros, más inocentes que mórbidos y su boca portaba dientes blancos como nubes,  pero en forma de pequeños triángulos filosos. Tenía una nariz aguileña  tan fina al final que se le asemejaba a un pico. El Luminario comenzó a hablar y su voz tenía un eco siniestro y distante
Dijo:
  
     -   Tarde o temprano van a visitarte los que faltan. Quería verte primero para darte la charla necesaria. La indicada para que elijas bien.-

Luego hizo una reverencia y continuó hablando:

      -   “Hijo mío, la privación del sueño te permite como verás,  contemplar algunas cosas que antes no veías. Pero tu biología no va a resistirlo por mucho tiempo. Al final tendrás que irte con uno de nosotros y vas a tener que elegir. De no hacerlo a tiempo devoraremos tu alma entre los tres y serás solo una batería para nuestros  propios fines. Por mi parte yo te ofrezco membresía al mundo de Ambicia.  Te presentarás  ante, sanadores, nigromantes y temerarios exorcistas para brindarles tus poderes. Conociendo las leyes de la magia negra y minando tu alma al servicio de aquellos que entreguen sus vidas a Los cinco pájaros de sombra. El cielo se verá siempre gris y no existirá aquello a lo que hoy se le pone el nombre de luz. A cambio tendrás poder ilimitado hasta que te vuelvas uno con esta negrura, con esta oscuridad, con la verdadera naturaleza densa y destructiva del mundo.”

Recuerdo  haber sentido un nudo en el estómago. La incapacidad de reír o de pensar en algo liviano. Una probada de los apoyos en los cuales retozaba toda esa dinámica caótica y temible que mi interlocutor transmitía como prometedora. En algún punto hasta tenía su lado atractivo.

Luego de haber abandonado el cuarto en una especie de fade-out silencioso, un científico pasó a colocarme las gotas para hidratar mis ojos irritados.  Le pregunté cuanto faltaba para que termine el experimento. Me dijo que decirme cuanto faltaba era contraproducente para el experimento en sí, y me pidió que guarde calma, que ellos veían todo desde atrás de aquel espejo falso y que no permitirían que corra riesgos. Para mis adentros susurré en ira que no eran capaces de ver a ningún Luminario porque no tenían las mismas horas de privación que yo. Pero no tenía las ganas, ni la suficiente saliva para ponerme a explicar eso. Además entendí rápido que en esa instancia probablemente solo sería tomado por delirante y quizás encerrado en una institución mental, donde mal que mal habría cama  y comida pero estaría encerrado. Y odio estar encerrado.
Entre mis cavilaciones sobre la libertad se presentó el segundo. Era un niño de unos doce años, semidesnudo y de tez morena. Le cubría las partes un taparrabo cuyas deshilachadas y arrancadas puntas flotaban en suspensión levitante,  de la misma manera en la que lo hacían sus negros cabellos. El niño no dijo nada,  pero su mirada parecía comunicarse con la mía de una dinámica particular. Efectivamente pude sentir como si el niño le hablase a otra parte mía, a mis adentros. A un ser que yacía en algún lugar de mí, pero que estaba dormido hace mucho. De repente me creí enfermo.  Recordé un momento de mi infancia claro como el agua. Me habían prohibido comprar una pelota de fútbol que previamente habían asegurado iba a ser mía. Tenía unos diez u once años. Las lágrimas brotaban de mis ojos como escurridizos renacuajos transparentes e histéricos y recordé esa ausencia. Ese vacío del mundo, esa angustia de no poder obtener lo que quería. De estar teniendo una probadita de la vida real y pisoteando mis deseos por primera vez. De pronto muchas imágenes de pequeños llorando brotaban como espejismos de mi propia tristeza. Uno regañado en una cabaña de roble oscuro. Otro siendo traicionado por primera vez por quien parecía ser su amigo. Podía sentir sus agonías como propias y me atravesaban como olas de mar.  Si bien el Luminario aún no decía nada y mi vigilia insana se traspapelaba con la película de estas infancias y con el agotamiento corporal, pude sacar una conclusión. Si antes viviría de la oscuridad en este caso me tocaría vivir de los niños. Soportando la inflexibilidad de sus tristezas y caprichos, sosteniendo la cordura de las almas a las que les toca transitar los más duros y pioneros abismos. Coexistiendo con el desconsuelo. Abrazando la incompletud.

El niño solo exclamó una palabra:

-Aluza.

Y se desmaterializó en un agudo ruido en el que se partía como un cristal su negra piel hasta volverse arena y luego nada.

Después del segundo Luminario me quedaba poco tiempo. Nadie había hablado de horas o de segundos. Ni los médicos, ni los luminarios. Pero era una intuición interna. Un presagio que se sentía más certeza que la que empíricamente se podría ofrecer jamás.  Era un sentir claro y tristísimo. Como el de un reloj de arena llegando a su último ciclo. O al menos esa imagen me vino a la mente luego de contemplar la última aparición. Me dolía la cabeza y coquetee con el arrepentimiento. Pero las cosas hay que terminarlas. Además si iba a vivir una existencia errante para siempre al menos tenía que recabar la poca claridad que quedaba en mi para elegir la mano correcta a estrechar cuando llegara el momento.

El tercer Luminario era una especie de lobo atigrado en tonos grises.  Tenía garras clavadas al suelo crecidas desmedidamente, aunque por alguna razón el suelo también parecía por momentos intacto. Al distar tanto de las otras apariciones me dio la impresión de que  esta si podía entrar en la clasificación de falsa alucinacióm. Pero luego me rugió y ahí me di cuenta de que estaba tratando con algo bastante eminente y real. El rugido fue como un sonido vibrante y me sacudió hasta el último hueso. En algún punto me sentí agradecido porque me despertó un poco más. Por un momento me vi a mi mismo salir del cuarto rompiendo el espejo, y empezar a golpear a los médicos con una fuerza desmedida. A uno le podía ver la sangre en el rostro mientras le zambullía mi puño reiteradas veces en la cara. Con  el correr de los segundos me empezaban a atacar de a cuatro y mi cuerpo se iba transformando. Los puños se convertían en garras y me brotaba el pelo por entre los poros. Podía contemplar al lobo disolviendo su imagen en la habitación mientras empezaba a caer en cuenta de que gradualmente  ese lobo iba siendo yo. Y devoraba las tripas de algunos médicos mientras otros solo les clavaban las garras para ver como la luz escapaba de su mirada en ese frenesí descontrolado. Al siguiente momento aparecí en la habitación otra vez y el lobo calmo me miraba y refunfuñaba migajas de su primer rugido. Luego desapareció consumido por un fuego violeta y en aquella combustión escuché la tercera palabra. Se oyó filosa y brusca como toda la visión: Anaja

Sin minutos para contemplaciones se materializaron ante mí  los tres Luminarios. Y pude sentir los tres mundos por separado. Iba a tener que vivir el resto de mi existencia alimentando y asistiendo fuerzas que no me parecían ni moralmente nobles, ni demasiado éticas. Pero todas eran tentadoras y operaban de alguna manera de forma necesaria en el mundo. Era casi una tentación como la de mis adicciones en el pasado. No mediaba el pensamiento. Solo brotaban las emociones de arremolinarme y enredarme con alguno de esos tres mundos. Como si aquel lobo espantoso con su ira desmedida, el sacerdote oscuro con sus dichosos cinco infames pájaros de la sombra, y el niñito angustiante se vieran como perfectas opciones para pasar el resto de mis días. Se iban acercando a mí como imanes hambrientos. Como tentadores portales. Yo estaba a punto de explotar sudoroso, acorralado, triste, enojado, confundido y sin poder comprender como tanta sensibilidad podía interpelarme tan abruptamente. Pude contemplar mi fin. Al tenerlos a unos pocos milímetros  me puse en posición fetal y me entregué a la nada. Allí escuché el tintineo de un timbre de bicicleta. Un señor con una bata blanca entro y el volumen de la imagen disminuyó hasta volverse casi un pensamiento. El experimento había terminado. El médico me dijo:

- Recostate y dormí que ya es hora de descansar un poco.














domingo, 25 de agosto de 2019


Los Huecobardos

Había dos decenas de Huecobardos a mi espalda y mis piernas estaban cansadas de tanto correr.  Pude sentir sus ventosas aspirando mi ropa, succionando mis posibilidades de contar  la situación en  el futuro. Cuando escapás por tu vida todo tu organismo empieza a procesar información con la rapidez de una supernova. Me vinieron cuatro imágenes a la mente, claras como un diamante. Pero bruscas y rústicas como el mineral en estado natural. Violentas, como servir un balde lleno agua en una botella de un cuello finísimo, que acepta lo que puede.  La primera imagen fue de la piel de Sheila. Tersa, suave y morena, removiendo prendas de ropa de sí misma frente al dique de Kalamarin. Para bañarse y combatir el calor. La segunda fue una lagartija trepada en un nogal-cuántico  que observé el verano pasado. La  criatura  parecía competir con el árbol en capacidad de presencia; de calma. Tenía los ojos de azul marino con una luz particular, una lengua corta pero ágil y anaranjada,  y un cuerpo escamoso plasmado en un degradé de verdes. Recuerdo que la observé por horas hipnotizado. No pude desviar la mirada y me pareció sentir que posaba para mí, como si quisiera enseñarme algo que trascendía el lenguaje. Con  el  accionar espontáneo de cumplir una misión secreta, realizando el mínimo esfuerzo. La tercera imagen fue más reciente. Era la visión enojada de los cuatro ojos negruzcos del primer Huecobardo, al darse cuenta de  mi presencia entre los arbustos. Recuerdo asumir con naturalidad lo que estaba pasando, y reconocer que nunca nadie había vuelto de una experiencia similar, para entender mi suerte como parte de aquel día. Como propiedad transitiva y lógica de mi riesgo tomado. Aun así yo sostenía la fe más humana e inocente del mundo,  y corría. Corría con tal agresividad que por un momento sentía desgarros y calambres ignorados por la inercia del movimiento. El último panorama fue el de estar semi succionado por unas ventosas fibrosas de color ocre.  Sentía que  desde el interior del Hueco-bardo, con medio cuerpo adentro, entre la paranoia y la muerte, unas voces hablaban detrás. Me susurraban que ya era tarde, que me suelte y acepte el ritual. Que había otro camino para mí, muy en el fondo, en otra clase de tierra. Que me libere rápido. Que iba a entender pronto todas mis dudas. Algunas risas falsas coreaban por entre las palabras. Se escurrían como ecos burlones desconcertantes. Cinco segundos después, una mano tomó la mía y estaba  volviendo a salir hacia afuera.  Al igual que un nuevo nacimiento pero de mi fuerza interna.  Aunque en realidad solo era  un reflejo de mi compañero que disparaba sin tregua al Hueco-bardo, mientras me empujaba fuera del agujero y daba gritos de guerra inentendibles que me daban gracia. Me sorprendió mi sentido del humor en tan hostil instancia. 

Ahora Viajamos a Gama Cuatro, pero todavía no puedo recuperarme del todo. Alguna parte de mí cambió esa tarde. Alguna parte de mi se quiso ir a las profundidades del Huecobardo, a probar suerte. A terminar el ritual. Y quizás… se fue


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miércoles, 14 de agosto de 2019


Suerte

Joaquín desayunó tempranito tostadas con manteca y mermelada, seguidas de un café con leche. Después de una ducha fresca se fue a hablar con su tío. Al parecer le quería comentar algo de laburo y de la vida como siempre. Era sábado y estaba en un momento pueril bastante relajado.  El día picaba de tanto sol. Luego de una hora charlando con su tío, salió convencido e iluminado sobre lo que quería hacer con su vida. Con ideas esclarecedoras de lo que el mundo era o podía llegar a ser, en función  grandiosa de sus más profundos anhelos. Sentía que tenía la respuesta a todo y que había encontrado su vocación en la vida. Cuando terminara el secundario iba a ser policía. Y proteger a otros seres humanos de cualquier peligro sirviendo a la sociedad como un noble agente de cambio. Iba a portar la placa orgullosa para brindarle seguridad otras almas errantes, que frecuentemente se ahogaban en miedo. Por aquellos días también estaba dispuesto a fantasear desmedidamente con aquellas series yanquis que miraba por internet, donde estos héroes uniformados, salvaban el mundo un día a la vez. Las calles de flores estaban muy tranquilas y eran las doce Am.  Cuando hizo cuatro cuadras, escudriño de reojo una silueta, que se le acercaba insistentemente por la derecha.

              - Quedate quieto, dame el celular y la billetera porque te pincho.

El sujeto vestía un buzo gris de Adidas, unos jeans clásicos, y unas zapatillas negras deportivas.

 A Joaquín, que ya se estaba distrayendo hace mucho,  le costó vislumbrar lo que estaba sucediendo. Hasta que instintivamente pudo observar que su asaltante tenía un objeto al cual manoseaba nerviosamente en su bolsillo. Ahí su sentido de alerta se activó, y empezó a sacar el celular del pantalón para entregarlo. Joaquin temía una navaja o un cuchillo de cocina.
Luego exclamó
-          
                       Ahora te lo doy. Calmate, que ya te lo doy.

El asaltante lo agarró del cuello y lo empujó hacia la pared.  Mientras lo ahorcaba le pidió que se callara, que se apurara, y que no hiciera ningún movimiento brusco porque de proceder así lo mataría.
Entre el temblor de su cuerpo acalorado, y el gesto de acercarle los objetos que le pedía, mientras se ahogaba en las manos frías y ásperas del encapuchado, pudo ver sus ojos. Parecían no estar mirándolo fijo a pesar de enfrentarlo. Yacían perdidos en la escena. Lucían como si alguien a propósito los hubiese dibujado mal. Desprolijos. Joaquín sintió que su cuerpo era  una televisión con un programa aburridísimo, de esos que hipnotizan para mal. Tuvo un pensamiento disociado en el cual se vió  a si mismo nervioso, contra la pared, siendo víctima de aquel chorro, al cual putearía luego en la tranquilidad de su casa. Pero también imaginó que esa situación tenía algo más de fondo. Que tremendo día tan soleado, que venía siendo tan bello, no podía azarosamente pegar ese sacudón, sin una mínima explicación de fondo.
Joaquín volvió a su casa descalzo, sin celu, y sin billetera. Se consoló con que se sentía un poco más parecido a unos monjes shaolín del Tibet, que viven desapegados de las posesiones materiales. Los había visto en un documental hace días y pensó en el color de sus suaves túnicas de seda anaranjadas. De todas maneras al llegar a su casa, y hablar del incidente con su madre, se largó a llorar. No le angustiaba tanto no tener el celu o zapas. Sentía que habían ofendido su honor. Tenía la autoestima por el suelo.
Su mamá, Gela, le dio un abrazo y deslizó por su boca la oración sacada de sus más amplias y pre-programadas frases de manual:
     " Bueno por lo menos,  no te hizo nada. Agradecé. Tuviste suerte."

 - A lo que joaquín contesto inexpresivamente -

-                             -  Sí… bastante suerte -

Días después googleó cerca de treinta páginas de internet sobre programas académicos de artes marciales. Planeaba su venganza y quería estar preparado. Juraba y perjuraba que si volvía a ver ese buzo gris por flores tenía que estar listo. Como mínimo para probar su valía. Y ver finalmente de que estaba hecho este zombi diurno  de ojos vacuos, que le robaba el sueño. Además de paso se iba preparando físicamente para su futura profesión. Calculaba que esas habilidades corporales eran imprescindibles, como en las pelis. Se decidió por un seminario que tenía el anuncio en letras rojas. Era un taller integral de Krav Magá. Un arte de combate especial de las tropas israelíes. Este se había iniciado como defensa personal, para que los civiles se protegieran de cualquier grupo anti-semita, en la época de la segunda guerra.

El primer día un profesor calvo y corpulento le dijo:

            - Si te gusta la clase podes inscribirte para venir todos los días-

- Luego socarronamente aseguró-

            - ¡te vamos a sacar bueno a vos eh! ¡Asesino!-   -Rió-

Joaquín entró como caballo en la idea. Practicó unos días desarmes de cuchillo, y le gustó tanto aquel agresivo arte, que  se inscribió a clases regulares. Todos los martes y jueves practicaba sus golpes mortales, con sus compañeros recubiertos de protectores engomados. Silenciosamente imaginaba ese tono gris del bucito y salivaba. Meses después, ya el incidente había quedado en el pasado, pero por alguna razón solo le sobraba el residuo de esa imagen en la mente. Una prenda de ropa grisácea al sol y la sal de tragarse una lágrima.

Aníbal se levantó del colchón que le había tocado esa noche. Se lavó los dientes, tomo un te descongestivo vencido que encontró en los cajones de la cocina, y salió patear por el barrio. El día estaba soleado y eso le molestaba, porque siempre había preferido la lluvia. Le parecía que daba más con su estilo, y hacía que las miradas de todos estuvieran enfocadas en el suelo, para no pisar las baldosas  mojadas. Eso por alguna razón lo animaba, y  se sentía menos zarpado si tenía que andar por ahí. Esa mañana después de pintar la puerta de Doña Estela de verde,  se había encerrado en el cuarto a pensar y a preocuparse. Después del tercer tirito en la oscuridad le pareció que nunca saldría. Que se quedaría  ahí para siempre, duro como una estatua, mirando por la ventana rotosa para afuera. Pero ese día había que salir a laburar. Ya no había changuitas para fingirse en otra, ni más bolsitas que ligara de arriba para hacerse el ermitaño. Era la primera vez que iba mandarse una tan explícitamente, pero se acumulaban los quilombos y la vieja estaba bastante enferma. Y la vieja esta primero siempre (pensaba). Además, si agarraba práctica con algún salamín, podía hacerlo cada vez mejor y ahí iba a estar más seguro. Cada vez más pillo y más curtido iba a estar. De repente las cosas en las últimas horas habían pasado tan rápido que ya no podía ordenarlas en el tiempo. Aníbal tenía en las manos una billetera con el DNI  guardado en el tarjetero y miraba la foto. Era de un pibe jovencito. Le hacía acordar a su hermano menor. El nombre era Joaquín Estursi y tenía catorce. En su mano derecha Aníbal sostenía un teléfono. Sacó tres gambas de la billetera  y miró el Smartphone bloqueado con frustración. Si no conseguía alguien que libere el aparato la cosa iba a estar más jodida para todos. Además tenía que conseguir volver a sentir las extremidades, que todavía parecían más bloqueadas y entumecidas que el tubo. Pensó en visitar a un amigo en once que seguro le hacía la gamba, y se tomó el ocho. Viajó parado y se sintió identificado con la rigidez de los caños del bondi, aunque nunca hubiese podido poner en palabras lo que le sucedía.

Joaquín  cenaba empanadas caseras de jamón y queso después del entrenamiento. Su madre había prendido la tele porque el silencio la ponía nerviosa. Estaba el noticiero ladrando sobre un tiroteo en Balvanera entre la Brigada y unos narcos. Había ocurrido debido a una trifulca en un local de servicio técnico que encubría operaciones delictivas. Entre las más turbias, narcotráfico y trata. Entre las más inocentes, la liberación y compra venta de celulares robados.  La cámara de seguridad filmaba en el suelo un hombre herido con una mirada peculiar, sensible pero ida. Joaquín pensó ansiosamente  en el dolor de esa mirada, le recordaba a algo. Luego pensaba indignado en cómo le hubiese gustado ser policía para cuidar  de la muerte a ese pobre diablo. Para manejar las cosas con cautela y  guardar su vida. Para ahorrarle un problema. En eso el noticiero mostró otra cámara de seguridad. Ahora una más nueva. Esta captaba colores y el más neutro era el de un buzo gris manchado de sangre.  A Joaquín le cayó pesada la comida. Se dirigió a su cuarto deseando buen provecho a su madre que lo miró extrañado. Tomó los guantes y el uniforme de Krav Magá y los guardó en un cajón donde ponía las cosas que ya no usaba. Luego pensó en el sol. Y en como este alumbra a todos por igual.  Recordó lo que su madre le había dicho una tarde radiante hace meses: “tuviste suerte”. Y en voz alta, en la soledad de su cuarto,  dijo  sin ningún interlocutor visible:

 -Si… bastante









domingo, 11 de agosto de 2019


De vos

El silencio de este domingo soleado me entristece y por eso la nostalgia y la verborrea. Hoy a la mañana me levante al lado tuyo, y estabas calentita como siempre. Me  acuerdo haber  deseado meses atrás una compañera. Estaba tapado de laburo y a mi esencia la obstruían estructuras de una máquina, cuyo motor se quemó de tanta quinta a fondo. Hoy paro la pelota y me levanto distinto. Pienso en mates y en canciones. En hacer que mi vida crezca fuerte y duce al gusto como la canción que buscamos por días. ¿Te acordás de esa secuencia? Siempre estuvo bajo nuestras narices, y apareció cuando menos la esperábamos. Como cuando te cae la ficha por su propio peso en una buena sesión de terapia. Como la relación  misma sin ir más lejos. Perdoname mi lenguaje coloquial, pero a vos te hablo más cerca de mis ejes simples. Te susurro más lento y entre cada oración me tomo el tiempo y suspiro despacio. Y te acompaño con miradas penetrantes, que se asumen capaces de estar a  la altura de esta dinámica. Que sé que te gustan y te desconciertan. Que se diluyen en este vicio inesperado. En ese mate con tostadas untadas en palta a la mañana, que nos acompañó siempre. En ese inevitable colchón de confianza algodonado, en el cual vivimos esta fiesta de momentos invernales y taurinos.  De porros lentos, de besos suaves. Si nos sobran las palabras está bien y si nos faltan también, porque sos pura y sencilla como el final de un libro New Age. Como la relajación después de correr diez vueltas al parque Avellaneda, o el primer garabato vendido en un emprendimiento viajero. Como tu fuego pionero.

Y la parte más difícil; la que más impaciente me pone. Es que lo que yo escribo no podría ni en la mejor de mis creencias facilitadoras, ni en el brillo más puro de mis historias imposibles, ni en el sexo más intenso de mi animalidad, abordarte como quiero. Porque siento tan dulce tu abrazo que no alcanzo a tener la perspectiva correcta, de todo lo que el mundo me cuenta de vos.




lunes, 5 de agosto de 2019


La comedia del mundo

JAIME: ¡Hola hola! ¡Muy buenas tarde a todos!  Mi nombre es  Jaime contreras  y tengo el enorme placer de acompañarlos esta tarde en “la nota de color”. Son las 18:45 HS y la temperatura es de menos 10 grados… ¡Que frio! Hace en buenos aires. Arrancamos con un plato fuerte en el segmento de la tarde. Tenemos a nuestro invitado especial. Es antropólogo recibido de la U.B.A pero como se muere de hambre, ha escrito un libro de poesía excelente, para morirse de hambre un poco más pero con onda… ¡Con ustedes.....! Calvo, de 46 años, pero muy simpático, el señor Roberto Almada!


ROBERTO: Hola sí, buenas tardes creo que no anda muy bien esto porque me escucho raro y…

(JAIME interrumpe)

JAIME: Cuénteme Roberto porque el título: “La comedia del mundo” ¿es acaso un libro para morir a carcajadas?

ROBERTO: Bueno tiene que ver un poco con mi madre. Ella me decía que yo era muy gracioso y yo pensé…

(JAIME interrumpe)

JAIME: Y dígame Roberto cuando usted está en su casa  llena de polvo, sentado, escribiendo, y llegan las facturas de gas y del agua y no sabe si las va a poder pagar; ¿Eso le parece gracioso?

ROBERTO: Emm creo que no, pero…

JAIME: Y dígame mi queridísimo poeta bohemio, cuando vino a la radio, mientras se estaba cagando de frío y se le marchitaban las manos por el viento… ¿Usted se estaba riendo?

ROBERTO: ¡¿Esto es una joda?! Yo vine a hablar de mi libro, y usted me falta el respe…

JAIME: ¿Y cuando el despertador suena? Usted sabe Roberto, junto con esos pájaros fisuras que le gritan a la madrugada: ¡ANDÁ A LABURAR GIL! Y usted se tiene que levantar y desayunar ese pan duro, y no se acuerda ni su nombre. ¿En qué piensa? ¿Cómo se siente?

ROBERTO: Usted es un irrespetuoso ¿Sabe quién soy yo?

JAIME: Y al parecer un tipo muy roto y desequilibrado Roberto.

ROBERTO: Yo soy… yo...

(Riiiiing)

El despertador suena y un señor de unos cuarentaitantos se levanta sobresaltado. La tele está prendida y por la ventana entra una brisa helada.








lunes, 29 de julio de 2019


El extranjero


ESC 1 – INT. BAR  – NOCHE

Una humareda blanca recubre veinticinco mesas y sillas de madera oscura. En la pared de la derecha hay 4 carteles de neón entre los cuales se lee “HAPPY HOUR IN THE MILKY WAY” “BIRRITEN 24/7” “TRANQUI 120” “SHAMPEIN ALL THE NIGTH BRO”. En la pared de la izquierda hay unas instrucciones de emergencia sobre cómo salir del lugar, desgastadas y enmohecidas, un cartel redondo donde se lee PROHIBIDO FUMAR, y otro donde se lee “JACK DANIELS OLD BRAND NO.7” Al frente hay una barra con tragos en copas de coktail multicolores. Por las ventanas puede contemplarse estrellas fucsias y naranjas de diferentes tamaños, que hacen juego con los carteles eléctricos. Se oyen bullicios por todos lados. El bar está lleno.

En una mesa cercana a la ventana está sentado NESTOR

NESTOR (45) Hombre esbelto, mide 1,80, lleva cabello castaño claro a la altura de los hombros. Viste un Montgomery gris muy maltratado y un chaleco de cuero oscuro. Unos pantalones caqui de segunda mano, y botas de montaña negras con tachas fluorescentes.

NESTOR está bebiendo una cerveza rubia. Está nervioso, hiperventilado y transpirado

Entra por la puerta de cantina el HOMBRE DE TRAJE y la gente hace silencio por unos segundos y mientras lo observan. Luego vuelven la atención a sus mesas.

HOMBRE DE TRAJE (60) Hombre regordete, mide 1.60, lleva el cabello semi calvo con gomina peinado hacia atrás. Viste un traje gris nuevo, y unos zapatos italianos color caoba. En las manos tiene anillos con piedras preciosas en bruto incrustadas desprolijamente. Porta un maletín plateado de metal.

El HOMBRE DE TRAJE se sienta enfrente de NESTOR.


NESTOR

Llegaste temprano, como siempre.

HOMBRE DE TRAJE

Si, si el tránsito por tierra era un quilombo, por el hiper-espacio es diez veces peor. Que querés que te diga, yo no lo voté.

NESTOR

¡Dale goma! ¿Trajiste lo mío?

HOMBRE DE TRAJE

No, la verdad pase a darte un abrazo… forro.

NESTOR

¿Y qué onda? ¿Es como la mierda que me diste la otra vez? Pegaba un toque pero tremenda jaqueca.
HOMBRE DE TRAJE

Si tenés la teca te lo doy ya, que estoy apurado. Pero si tenés ganas de mandártelo ahora tomátelo con calma... Viajás en otro mundo.

NESTOR

¡Qué tranza berreta que sos!, ¿no se te ocurrió nada mejor que esa hipeada?

HOMBRE DE TRAJE

¡Cerrá el orto! Cuando estés ahí, en el mambo, me voy a reír de tu bolaseo. Si no me compraras hace diez años te dibujo otra cara. En serio, esto literalmente te lleva a otro lugar.

NESTOR

¿Ah es de esas nuevas? ¿Las que tomaban en  el Vertex?
HOMBRE DE TRAJE

Se… Es nueva y se aspira. Viene de la Andrómeda vecina. Los pibes  le dicen “EL EXTRANJERO”.