miércoles, 4 de septiembre de 2019


Los Luminarios

El día había comenzado como siempre sin día en sí. Ni concepción de horario. Ni pensamientos agradables. Y lo único que me sostenía en pie era mi propia narrativa interna, que sin ánimos de victimizarme cada día era más autorreferencial, y más tediosa como la es toda narrativa sin propósito lúcido. El experimento no tenía fines perversos, yo lo sé. Inclusive si los hubiera tenido mal que mal me estaban pagando una moneda y eso era lo importante. Lo necesario. Aunque la verdad después del día tres nada parecía tener más sentido que abandonar la habitación e irme a casa a dormir. ¡Ay dormir, que cosa más increíble! ¡Los brazos del inconsciente, la dulzura de no pensar, la tranquilidad de soltar las riendas del control y del zurdaje cerebral! Pero la realidad era otra. Tenía que esperar indefinidamente y no morir en el intento.  Esa misma tarde, creo, por mi manera primaria y desvalijada de recursos  de medir el tiempo en la habitación, comencé a charlar con uno de los Luminarios. Era difícil diferenciar a las criaturas que aparecían como parte de mi privación onírica, de los auténticos médicos. Principalmente porque se parecían bastante en la primera impresión. Pero me di cuenta de que este pertenecía  a otro dominio por la ropa. Lo que parecía al principio ser una bata de médico se metamorfoseó en una túnica parecida a la de un sacerdote ocultista, con un cíngulo de sogas atándole a la cintura el ropaje, y  una especie de tela violeta con relieves dibujados en hojas doradas, posada en sus hombros. Sus ojos eran dos pequeños puntos negros, más inocentes que mórbidos y su boca portaba dientes blancos como nubes,  pero en forma de pequeños triángulos filosos. Tenía una nariz aguileña  tan fina al final que se le asemejaba a un pico. El Luminario comenzó a hablar y su voz tenía un eco siniestro y distante
Dijo:
  
     -   Tarde o temprano van a visitarte los que faltan. Quería verte primero para darte la charla necesaria. La indicada para que elijas bien.-

Luego hizo una reverencia y continuó hablando:

      -   “Hijo mío, la privación del sueño te permite como verás,  contemplar algunas cosas que antes no veías. Pero tu biología no va a resistirlo por mucho tiempo. Al final tendrás que irte con uno de nosotros y vas a tener que elegir. De no hacerlo a tiempo devoraremos tu alma entre los tres y serás solo una batería para nuestros  propios fines. Por mi parte yo te ofrezco membresía al mundo de Ambicia.  Te presentarás  ante, sanadores, nigromantes y temerarios exorcistas para brindarles tus poderes. Conociendo las leyes de la magia negra y minando tu alma al servicio de aquellos que entreguen sus vidas a Los cinco pájaros de sombra. El cielo se verá siempre gris y no existirá aquello a lo que hoy se le pone el nombre de luz. A cambio tendrás poder ilimitado hasta que te vuelvas uno con esta negrura, con esta oscuridad, con la verdadera naturaleza densa y destructiva del mundo.”

Recuerdo  haber sentido un nudo en el estómago. La incapacidad de reír o de pensar en algo liviano. Una probada de los apoyos en los cuales retozaba toda esa dinámica caótica y temible que mi interlocutor transmitía como prometedora. En algún punto hasta tenía su lado atractivo.

Luego de haber abandonado el cuarto en una especie de fade-out silencioso, un científico pasó a colocarme las gotas para hidratar mis ojos irritados.  Le pregunté cuanto faltaba para que termine el experimento. Me dijo que decirme cuanto faltaba era contraproducente para el experimento en sí, y me pidió que guarde calma, que ellos veían todo desde atrás de aquel espejo falso y que no permitirían que corra riesgos. Para mis adentros susurré en ira que no eran capaces de ver a ningún Luminario porque no tenían las mismas horas de privación que yo. Pero no tenía las ganas, ni la suficiente saliva para ponerme a explicar eso. Además entendí rápido que en esa instancia probablemente solo sería tomado por delirante y quizás encerrado en una institución mental, donde mal que mal habría cama  y comida pero estaría encerrado. Y odio estar encerrado.
Entre mis cavilaciones sobre la libertad se presentó el segundo. Era un niño de unos doce años, semidesnudo y de tez morena. Le cubría las partes un taparrabo cuyas deshilachadas y arrancadas puntas flotaban en suspensión levitante,  de la misma manera en la que lo hacían sus negros cabellos. El niño no dijo nada,  pero su mirada parecía comunicarse con la mía de una dinámica particular. Efectivamente pude sentir como si el niño le hablase a otra parte mía, a mis adentros. A un ser que yacía en algún lugar de mí, pero que estaba dormido hace mucho. De repente me creí enfermo.  Recordé un momento de mi infancia claro como el agua. Me habían prohibido comprar una pelota de fútbol que previamente habían asegurado iba a ser mía. Tenía unos diez u once años. Las lágrimas brotaban de mis ojos como escurridizos renacuajos transparentes e histéricos y recordé esa ausencia. Ese vacío del mundo, esa angustia de no poder obtener lo que quería. De estar teniendo una probadita de la vida real y pisoteando mis deseos por primera vez. De pronto muchas imágenes de pequeños llorando brotaban como espejismos de mi propia tristeza. Uno regañado en una cabaña de roble oscuro. Otro siendo traicionado por primera vez por quien parecía ser su amigo. Podía sentir sus agonías como propias y me atravesaban como olas de mar.  Si bien el Luminario aún no decía nada y mi vigilia insana se traspapelaba con la película de estas infancias y con el agotamiento corporal, pude sacar una conclusión. Si antes viviría de la oscuridad en este caso me tocaría vivir de los niños. Soportando la inflexibilidad de sus tristezas y caprichos, sosteniendo la cordura de las almas a las que les toca transitar los más duros y pioneros abismos. Coexistiendo con el desconsuelo. Abrazando la incompletud.

El niño solo exclamó una palabra:

-Aluza.

Y se desmaterializó en un agudo ruido en el que se partía como un cristal su negra piel hasta volverse arena y luego nada.

Después del segundo Luminario me quedaba poco tiempo. Nadie había hablado de horas o de segundos. Ni los médicos, ni los luminarios. Pero era una intuición interna. Un presagio que se sentía más certeza que la que empíricamente se podría ofrecer jamás.  Era un sentir claro y tristísimo. Como el de un reloj de arena llegando a su último ciclo. O al menos esa imagen me vino a la mente luego de contemplar la última aparición. Me dolía la cabeza y coquetee con el arrepentimiento. Pero las cosas hay que terminarlas. Además si iba a vivir una existencia errante para siempre al menos tenía que recabar la poca claridad que quedaba en mi para elegir la mano correcta a estrechar cuando llegara el momento.

El tercer Luminario era una especie de lobo atigrado en tonos grises.  Tenía garras clavadas al suelo crecidas desmedidamente, aunque por alguna razón el suelo también parecía por momentos intacto. Al distar tanto de las otras apariciones me dio la impresión de que  esta si podía entrar en la clasificación de falsa alucinacióm. Pero luego me rugió y ahí me di cuenta de que estaba tratando con algo bastante eminente y real. El rugido fue como un sonido vibrante y me sacudió hasta el último hueso. En algún punto me sentí agradecido porque me despertó un poco más. Por un momento me vi a mi mismo salir del cuarto rompiendo el espejo, y empezar a golpear a los médicos con una fuerza desmedida. A uno le podía ver la sangre en el rostro mientras le zambullía mi puño reiteradas veces en la cara. Con  el correr de los segundos me empezaban a atacar de a cuatro y mi cuerpo se iba transformando. Los puños se convertían en garras y me brotaba el pelo por entre los poros. Podía contemplar al lobo disolviendo su imagen en la habitación mientras empezaba a caer en cuenta de que gradualmente  ese lobo iba siendo yo. Y devoraba las tripas de algunos médicos mientras otros solo les clavaban las garras para ver como la luz escapaba de su mirada en ese frenesí descontrolado. Al siguiente momento aparecí en la habitación otra vez y el lobo calmo me miraba y refunfuñaba migajas de su primer rugido. Luego desapareció consumido por un fuego violeta y en aquella combustión escuché la tercera palabra. Se oyó filosa y brusca como toda la visión: Anaja

Sin minutos para contemplaciones se materializaron ante mí  los tres Luminarios. Y pude sentir los tres mundos por separado. Iba a tener que vivir el resto de mi existencia alimentando y asistiendo fuerzas que no me parecían ni moralmente nobles, ni demasiado éticas. Pero todas eran tentadoras y operaban de alguna manera de forma necesaria en el mundo. Era casi una tentación como la de mis adicciones en el pasado. No mediaba el pensamiento. Solo brotaban las emociones de arremolinarme y enredarme con alguno de esos tres mundos. Como si aquel lobo espantoso con su ira desmedida, el sacerdote oscuro con sus dichosos cinco infames pájaros de la sombra, y el niñito angustiante se vieran como perfectas opciones para pasar el resto de mis días. Se iban acercando a mí como imanes hambrientos. Como tentadores portales. Yo estaba a punto de explotar sudoroso, acorralado, triste, enojado, confundido y sin poder comprender como tanta sensibilidad podía interpelarme tan abruptamente. Pude contemplar mi fin. Al tenerlos a unos pocos milímetros  me puse en posición fetal y me entregué a la nada. Allí escuché el tintineo de un timbre de bicicleta. Un señor con una bata blanca entro y el volumen de la imagen disminuyó hasta volverse casi un pensamiento. El experimento había terminado. El médico me dijo:

- Recostate y dormí que ya es hora de descansar un poco.














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