miércoles, 11 de septiembre de 2019


Al arte

Esa calma mañana de febrero fui al museo de Castañeri en Barcelona. Habían dado una exposición de pinturas surrealistas y como tenía que hacer tiempo y la entrada era gratuita, me compré un café y me dispuse a contemplarlas. Empecé a mirar una pintura que tenía un triángulo largo y anaranjado cuya punta se doblaba hacia la izquierda.  En diagonal hacia la punta, desde la derecha, había un punto negro que parecía acercarse dejando por estela un trazo de líneas de menor espesor. La pintura era eso, sencillamente eso.

¡Que pérdida de tiempo todo esto! Estos tipos son unos chantas. Para mí pintan sin siquiera pensar en que están haciendo. Dicen “A ver qué puedo vender por 10.000 euros…" Pero la condición es que sea una bazofia vacía y sin sentido. Sí… Horrible. Hubiese seguido caminando en vez de ver ese punto negro que tiene como huellitas y parece acercarse, como si quisiera llegar a tocar esa montaña anaranjada, tan insulsa que tiene ese trazo tan particular, tan necesario. Y vuelvo al punto, que punto  tan solitario tan magnífico recorriendo el museo. Qué punto tan yo, tan cerca de esa punta naranja dulce que me hará sentir distinto. ¡Caramba, casi llego! Y este viaje lo repetiré mil veces. ¡Que emoción!  Que bien me siento con mi punto proyectil y mi triangulo de mundos, mirando a esas gentes mirarme, interpretarme. Que hombre tan gracioso perdido en su café, sosteniendo la mirada con el ceño fruncido.



No hay comentarios:

Publicar un comentario