Platónica
La verdad te ves platónica. Linda. ¿Cómo decirlo…? No, no se me ocurre otra palabra. Te ves así porque no te veo en persona y por lo tanto no conozco tus imperfecciones. Solo tu perfil de Instagram. Un lugar lleno de seguidores. Fans. Gente que consume tu imagen. Yo también consumo tu imagen. La devoro. Pero yo no te pongo “me gusta” en nada. ¿Por qué? Porque me volvería igual a ellos. El otro día leí un libro en donde dice que cuando te morís te consume un cúmulo de energía universal con la forma de un águila gigantesca. Una especie de masa vibrante que diluye todas las mochilas. Y ahí todos se entienden con todos. Ahí quizás nos encontraríamos nosotros. Acá hay muchas barreras. Haces música parece. Subís tus temas a Spotify. Tenés buen color de voz. ¡Por eso te digo! Sos una idea. Un holograma construido en base a las fotos e historias que subís diciendo que te levantaste con buena energía y sonriéndole al panóptico de tu cámara frontal. Sos una representación en mi cabeza. En realidad no conozco las cosas que te preocupan por las noches ni a tus amigos. Te imagino quebrándote. Empezando a llorar en una pieza vacía un día que estuviste muy mal porque tuviste una mala experiencia con un tema nuevo que publicaste. Te bardearon. Te nombraron con adjetivos que no te merecés ni un poco. Pero en realidad yo no sé si eso es real. Ese es el lugar en el que yo elijo verte. Elijo convertirte en un fragmento inventado donde estas rota. Donde se te puede ayudar a levantarte. Te veo ahí porque es el único lugar en el que me puedo conectar con vos. No nos cruzamos paseando al perro, ni en la facultad. No nos reímos juntos. No nos miramos a los ojos desconsolados intentando encontrar en el otro un gramo de fe. Nuestra relación es inútil. Platónica. Es un decorado de la pos verdad. Es un cuadro en el departamento de una señora que olvidó porque lo tiene ahí. Ni siquiera sabe quién lo pintó, ni quien se lo regaló. Somos eso. Ese cúmulo energético virtual de interacciones vacías que se come a la gente y la junta sin contárselo a nadie. Sin embargo yo camino y te pienso. Yo escribo y te siento. Cerca. Ahí como en una especie de ruleta en la que hay una chance mínima, escasa de que un día nos veamos de verdad. De que un día se alineen los planetas y nos pongamos a adivinar nuestros segundos nombres y nuestras lunas astrológicas. Lo único que importa ahora es esto que tenemos sin tenerlo. Es este desgarro eterno de sentirte profundamente adentro sin tener ni la más pálida idea de cómo se siente darte un abrazo.
