miércoles, 9 de octubre de 2019


El avispero

Jaime había comprobado casi de manera instantánea e imaginable que se había equivocado en jugar a la pelota cerca del avispero. La bandada de insectos que se le acercaban parecía una nube negra con leves pintitas amarillentas que amenazaban en zumbido ensordecedor. Sus ansias de sobrevivir se gatillaron con la misma rapidez con la que recordó el lago que estaba pasando la rotonda de la granja.  Debajo del agua ningún ala u aguijón malicioso podría picotearlo. Entonces, al correr unos metros, pudo articular un salto nervioso y lo hizo apalancándose en la primera roca que percibió.  Así  saltó, contemplando como aquella masa transparente yacía con menos volumen por el calor del verano. Al pensar brevemente en esto dió cuenta de su segunda equivocación, esperando lastimarse no solo con sus perseguidoras pestes, sino también con el fondillo poco claro de aquella agua traslúcida.  Aún así, la lagunita se extendía fragrante como su  última esperanza. Al caer efectivamente sus piernas se hundieron hasta las rodillas en el agua y Jaime esperó con desilusión y dolor el fin inminente y cruel que acontecería.  En un determinado momento le pareció sentir que el sonido se intensificaba, y experimentó la idea fugaz de que quizás el dolor de mil aguijones al mismo tiempo, debía ser tan mortal que no tendría la capacidad humana de sufrirlo. Allí decidió abrir los ojos en pos de tener un último acto de valor para enfrentar la situación, y contempló el panorama. Las avispas lo empezaron a rodear como en una especie de espiral que se iba cerrando, y entre los sonidos de los zumbidos empezó a generarse un espacio para contemplarlas.  El ruido variaba entre graves y agudos, casi a un ritmo que se iba organizando. Se parecía a un sonido que había escuchado antes, hasta que reconoció que era  idéntico al de un latido. Tuc-tuc, tuc-tuc. Pero en zumbidos largos  bsss-bsss,  bsss-bsss. El zumbar iba creciendo hasta que se volvió difuso nuevamente. Mientras el espiral de avispas lo iba aprisionando exprimiendo el poco oxígeno que le quedaba alrededor. Jaime tenía miedo, pero al mismo tiempo sentía que lo que estaba sucediendo era de una naturaleza tan inusual, que lo hacía más una adrenalina tensa. Como la de recorrer un lugar  hostil por primera vez, atento y curioso, con cierta temeridad.

El latir se había convertido  nuevamente en un bssss eterno, y junto con el espiral cerrado,  fue sintiendo los roces de las alas en la piel cual ráfaga de viento semisólida, hasta que abrió los ojos y notó que su manera de ver había cambiado. La perspectiva no era la misma, sino que sus ojos captaban panorámicamente el iglú espiralado de insectos. Más  el foco de visión era flexible y caprichoso, hasta el punto de poder concentrarse en cada patita enramada y en cada antena saltarina de sus carcelarias. En un instante todo se oscureció, porque ya no entraba la luz y eran tantas, que no se veía nada más que un negro opaco, y no se oía nada más que una especie de masa pegajosa de encastres que lo recluía en la oscuridad, y se desvanecía en un silencio denso.  Experimentó una presión en la espalda y tuvo miedo de que el festín o las picaduras hubiesen empezado por allí. Pero luego sintió que la presión no venía desde fuera sino desde adentro de sus propios omóplatos en donde sintió brotar dos láminas pequeñas que se movían con torpeza. Se tocó las manos y observó que ya no eran manos y que cuando movía sus dedos para articularlos, en su lugar, tenía dos cilindros pequeños que solo le permitían un movimiento hacia adelante y hacía atrás. Se los llevó a la cara y se lastimó por la brusquedad con la que notó que casi toda su cara eran ojos, que concluían en una piel más sensible, gomosa y peluda. Cuando ascendió en busca de alguna solidez se encontró con dos bastones negros que surgían de su cabeza como plantas, cuyos movimientos tenían  voluntad propia y que al tocarlos pareció molestarles así que los dejó en paz. Quiso gritar y no pudo, así que se quedó quieto porque lo único que lo tranquilizaba era acostumbrarse a su propia presencia, que ya no hablaba en palabras sino en oleadas sensoriales que se expresaban en zumbidos. Luego de un tiempo que ya no se medía en horas ni en minutos, la masa opaca de su alrededor se iba aclarando y rompiendo como la cáscara de un huevo, que le recordó como un eco del pasado a la transparente laguna en donde una vez había buscado salvarse. Mientras el pensamiento perdía palabras, se elevó en una inmensa cúpula amarillenta gigante, llena de seres como él, que iban rápidamente de un lado a otro con una prisa que solo se justificaba con tareas a cumplir. Dicho y hecho empezó a  imitar a sus compañeras y a transportar con rapidez entre sus patas, trozos amarillos de aquella elipse para que sea cada vez sea más sólida. Había que hacer más fuerte el nido, y todas lo repetían para sí mismas en susurros que terminaban en el batir de sus alas. En ese momento un rayo de luz penetró como un láser dorado el nido y el caos reinó en aquella vivienda que se desmoronaba. Algo había impactado el hogar de toda la familia y había que recuperarlo. Pero antes a Jaime, cuyo nombre perdía cada vez más fuerza, lo reinó una ira destructiva. Una ira que todas compartían mientras erectaban sus aguijones  y salían a combatir a quien hubiera dejado entrar esa violenta luz antes de tiempo. Ese ser bípedo y tontolón que corría por su vida, parecía dirigirse a una lagunita casi sin agua. No bastaría con picar hasta la muerte al destructor, pensó en común con todas sus compañeras.  Había que darle una lección más clara. Algo que recordara por el resto de su vida.







No hay comentarios:

Publicar un comentario