Boxeador
Sentí el gusto salado del guantazo mientras me
replegaba para atrás y descubrí que no me estaba pudiendo defender como me
gustaría. Las luces cada vez se volvían más difusas y el griterío me desconcentraba. Pensaba en la
multitud. Que les importará a ellos si son bestias. Bestias gritándoles a bestias para ponerle un poco de picante a esta
vida de mierda. Para sentir que
el vacío no te come, ergo después yo gano la pelea, ergo se van a dormir
tranquilos. Pero algo me hacía ruido. Nunca los había odiado tanto. Jamás les
había puesto tanta atención a sus ojos vidriosos alentándome o abucheándome.
Parecía que dentro del Ring hubiese un sexo perfecto que no podían tener, de
forma que me gritaban para que ponga más huevo. Como si pudiera hacer más de lo
que estaba haciendo. Como si pudiera darle
al ruso más trompadas apasionadas de las que ya le venía dando durante las ultimas dos
horas. Saboreé el hierro de la sangre y me adelanté. El ruso aquella vez trajo sus shorts rojos y estaba
bastante enojado. Manejaba una bronca
que yo nunca pude llegar ni a entender. Tenía el pelo de un rubio muy claro con
un corte militar y tatuajes de serpientes en el pecho y en los brazos. Cuando
logré tocarlo sentí estar violentando un muñeco de goma. Uno que no sentía dolor y
se burlaba con indiferencia. Una serie de tres golpes, dos derechazos, una zurda en la nariz, y perdí el equilibrio para
después caer al suelo. Los guantes rojos del ruso parecían moverse y arremolinarse
rabiosos entre la penumbra del estadio.
No era la primera pelea que
perdía y aun así jamás me había sentido tan frágil en toda mi vida. Un pánico
me rodeaba el cuerpo y no tenía nada que ver con él. Se sentía más profundo.
Más siniestro. Quizás era la angustia de no haber desayunado. Esa ausencia me
dio asco, me hizo sentir que no cuido de mí ni en los días más importantes.
Recordé ese cartón de huevos en el chino que nunca compré al día anterior
mientras babeaba el suelo gomoso del ring y perdí la conciencia.
Al día siguiente me encontraba
saliendo del gimnasio, esperando los ascensores angostos del complejo que
bancaba la asociación. El complejo era un popurrí de personas extrañas porque
los departamentos tenían una gran desigualdad de cualidades a pesar de
encontrarse en el mismo edificio. Siempre en la noche se escuchaban,
discusiones, música fuertísima con una variedad esquizofrénica de géneros,
ladridos de perros, maullidos de gatos y susurros secretistas. Una vez dentro
me crucé a un personaje de lo más peculiar. Era una mujer vestida con unas
babuchas floreadas amarillas y rojas, una remera celeste apretada que le marcaba
los pezones de sus senos pronunciados. Pude ver que tenía unos aros largos de
plumas blancas. Su piel era tersa pero al mismo tiempo se le marcaban
fuertemente las comisuras de los labios como densos paréntesis. Su pelo eran
unos rulos castaños engrasados en crema para peinar.
Me distraía su presencia, y
frecuentemente parecía abrir la boca para decir algo pero nunca emitía palabra.
Antes de llegar al piso nueve, el ascensor se detuvo y se prendió la luz roja
de seguridad. Estábamos cerca de la media noche y si no lográbamos abrir la
puerta con fuerza bruta tendríamos que esperar a que alguien de ese consorcio
fantasma pasase y lo arreglara desde afuera.
La mujer finalmente exclamó frustrada:
-Que locura, si pasa alguien es
pura suerte
- Si, igual debe ser un corto en
la polea, pueden ser diez minutos o media hora- Le dije fingiendo conocimientos,
para aguantar la incomodidad de tener que socializar a esa hora.
La mujer me miró a los ojos como
si percibiera mi sentir a la perfección y me dijo:
-No te preocupes, esto tenía que
pasar.
-¿A qué te referís?-
-Cuando te ví me di cuenta, me
bajo la data al toque- Expresó mientras abría grande los ojos y me observaba
sorprendida
- ¿La data? Discúlpame pero no
entiendo
- Escuchame con atención, es un
hombre de treintaitantos y no sé qué año es pero cristo no apareció todavía.
-¿Vos estas completamente senil
no? ¿Tenés el celu encima así llamamos a alguien para que nos dé una mano?
- Era una Arena muy grande y el
sol ardía porque hacía mucho calor, era la tercera vez que él peleaba
y estaba
contento porque había afilado la espada. La gran arte…
-misa, la gran artemisa que
pesaba un poco para ser espada pero era hermosa, con los incrustes de plata y
esa amatista chiquita que nadie me robó porque era casi imperceptible.-
De repente me encontré
completando la frase y recordando algo que había pasado hace…. ¿Cuánto? Ni diez,
ni veinte, ni treinta años alcanzaban para poner en su lugar ese momento.
El ascensor no estaba más y el
color rojo de las luces mutó en el amarillento de un sol enorme. Había miles de
personas en las gradas y ante mí se alzaba una gran pared. Sobre ella Tábulo Vitelio, con su panza
enorme, su mirada burlona y la toga blanca. Frente a mí y corriendo como un
lobo sediento de sangre, un hombre
envestido en una armadura dorada que estocaba con golpes fuertes. ¿Cuál era su
nombre? Comencé a jadear, sentí el gusto salado del sudor que goteaba de mi
cabeza asándose en el yelmo. La luz del sol parecía ser cada vez menos intensa
porque estaba por desmayarme, y los
alaridos del público me quitaban claridad. ¡Flamma se llamaba!, Flamma el
soldado al que se le dio la libertad pero decidió seguir ahí, peleando contra
mí. Con su casco de oro enchapado y la
pechera de bronce con serpientes talladas a mano. Recordé su nombre porque era
muy famoso. Esta vez estaba en frente mio, ciego de odio, y le tocaba otra vez defender su lugar de invicto. La
multitud estaba sedienta de sangre. Miraban siempre con sus ojos intensos al
centro de la arena. Como si se hallara
ahí el mismísimo Zeus regalando la vida eterna que no pueden alcanzar. De
manera que gritaban para que dé más de mí, como si pudiese estar peleando mejor
en ese infernal día. Como si el instante pudiese ser más glorioso o sangriento
de lo que estaba siendo. Flama esa vez cargaba con una ira injustificada,
quizás porque ya era libre y solo peleaba por gusto. A pesar de haberlo cortado
varias veces sentí estar peleando contra un muerto. Alguien que ya no tenía
nada por que luchar y eso era lo que lo hacía invencible, imposible de
lastimar. Retrocedí ante el primer espadazo hice dos movimientos en falso y
sentí la hoja de la espada zambulléndose en mi pecho. Caí al suelo chillando de
dolor y vi esa espada bailando ensangrentada en el aire. Parecía moverse y
arremolinarse rabiosa entre las columnas del Ludus.
Una vez contada en voz alta la
historia tuve una sensación de una tristeza muy dura. Me encontraba sentado en
el piso del ascensor mirando a la mujer jipona que parecía estar esperando algo
de mí. El ascensor volvió a arrancar y la puerta se abrió. La mujer me
escudriñó, arqueó las cejas mientras me acariciaba como si fuera un perrito
mojado. Luego dijo:
-
Me apuré mucho. No sé si estabas listo.
Salió del ascensor histriónica y preocupada, haciendo
ademanes con las manos y perdiéndose en los pasillos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario