miércoles, 9 de octubre de 2019


Boxeador

        Sentí  el gusto salado del guantazo mientras me replegaba para atrás y descubrí que no me estaba pudiendo defender como me gustaría. Las luces cada vez se volvían más difusas y el  griterío me desconcentraba. Pensaba en la multitud. Que les importará a ellos si son bestias. Bestias gritándoles  a bestias para ponerle un poco de picante  a esta  vida de mierda. Para  sentir que el vacío no te come, ergo después yo gano la pelea, ergo se van a dormir tranquilos. Pero algo me hacía ruido. Nunca los había odiado tanto. Jamás les había puesto tanta atención a sus ojos vidriosos alentándome o abucheándome. Parecía que dentro del Ring hubiese un sexo perfecto que no podían tener, de forma que me gritaban para que ponga más huevo. Como si pudiera hacer más de lo que estaba haciendo.  Como si pudiera darle al ruso más trompadas apasionadas de las que ya le venía dando durante las ultimas dos horas. Saboreé el hierro de la sangre y me adelanté.  El ruso aquella vez trajo sus shorts rojos y estaba bastante enojado.  Manejaba una bronca que yo nunca pude llegar ni a entender. Tenía el pelo de un rubio muy claro con un corte militar y tatuajes de serpientes en el pecho y en los brazos. Cuando logré tocarlo sentí estar violentando un muñeco de goma. Uno que no sentía dolor y se burlaba con indiferencia. Una serie de tres golpes, dos derechazos,  una zurda en la nariz, y perdí el equilibrio para después caer al suelo. Los guantes rojos del ruso parecían moverse y arremolinarse rabiosos entre la penumbra del estadio.

      No era la primera pelea que perdía y aun así jamás me había sentido tan frágil en toda mi vida. Un pánico me rodeaba el cuerpo y no tenía nada que ver con él. Se sentía más profundo. Más siniestro. Quizás era la angustia de no haber desayunado. Esa ausencia me dio asco, me hizo sentir que no cuido de mí ni en los días más importantes. Recordé ese cartón de huevos en el chino que nunca compré al día anterior mientras babeaba el suelo gomoso del ring y perdí la conciencia.
Al día siguiente me encontraba saliendo del gimnasio, esperando los ascensores angostos del complejo que bancaba la asociación. El complejo era un popurrí de personas extrañas porque los departamentos tenían una gran desigualdad de cualidades a pesar de encontrarse en el mismo edificio. Siempre en la noche se escuchaban, discusiones, música fuertísima con una variedad esquizofrénica de géneros, ladridos de perros, maullidos de gatos y susurros secretistas. Una vez dentro me crucé a un personaje de lo más peculiar. Era una mujer vestida con unas babuchas floreadas amarillas y rojas, una remera celeste apretada que le marcaba los pezones de sus senos pronunciados. Pude ver que tenía unos aros largos de plumas blancas. Su piel era tersa pero al mismo tiempo se le marcaban fuertemente las comisuras de los labios como densos paréntesis. Su pelo eran unos rulos castaños engrasados en crema para peinar.
Me distraía su presencia, y frecuentemente parecía abrir la boca para decir algo pero nunca emitía palabra. Antes de llegar al piso nueve, el ascensor se detuvo y se prendió la luz roja de seguridad. Estábamos cerca de la media noche y si no lográbamos abrir la puerta con fuerza bruta tendríamos que esperar a que alguien de ese consorcio fantasma pasase y lo arreglara desde afuera.

     La mujer finalmente exclamó frustrada:

-Que locura, si pasa alguien es pura suerte

- Si, igual debe ser un corto en la polea, pueden ser diez minutos o media hora- Le dije fingiendo conocimientos, para aguantar la incomodidad de tener que socializar a esa hora.

La mujer me miró a los ojos como si percibiera mi sentir a la perfección y me dijo:

-No te preocupes, esto tenía que pasar.

-¿A qué te referís?-

-Cuando te ví me di cuenta, me bajo la data al toque- Expresó mientras abría grande los ojos y me observaba sorprendida

- ¿La data? Discúlpame pero no entiendo

- Escuchame con atención, es un hombre de treintaitantos y no sé qué año es pero cristo no apareció todavía.

-¿Vos estas completamente senil no? ¿Tenés el celu encima así llamamos a alguien para que nos dé una mano?

- Era una Arena muy grande y el sol ardía porque hacía mucho calor, era la tercera vez que él peleaba 
y estaba contento porque había afilado la espada. La gran arte…

-misa, la gran artemisa que pesaba un poco para ser espada pero era hermosa, con los incrustes de plata y esa amatista chiquita que nadie me robó porque era casi imperceptible.-

   De repente me encontré completando la frase y recordando algo que había pasado hace…. ¿Cuánto? Ni diez, ni veinte, ni treinta años alcanzaban para poner  en su lugar ese momento.
El ascensor no estaba más y el color rojo de las luces mutó en el amarillento de un sol enorme. Había miles de personas en las gradas y ante mí se alzaba una gran pared.  Sobre ella Tábulo Vitelio, con su panza enorme, su mirada burlona y la toga blanca. Frente a mí y corriendo como un lobo sediento de sangre,  un hombre envestido en una armadura dorada que estocaba con golpes fuertes. ¿Cuál era su nombre? Comencé a jadear, sentí el gusto salado del sudor que goteaba de mi cabeza asándose en el yelmo. La luz del sol parecía ser cada vez menos intensa porque estaba por desmayarme, y  los alaridos del público me quitaban claridad. ¡Flamma se llamaba!, Flamma el soldado al que se le dio la libertad pero decidió seguir ahí, peleando contra mí. Con su casco de oro enchapado  y la pechera de bronce con serpientes talladas a mano. Recordé su nombre porque era muy famoso. Esta vez estaba en frente mio, ciego de odio, y le tocaba otra vez defender su lugar de invicto. La multitud estaba sedienta de sangre. Miraban siempre con sus ojos intensos al centro de la arena. Como si se  hallara ahí el mismísimo Zeus regalando la vida eterna que no pueden alcanzar. De manera que gritaban para que dé más de mí, como si pudiese estar peleando mejor en ese infernal día. Como si el instante pudiese ser más glorioso o sangriento de lo que estaba siendo. Flama esa vez cargaba con una ira injustificada, quizás porque ya era libre y solo peleaba por gusto. A pesar de haberlo cortado varias veces sentí estar peleando contra un muerto. Alguien que ya no tenía nada por que luchar y eso era lo que lo hacía invencible, imposible de lastimar. Retrocedí ante el primer espadazo hice dos movimientos en falso y sentí la hoja de la espada zambulléndose en mi pecho. Caí al suelo chillando de dolor y vi esa espada bailando ensangrentada en el aire. Parecía moverse y arremolinarse rabiosa entre las columnas del Ludus.

   Una vez contada en voz alta la historia tuve una sensación de una tristeza muy dura. Me encontraba sentado en el piso del ascensor mirando a la mujer jipona que parecía estar esperando algo de mí. El ascensor volvió a arrancar y la puerta se abrió. La mujer me escudriñó, arqueó las cejas mientras me acariciaba como si fuera un perrito mojado. Luego dijo:

-          Me apuré mucho. No sé si estabas listo. 

   Salió del ascensor histriónica y preocupada, haciendo ademanes con las manos y perdiéndose en los pasillos.





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