Una chica entra a un
bar
¿Dónde estaba
ella? En un bar, sí. Claro que sí. Ella era una chica. Una chica
entra a un bar. Pide una cerveza. El barman se la sirve con suavidad.
Seguramente lo hace con la misma delicadeza con la que riega las plantas de su
balcón. Y nótese que dije balcón y no patio trasero. Él es un barman,
probablemente el patio trasero con huerta y jardín solo se relegue a sus
sueños.
La primera vez que
conté una historia, la hice sin tener ningún boceto a mano. La iba contando a
medida que las ocurrencias se iban depositando una encima de la otra formando
un sándwich de jamón y queso. Un clásico. Estoy escuchando un susurro en la
habitación de al lado. Pero esa no es la parte importante. Sólo es un eco. Un
susurro. Una performance del viento. Se escucha:
- ¡Sra
Clotilde! Es la hora del baño, ya lo hablamos ayer… Vamos que antes
de que se quiera dar cuenta ya está limpita y bella para recibir a las visitas.
Estoy distraído,
tengo que pensar en ella, eso es lo importante, ella es el punto. Tiene color.
Color rojo en los labios. Ella es una chica. Una chica entra a un bar. ¿Qué
está tomando? Cerveza, toma cerveza y el bartender le sirve suavemente una
cerveza rubia en un vaso. Los opuestos se reflejan en el contraste que hay
entre su pelo negro y enrulado y esa cerveza color miel
que dibuja abundancia. El bartender la mira y le dice:
- Paga la casa.
Ella piensa “muy
prematuro, muy rápido”. Al menos veinticinco palabras tendrían que
haberse intercambiado antes de que de repente “pague la casa”. No es
poético, no es épico, no se justifica. La cara de la chica deja ver unas
arrugas en las comisuras de los labios. Me recuerda a…
Huele espantoso donde
vivo. A veces pienso que la mala suerte que tenemos hizo
un contrato con nuestros sentidos y a cada persona se le manifiesta
en uno en particular. En mi caso es indudablemente el olfato. La vista compite,
pero definitivamente son los olores. Olor a madera desgastada y enmohecida.
Olor a viejo, olor a antigüedad, olor a Clotilde. Ojalá hoy esté de
buen humor y se deje cepillar bien. Ojalá nunca me pidan que me
cepille solo porque olvidé hacerlo los últimos veinte años. Tengo
que terminar. Tengo que cruzar esa puerta divisoria una
vez más. Como la cruzamos todos a veces. Pero yo especialmente tengo que cruzarla
hoy. Concluir el ciclo y, para eso, necesito a aquella
chica.
Ella entra a un bar.
Pide la cerveza. La toma. En el bar huele a pureza, a destilados, a
perfume de jazmín y a ropas de estreno. El bartender le pregunta sobre su
tatuaje de copa en el cuello. Ella le explica haciendo dos o tres comentarios
elegantes sobre las leyes filosóficas del universo, pero los ejemplifica de
manera tan banal que parecen naturales, líquidos. Los colores son fuertes. El
rojo de los labios, clásico. El blanco del vestido, Clásico. Pero no es todo
clásico. Y hay algo nuevo en el ambiente. Es una magia que traen los
bares de noche. Una nitidez especial que se exacerba con la naturaleza fáctica
de que sea de noche. Suben de volumen los olores y el color. Es la química entre
dos personas que entrecruzan sus aristas en un duelo de espadas por primera
vez. El barman le dice con voz quebradiza:
- ¿Y qué significa?
- Es la fuente.
- ¿La fuente de qué?
- De todo. De la vida, de las cosas comunes, de
esta birra, de la juventud, de nosotros ahora mismo teniendo esta charla.
- Supongo que
tengo que agradecerle a la fuente entonces…
- Mmm no sé. -Titubea la chica- nunca
se aprende a querer todo lo que fluye de la fuente.
- Bueno, yo vivo el día a día.
- ¿Cuánto es?
- Paga la casa.
Eso está muy bien,
ahora sí está casi listo. Escucho gritos en el cuarto de baño. Es difícil
cepillar axilas contra la voluntad de sus propietarios. Pero seguro que después,
todos le vamos a agradecer a esa chica. Ella es hermosa.
Es de otro tiempo. Limpia axilas durante el día y durante la noche quien sabe
qué hará. Yo la miro de reojo y vuelvo a mis libros, a mis notas… al
Bar. Me recuerda a… Casi lo olvido, estoy apunto. Soy un tonto, un
distraído. Sentir que estas ganando la carrera es la trampa de los grandes
maratonistas. El ego te tapa la voluntad y te dejás estar. Como este lugar
horrendo. ¿Hace cuánto que se deja estar? Esos hongos tienen más
familia que todo mi árbol genealógico. ¡Qué asco! Basta… vuelvo. ¿A
dónde estaba? Sí…
Una chica, un bar, un
bartender, la mejor conversación del planeta, la definición amplificada de la
oscuridad en la noche. Y luego cruzan esa puerta. Sí… Yo cruzo con ellos.
Finalmente cruzo con ellos. Le escucho decir a la chica:
- ¿Qué hacés para
vivir? Digo…además de emborrachar gente…
- Escribo…
- ¿Vas a escribir sobre
hoy… sobre esto?
- Jajaja, quién sabe, depende. Me
olvidaba, ¿cómo es tu nombre?
- Clotilde.
“Clotilde”…
Esa parte no es tan buena. Debería cambiarla. Pero ya está. Lo hecho, hecho
esta. Nada más importa. Crucé la puerta con ella y eso es lo más
importante.

No hay comentarios:
Publicar un comentario