lunes, 7 de diciembre de 2020

  Una chica entra a un bar

 

¿Dónde estaba ella?  En un bar, sí. Claro que sí. Ella era una chica. Una chica entra a un bar. Pide una cerveza. El barman se la sirve con suavidad. Seguramente lo hace con la misma delicadeza con la que riega las plantas de su balcón. Y nótese que dije balcón y no patio trasero. Él es un barman, probablemente el patio trasero con huerta y jardín solo se relegue a sus sueños.

La primera vez que conté una historia, la hice sin tener ningún boceto a mano. La iba contando a medida que las ocurrencias se iban depositando una encima de la otra formando un sándwich de jamón y queso. Un clásico. Estoy escuchando un susurro en la habitación de al lado. Pero esa no es la parte importante. Sólo es un eco. Un susurro. Una performance del viento. Se escucha:

               - ¡Sra Clotilde! Es la hora del baño, ya lo hablamos ayer… Vamos que antes de que se quiera dar cuenta ya está limpita y bella para recibir a las visitas.

Estoy distraído, tengo que pensar en ella, eso es lo importante, ella es el punto. Tiene color. Color rojo en los labios. Ella es una chica. Una chica entra a un bar. ¿Qué está tomando? Cerveza, toma cerveza y el bartender le sirve suavemente una cerveza rubia en un vaso. Los opuestos se reflejan en el contraste que hay entre su pelo negro y enrulado y esa cerveza color miel que dibuja abundancia. El bartender la mira y le dice:

               - Paga la casa.

Ella piensa “muy prematuro, muy rápido”. Al menos veinticinco palabras  tendrían que haberse intercambiado antes de que de repente “pague la casa”. No es poético, no es épico, no se justifica. La cara de la chica deja ver unas arrugas en las comisuras de los labios. Me recuerda a…

Huele espantoso donde vivo.  A  veces pienso que la mala suerte que tenemos hizo un contrato con nuestros sentidos y a cada persona se le manifiesta en uno en particular. En mi caso es indudablemente el olfato. La vista compite, pero definitivamente son los olores. Olor a madera desgastada y enmohecida. Olor a viejo,  olor a antigüedad, olor a Clotilde. Ojalá hoy esté de buen humor y se deje cepillar bien. Ojalá nunca me pidan que me cepille solo porque olvidé hacerlo los últimos veinte años. Tengo que terminar. Tengo que cruzar esa puerta divisoria una vez más. Como la cruzamos todos a veces. Pero yo especialmente tengo que cruzarla hoy. Concluir el ciclo y, para eso, necesito a aquella chica.

              Ella entra a un bar. Pide la cerveza. La toma. En el bar huele a pureza, a destilados, a perfume de jazmín y a ropas de estreno. El bartender le pregunta sobre su tatuaje de copa en el cuello. Ella le explica haciendo dos o tres comentarios elegantes sobre las leyes filosóficas del universo, pero los ejemplifica de manera tan banal que parecen naturales, líquidos. Los colores son fuertes. El rojo de los labios, clásico. El blanco del vestido, Clásico. Pero no es todo clásico. Y hay algo nuevo en el ambiente. Es una magia que traen los bares de noche. Una nitidez especial que se exacerba con la naturaleza fáctica de que sea de noche. Suben de volumen los olores y el color. Es la química entre dos personas que entrecruzan sus aristas en un duelo de espadas por primera vez. El barman le dice con voz quebradiza: 

               - ¿Y qué significa?    

               - Es la fuente.               

               - ¿La fuente de qué?

              - De todo. De la vida, de las cosas comunes, de esta birra, de la juventud, de nosotros ahora mismo teniendo esta charla.

          - Supongo que tengo que agradecerle a la fuente entonces…

             - Mmm no sé. -Titubea la chica-  nunca se aprende a querer todo lo que fluye de la fuente.

                - Bueno, yo vivo el día a día.

          - ¿Cuánto es? 

          - Paga la casa.

Eso está muy bien, ahora sí está casi listo. Escucho gritos en el cuarto de baño. Es difícil cepillar axilas contra la voluntad de sus propietarios. Pero seguro que después, todos le vamos a agradecer a esa chica. Ella es hermosa. Es de otro tiempo. Limpia axilas durante el día y durante la noche quien sabe qué hará. Yo la miro de reojo y vuelvo a mis libros, a mis notas… al Bar. Me recuerda a… Casi lo olvido, estoy apunto. Soy un tonto, un distraído. Sentir que estas ganando la carrera es la trampa de los grandes maratonistas. El ego te tapa la voluntad y te dejás estar. Como este lugar horrendo. ¿Hace cuánto que se deja estar?  Esos hongos tienen más familia que todo mi árbol genealógico. ¡Qué asco! Basta… vuelvo. ¿A dónde estaba? Sí… 

Una chica, un bar, un bartender, la mejor conversación del planeta, la definición amplificada de la oscuridad en la noche. Y luego cruzan esa puerta. Sí… Yo cruzo con ellos. Finalmente cruzo con ellos. Le escucho decir a la chica:

                 - ¿Qué hacés para vivir? Digo…además de emborrachar gente…

                 - Escribo…

                 - ¿Vas a escribir sobre hoy… sobre esto?

                 - Jajaja, quién sabe, depende. Me olvidaba, ¿cómo es tu nombre?

                 - Clotilde.

         “Clotilde”… Esa parte no es tan buena. Debería cambiarla. Pero ya está. Lo hecho, hecho esta. Nada más importa. Crucé la puerta con ella y eso es lo más importante.


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