martes, 14 de julio de 2020



Las cosas y yo
 

    Estimado profesor: ha ocurrido un incidente tan extraño, que no puedo dejar de comunicárselo. Esta vez, me levanté a las 4:47 de la mañana. Comencé con la respiración y pude notar lo que me decía sobre la relación entre los objetos comunes y yo. Hasta ahora, no había podido entenderlo del todo por mi mente condicionada, que aparentemente estaba dominando el panorama completo. Yo no le creía, como bien le dije en mi carta anterior, los pájaros de la madrugada  eran simplemente pájaros y mi pava hervía con la simpleza vacía de un dibujo borroso. Estaba cansado pero seguí meditando. Seguí registrando en la libreta, hora tras hora lo que ocurría. Esa vez hubo un componente diferente. Algo que quizás le ayude con el próximo sujeto. Puse música. Con la esperanza de que evocara emociones, de que despertara elementos dormidos. Le di play a unos cuencos tibetanos en loop y me calmé un poco. Era un ejercicio muy privado. Estaba desnudando toda mi obsesión. ¿Se acuerda de la fijación que tenía? ¡No me dicen nada estas cosas! Gritaba. El odio a mí mismo, el vacío de estar perdido en esta tierra como una miga separada de la hogaza de pan. Esta carta tiene que funcionar como su prueba más fehaciente de que tenía razón. Por favor, crea en mis palabras, porque lo logró. Soy su primer conejillo de indias y si alguien descubre esto, la humanidad no va a ser la misma. Los dos objetos en los que me pidió que fijara mis miedos eran los pájaros y el té. Como no me convencía el té, elegí la pava. Por alguna razón, como le dije en mi informe anterior, siempre habían sido las imágenes más dolorosas para mí. Porque había una cierta ausencia en ellas. Evocaban una mañana triste donde no se movía nada. Donde los engranajes estaban sueltos y no tenían que ver unos con otros. Por un momento, había pensado que sería el triple de triste si yo pensara que estos objetos o el universo conspiraban contra mí, pero eso al menos tenía sentido. Podría sentirme desdichado y tristón pero había una suerte de esquema. 
    Fue entonces cuando, después de cuatro respiraciones profundas, el aire en mis pulmones pareció hablarme. Pero no era una voz que se escuchaba en palabras o sonidos. Era un especie de voz líquida que se derramaba por mi boca y mi nariz. Fluía como si estuviera purgando un parásito maestro que hubiese reprochado salir de mí para decir algo. Visualicé el ojo de uno de los pájaros posados en mi jardín, como todas las madrugadas, observando el interior de la casa. El pájaro miraba la pava como si esperara algo de ella y ésta empezó a silvar porque el agua hervía. Y yo respiraba, más profundamente, más sentidamente. La pava reflejaba la indiferencia del pájaro en su acero curvo y el vapor su desdén oculto. Su "no decir". Su existencia animal ignorando lo que en realidad participaba. La música era más rápida y los cuencos orquestaban un colchón de energía, por primera vez en toda mi vida. Era una perfecta relación alquímica entre cosas aparentemente separadas. ¡La encontré, profesor! Encontré la primera o, mejor dicho, la primera me encontró a mí. ¡Conecté con la parábola y todo lo que decía ese apunte por el que lo insulté hasta el hartazgo en las primeras lecciones era verdad! El pájaro indiferente miraba la pava, la pava hervía y yo respiraba. El vapor de la pava era mi oxígeno traducido en esa especie de volcán nihilista que besaba sentido por primera vez convirtiéndose en la música que siempre lo había acompañado. Y, a pesar de que fuéramos objetos y seres humanos separados, por primera vez nos sentía juntos. Sentía la energía magnética que rodeaba las cosas y las hacía indiferenciables. Tenía razón profesor. Con los pulmones a veces se puede llamar a dios.









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