Las cosas y yo
Estimado profesor: ha ocurrido un incidente tan extraño,
que no puedo dejar de comunicárselo.
Esta vez, me levanté a las 4:47 de la mañana. Comencé con la respiración y pude
notar lo que me decía sobre la relación entre los objetos comunes y yo. Hasta ahora, no había podido entenderlo
del todo por mi mente condicionada, que aparentemente estaba dominando el
panorama completo. Yo no le creía, como bien le dije en mi carta anterior, los pájaros
de la madrugada eran simplemente pájaros
y mi pava hervía con la simpleza vacía de un dibujo borroso. Estaba cansado
pero seguí meditando. Seguí registrando en la libreta, hora tras hora lo que
ocurría. Esa vez hubo un componente diferente. Algo que quizás le ayude con el
próximo sujeto. Puse música. Con la esperanza de que evocara emociones, de que
despertara elementos dormidos. Le di
play a unos cuencos tibetanos en loop y me calmé un poco. Era un ejercicio muy
privado. Estaba desnudando toda mi obsesión. ¿Se acuerda de la fijación que
tenía? ¡No me dicen nada estas cosas! Gritaba. El odio a mí mismo, el vacío de
estar perdido en esta tierra como una miga separada de la hogaza de pan. Esta carta
tiene que funcionar como su prueba más fehaciente de que tenía razón. Por favor,
crea en mis palabras, porque lo logró. Soy su primer conejillo de indias y si
alguien descubre esto, la humanidad no va
a ser la misma. Los dos objetos en los que me pidió que fijara mis
miedos eran los pájaros y el té. Como no me convencía el té, elegí la pava. Por
alguna razón, como le dije en mi informe anterior, siempre habían sido las
imágenes más dolorosas para mí. Porque había una cierta ausencia en ellas. Evocaban
una mañana triste donde no se movía nada. Donde los engranajes estaban sueltos y no tenían que ver unos con otros. Por un momento, había pensado que sería el triple
de triste si yo pensara que estos objetos o el universo conspiraban contra mí,
pero eso al menos tenía sentido. Podría sentirme desdichado y tristón pero
había una suerte de esquema.
Fue entonces cuando, después de cuatro respiraciones
profundas, el aire en mis pulmones pareció hablarme. Pero no era una voz que se
escuchaba en palabras o sonidos. Era un especie de voz líquida que se derramaba
por mi boca y mi nariz. Fluía como si estuviera purgando un parásito maestro que hubiese
reprochado salir de mí para decir algo. Visualicé el ojo de uno de los pájaros
posados en mi jardín, como todas las madrugadas, observando el interior de la
casa. El pájaro miraba la pava como si esperara algo de ella y ésta empezó a
silvar porque el agua hervía. Y yo respiraba, más profundamente, más
sentidamente. La pava reflejaba la indiferencia del pájaro en su acero curvo y
el vapor su desdén oculto. Su "no decir". Su existencia animal ignorando lo que
en realidad participaba. La música era más rápida y los cuencos orquestaban un colchón
de energía, por primera vez en toda mi vida. Era una perfecta relación alquímica
entre cosas aparentemente separadas. ¡La encontré, profesor! Encontré la
primera o, mejor dicho, la primera me encontró a mí. ¡Conecté con la parábola y todo
lo que decía ese apunte por el que lo insulté hasta el hartazgo en las primeras
lecciones era verdad! El pájaro indiferente miraba la pava, la pava hervía y yo
respiraba. El vapor de la pava era mi oxígeno traducido en esa especie de
volcán nihilista que besaba sentido por primera vez convirtiéndose en la música que siempre lo había acompañado. Y, a pesar de que fuéramos objetos y seres humanos separados, por primera vez nos sentía juntos. Sentía la energía magnética que rodeaba las cosas y las hacía indiferenciables. Tenía razón profesor. Con los pulmones a veces se puede llamar a dios.

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