miércoles, 17 de julio de 2019


Los Gisóltropos

En el año 2347  yo estaba solo en mi investigación. El resto de mi equipo de exploración había sufrido los más extraños accidentes en aquella selva. A Rodriguez lo invadió una fiebre tan terrible que empezó a delirar y a gritar hasta que se le desgarraron las cuerdas vocales y tuvo un infarto. A Bagnatti lo secuestraron y todavía no sabemos que alimaña. Solo dejaron una nota en la que pedían quinientos plátanos rojos por su rescate. Y bueno en cuanto a Martelli y a Gomez yo creo que escaparon antes de empezar el asunto. Pero algo me dice que no tuvieron buen destino porque sus rastreadores no aparecen en el radar.

Yo estaba buscando a la única especie que venía investigando desde que tengo uso de razón. Los Gisoltropos eran una raza muy particular. Supuestamente ninguno pasaba el metro cincuenta,  tenían un cabello largo, enmarañado de color rojizo, y tres dedos en los pies y en las manos. Un cuerpo fibroso, generalmente atlético y la piel de color violáceo. Los libros de los sabios decían que los cubría una coraza camaleónica inmensa, que utilizaban para confundirse entre los distintos tipos de plantas o arbustos. Pero esa no era la parte más interesante. La coraza  aparentemente era un reflejo de su estado de ánimo.  Por ejemplo, si el Gisoltropo había tenido alguna experiencia negativa cerca de un sauce, en presencia de estos árboles la coraza se debilitaba y se teñía de un color que fluctuaba entre el negro y el gris en un vaivén de espirales oscuros. Al menos esto era lo que decían los libros. Quizás los Gisoltropos eran distintos, quien sabe. El punto era que yo ya estaba extasiado, temeroso, a punto del pico de stress. Pero un stress positivo. Un stress del desafío de ser el único que quedaba activo (o vivo)  en la misión; el único par de ojos humanos que contemplaba esa variedad de colores, y olfateaba esa cantidad de aromas exóticos.

Con el tiempo empezó a atardecer y me pareció vislumbrar entre la maleza una forma en movimiento. Solo me quedaba un machete que ya estaba desgastado por la cantidad de plantas que había rebanado para hacerme paso. Me moví lentamente hacia esa cosa y me detuve a medio metro. Era una sustancia viscosa, verdosa, casi indiferenciable de la grama. En medio segundo se produjo un ruido muy extraño. Como si un objeto afilado fuera acariciado por un suave viento. En ese instante la masa salió disparada hacia la izquierda y corrí a su acecho. Durante la persecución era difícil de distinguir, pero en un momento los arboles robustos aminoraron en el paisaje, y quedó allí quieta. Ahora el color de un pastizal amarillo, expuesto al sol del atardecer, dejó ver a la presa con mayor claridad. Empecé a sentir que no había vuelta atrás. La fascinación crecía pero también el miedo. Me acerqué y la criatura se presentó ante mí.

La viscosidad que cubría su cuerpo se hecho a su espalda a modo de capa y pude vislumbrar aquel torso semi-humano erguido, enfrentándome. Al contemplarle las manos y chequear el número de dedos mi emoción iba en aumento, y también así lo hacían mis pálpitos. La cara del Gisoltropo la conformaban tres ojos azules repitiloides con cejas robustas de color platino. A su vez contaba con la cabellera enmarañada. Que a diferencia del color rojizo que figuraba en la enciclopedia era un naranja flúor muy intenso. La piel por el contrario coincidía a la perfección. Era semi-violeta con muchas líneas negras, que se confundían con algunas arrugas y lo que parecían cicatrices.

En un determinado momento me provocó atacar a la criatura. Mi admiración y mi adrenalina eran tan fuertes que justificándome con una posible amenaza, que no tenía por qué suceder, me dieron ganas de apuñalar al Gisoltropo. Sin embargo cuando mire de reojo mi mano el cuchillo ya no estaba ahí. Volteé mi cabeza para verlo y yacía un metro a mi izquierda. De repente me sentí mareado. Percibí que mi geografía cambiaba sin la voluntad de mis piernas y empecé sudar profusamente. Miré a los ojos nuevamente a mi presa, cuyo seudónimo de caza empezaba a calzar mejor a mi propia persona. Y entonces recordé lo que había leído para formular una hipótesis. La sustancia que llevaba de capa de seguro era una coraza en desarrollo, y probablemente también fuera su punto débil. Pero yo estaba inmovilizado, paralizado por esa belleza. Por eso que tanto tiempo había estado deseando y ahora tenía frente a mí. Con esos seis dedos de las manos colgando, con esa mirada penetrante y tríplice.

Entonces, endulzado con mis propias descripciones de lo que contemplaba, me percaté de se estaba moviendo y ahora me daba la espalda. En ese momento dejé de verlo porque su capa gelatinosa se confundía con los colores de aquel bello atardecer, y se entremezclaba con los pastos amarillos. Era como estar parado en frente del horizonte. Sin ver a nadie, observando el sol esconderse. Pero yo sabía que aún estaba ahí. Lentamente alejándose de mí.  Disolviéndose en aquella postal.

Mi cuchillo había pasado a ser un recuerdo, así que casi babeando y en medio de ese torbellino psíquico, me dirigí a destrozar esa masa vulnerable de su espalda con las manos. No podía esperar para terminar con todo eso. Ya era demasiado bueno para ser real, y aún sería mejor, cuando me guardara esa sustancia en los bolsillos, conociera el color de su sangre y me llevara el cuerpo del Gisóltropo a la nave.


 Mis manos resbalaron en aquella bestia y mi cuerpo se estrelló con la flamante coraza transparente. Súbitamente tuve una galaxia de sensaciones en el cuerpo. Un cosquilleo múltiple. Sentí que me desarmaban como a una máquina, desglosando pieza por pieza para revisar donde estaba la falla. Me enceguecí con la luz refractada en esa sustancia que entremezclaba naranja y transparente. El efecto era mejor que cualquier placer que hubiese experimentado jamás. Experimentaba que ya no había nada para hacer, y olvidé porqué me había embarcado en esa tediosa tarea de los Gisóltropos desde un principio. Me hallaba en un espacio inhóspito, flotando, sin ningún tipo de resquemor. No sabía si estaba viendo, oyendo u olfateando la luz blanquecina que me rodeaba. Pero yacía en una suspensión brillosa y se sentía bien.

El año es 2347 y aun no entiendo que sucedió aquel día. Solo sé que ahora mi vida es otra. Disfruto revolcarme en las hierbas y a veces no me diferencio del entorno.




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