sábado, 26 de septiembre de 2020

 

Escritor


Me dan ganas de contarte que te quiero para mí solo aunque no sepas quien soy. Y quiero que te quedes conmigo hasta el final. Pero para eso vas a tener que saber un poco de mí ¿no? Bueno, puedo contarte. No obstante, sabé que cuando lo haga, mi alma se va a pegar a la tuya como un insecto vicioso. Soy escritor. Y escribo cosas ¿ves? Esto que estás leyendo lo estoy escribiendo ahora mismo. Pero ya no sé cómo hacer para que las palabras aparezcan como lo hacían antes. No te vayas. Quedate hasta el final y mirá todo lo que aprendí a hacer. Probé de todo. ¿Querés que te cuente todo lo que probé?  Probé ser barroco y catedrático, mientras me sumergía en las profundas aguas de la mente y escribía cómo los pensamientos se fundían unos con otros, en un frenesí de imágenes antiguas y secas. Como las páginas de los diarios viejos. O el ensayo sobre política que se pudre en la mesita de luz de un hombre decrépito que sabe mucho, pero tiene pocos amigos. Probé como dichas imágenes anteriormente ilustradas y abusadas en descripciones excesivas se iban entremezclando entre sí, y refinando para crear historias complejas. Relatos como fósiles petrificados en museos, con el potencial para enamorar todas las mentes de los lingüistas excéntricos.

También me puedo poner el suéter verde de lo espontáneo ¿sabés?  Y me hago planteos que se deslizan más fácil por los ojos de algunos. Fluyo natural, como un pez que lo devuelven al océano. Escribo oraciones cortas que son como puchitos descarados. Hablo de cosas fáciles, que conozco, como árboles, o gente que habla entre sí. O romances contemporáneos de pibes con objetivos poco claros en la vida. Por ejemplo  te puedo contar algo sobre un tipo que le dice a una mina:

- Che, ¿me trajiste lo que te pedí?

 Y la mina dice algo estúpido como por ejemplo:

- Me lo fumé en el camino, disculpá. Y se ríe.

Y de repente capaz eran amigos o novios o simplemente era alguien comprando droga, pero nadie sabe, porque no lo pensé. Pero sí me los imagino encontrándose en una noche cualquiera, donde hay humedad y luces difusas en los alrededores del parque Centenario.

Y ahí, las palabras son líquidas y engatusan por lo fácil. Los cuentos son como escuchar canciones todas iguales, que tienen tres acordes mayores y uno menor, para que no se note tanto la poca onda que le ponen. Los ejes son simples y piden a gritos que vengan a envolverlos en algo menos trivial. En algo que este menos cerca de la nada. Ahí puedo ponerme neo hippie y cuento las cosas como un monje budista que vive en un mono ambiente en Buenos Aires. Se la pasa meditando y piensa mucho en la ausencia.  Usa sandalias cómodas de entre casa con medias, túnicas naranjas y toma leche de almendra. Este monje se siente mareado, mira por la ventana  y se pregunta cosas buscando iluminarse. Es así que cae en interrogantes como por ejemplo: ¿Podría alguna imagen callejera tener algún ingrediente mágico, que lo llevara a disolver sus pensamientos e inspirarse? o ¿Eran necesarias las constantes elucubraciones sobre el sí mismo y los estados alterados de conciencia en la escritura? o ¿Los pájaros saben a dónde van cuando vuelan? o ¿Podrían ser sus alas las que los llevan a los  lugares que quieren, como fuerzas biológicas independientes del cuerpo?

Y pienso en el absurdo de la vida y en como las búsquedas creativas muchas veces terminan en pozos sin fondo. Y es ahí cuando puedo ponerme completamente nihilista, nada me atraviesa. Las palabras son como tajos a mi cuerpo que ya no siente. Hablo de cáscaras de huevos que se rompen y adentro están vacías. Solo tienen una masa de aire sin sabor que ya ni siquiera se hace preguntas. La existencia es tortuosa pero intrascendente. Boxeo con historias grises, de tipos que no son capaces de sentir sus propias lágrimas y que eventualmente, se vuelven autómatas y se mueren, a propósito, de aburrimiento…

Ufff, fue difícil salir de ahí. A veces pienso que no voy a poder pero siempre termino saliendo. Y puedo volverme posmoderno también, y esnob, y escribir poesías sin coma ni puntos. Como hacen les pibis en los ciclos artísticos en donde se baila trap raro y la gente se viste de colores mientras florece entre las luces estroboscópicas. Y me imagino a una mujer en un escenario con medias de nylon negras, pollera gris y un sueter polera, que mira con resignación una hoja impresa, mientras le tiemblan las manos y lee:

Muta-su-forma-como-muta-la-piel-y-se-entrega,

Yo-me-entrego-y-me-acuerdo-la-noche-en-la-que-me-comiste-despues-de-la-pizza

No-me-podés-romper-porque-soy-flexible-por-dentro

Y-por-fuera-nada-tiene-valor-sino-te-quedás-esta-noche.                 

Y la gente aplaude, admira, mientras un hombre gordo con muchos tatuajes y piercings le sostiene una mirada orgullosa y le grita: ¡Vamos Male!                                      

Y ahí todos conocemos un nombre común y corriente, de una chica que escribe poesía para que luego la busquen entre la multitud y la vean.

Después me pierdo en esos espacios oscuros que tenemos los bichos humanos y tiro máximas sensibles como dardos a la diana del bar en una peli vintage. Y al final todos, en el fondo, solo queremos ser vistos y comprendidos. Y ansiamos que la retina irritada de los demás lea entre líneas las angustias y cure las penas. Pero nunca pasa del todo… Y así es que se siguen filmando películas y se fuma a la madrugada, se pintan cuadros, se compran plantas en viveros, pan en el chino, libros en Internet, se tocan canciones en plazas, se tienen orgasmos a medias y se escriben textos para otros… Como este que es para vos, que te quedaste hasta el final y que ahora me preguntas:

- ¿A dónde vamos?

- Gracias…  Ahora si querés podemos ir a donde a vos te guste.

 




 

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