Juego
Chica le propone a chico, Juguemos un juego, estoy aburrida. Chico se pone nervioso porque jamás se sintió bien con la gente que admite el aburrimiento. Siente que es como si aceptaran el fracaso de que la realidad nunca es lo suficientemente placentera como para rellenar los espacios vacíos. Chico acepta tímido y saca su arsenal de ofrecimientos ridículos para usarlos como armas en el campo de batalla. La primer arma es un juego bélico de mesa. Tiene muchas fichas de colores planas como monedas y hay que conquistar los países del enemigo con tiradas de dados. Chica dice puede ser divertido juguemos. ¿Cuál es el nombre? Chico dice no me acuerdo. Siempre tiro las cajas y memorizo las reglas. En realidad no creo que te guste, es puro azar. Finge ser de estrategia porque plantea una campaña militar, pero si los dados caen en números bajos tu partida siempre está siendo un fracaso. Chico mira el suelo y piensa como los juegos son sátiras crueles de eventos irreproducibles en su mente dormida. Luego ofrece un juego oriental que se parece al ajedrez pero las fichas son todas de igual forma. Son como platos voladores pequeños o aspirinas elípticas. Otra similitud con el ajedrez, es la de que hay fichas blancas y fichas negras. El objetivo es encerrar las fichas del rival a través de una colocación estratégica de las mismas en una cuadrícula enorme. Chica dice suena divertido juguemos. ¿Te acordás cómo se llama? Chico dice, no me acuerdo, en realidad quizás te canse un poco, puede resultar largo. Los movimientos de las fichas se pueden ir alternando en combinaciones muy variadas y en los torneos, las partidas suelen durar hasta tres días. Chico siente como la comisura de sus labios se tensa en una risa falsa, manejada por un comediante invisible que siempre arruina los chistes explicando los remates. Chica propone un juego esta vez y dice, podríamos jugar a imaginar una historia. Yo cuento la primera parte y vos seguís y así vemos qué va quedando. Chico pregunta ¿y quién gana? Chica dice, no es un juego en el que se gane o se pierda, pero si querés puede ganar el que imagine la parte más interesante. Chico dice ¿y quién decide cuál parte es la más interesante?
-Eso siempre se termina sabiendo. Seguro te vas a dar cuenta.- Exclama chica dejando atrás de su voz unos puntos suspensivos.
-¡Bien, empecemos!
La historia cuenta la historia de dos jóvenes, Joaquín y Mariela. Están en el patio. En un momento Joaquín le dice a Mariela que está aburrido. Que quiere jugar un juego. Mariela propone varios juegos de mesa pero ella misma los rechaza sistemáticamente después de ofrecerlos. Mariela recorre con los ojos el patio de la casa de Joaquín. Joaquín recorre con los ojos las curvas de Mariela enfundadas en su blusa blanca con motas negras y le dice que quizás lo mejor sea que se vaya, que fue un error que estuviera ahí. El aire es tenso. La única manera de disolver la tensión del aire es besándose y negando lo incómodo que fue todo. Joaquín y Mariela se besan, se sacan la mitad de la ropa y hacen el amor de forma mecánica e impune. Luego juegan tres juegos de mesa. No terminan ninguno y cada partida es interrumpida por otro chispazo de pasión.
La historia deja de contarse. Los narradores soltaron la pluma. La historia cobra vida y empieza a contarse a sí misma porque es lo único que conoce. La historia se siente sola. Abatida pero contenta porque siente que hizo algo bueno por alguien. Ya no crea personajes. No sabe en qué apoyarse. No le dieron un conflicto, así que repite una y otra vez las oraciones y revive uno a uno los sentimientos expresados en el caos que le dieron por cuerpo. Crea anagramas con las palabras pero no encuentra sentido en ninguna frase armada. Salta y danza entre los espacios y entre las letras, sobre todo en los pasajes donde ocurre el bello incidente entre Joaquín y Mariela, y recorre esa parte deseando que hubieran descripto mejor sus matices. Aunque sea para poder sentir más como esos seres se amaban con ingenuidad animalesca mientras los tableros de los juegos de mesa yacían desperdigados por todas partes. La historia no tiene final y sufre. Pero eventualmente deja de patalear y acepta su destino. Descubre la paz y perdona a los padres que la dejaron huérfana. Medita posándose en cada letra y sobrevolando cada espacio entre las palabras. La historia termina así. No terminándose nunca y esperando que un narrador la retome y le muestre algún otro juego distinto.

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