El otro otrea
Cuando el otro otrea no hay de otra. Vos otreaste
la otra vuelta. Quizás yo soy algo obsesivo o neurótico. Pero mi nivel de
claridad es altísimo. Y pretendo que el otro lo emule, y eso (lo sé) es un acto
de egoísmo.
Quizás
durante los besos tímidos, que en nuestro historial de batalla nos hemos
robado, la otredad se disolvía en algo más homogéneo. En una especie de
solución acuosa, tibia y deliciosa. Un acuerdo implícito que las dos partes
respetabamos por igual. Estaba todo bien.
Pero el otro otrea, y eso nos duele en las vísceras.
No es tanto una cuestión de control, de acuerdos o de moral. Es más un momento.
Son los segundos pre-infartantes en los que notamos que quizás aquella
proyección de felicidad que construimos en el otro, se va a quedar en un libro.
Que no es menor, y que se escribe con todo su valor y nobleza. Pero el café de
la mañana lo tomamos con nuestros proyectos, y sin besos, porque el otro otrea. Ese calor y ese amor que
queríamos que comparta quizás el desayuno y tres o cuatro chistes, hoy otrea.
Y cuando el otro otrea, no hay
de otra. Eso sí, hay un gran desarrollo
personal en seguir adelante. Porque después de todo nosotros a veces somos el
otro de otros, pero no nos damos cuenta.
Convertir en un acto de libertad, aquellas
relaciones espóradicas en donde el otro otreó,
no es más que un acto de valor. El acto de entender que el libro que estamos
escribiendo, tiene una historia en donde elegimos todas las palabras. Pero la
vida tiene escrito otro libro para nosotros, con otras palabras, que tarde o
temprano vamos a tener que incorporar. No a través del conformismo, sino
aceptando. Aceptando que el juego del poder tiene un final más vacío y más
prematuro que el juego del amor. Y en el amor, las lágrimas a veces se escurren de nuestros ojos cansados
con una sal que quema. Sin embargo, de esa sal surgen inmaculadas, las
enseñanzas del otro.
De todas formas para nosotros, los otros del
otro, siempre habrá un refugio imaginario. Una suerte de isla desierta, construida con ideas, y arrancada del mundo.
Es una mañana tibia, y está amaneciendo. La arena es blanca y suave y se
escucha el ruido blanco del océano cerca. El otro se acerca y nos besa. Esta
vez el otro no otrea y hay otras
opciones. Pero esa batalla solo la ganamos en una realidad paralela. Solo la
tenemos como un consuelo, en donde nuestra líbido intransferible se satisface
con un otro que solo es real en nuestros sueños.

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