domingo, 5 de mayo de 2019


El otro otrea


 Cuando el otro otrea no hay de otra. Vos otreaste la otra vuelta. Quizás yo soy algo obsesivo o neurótico. Pero mi nivel de claridad es altísimo. Y pretendo que el otro lo emule, y eso (lo sé) es un acto de egoísmo.
Quizás durante los besos tímidos, que en nuestro historial de batalla nos hemos robado, la otredad se disolvía en algo más homogéneo. En una especie de solución acuosa, tibia y deliciosa. Un acuerdo implícito que las dos partes respetabamos por igual. Estaba todo bien.
Pero el otro otrea, y eso nos duele en las vísceras. No es tanto una cuestión de control, de acuerdos o de moral. Es más un momento. Son los segundos pre-infartantes en los que notamos que quizás aquella proyección de felicidad que construimos en el otro, se va a quedar en un libro. Que no es menor, y que se escribe con todo su valor y nobleza. Pero el café de la mañana lo tomamos con nuestros proyectos, y sin besos, porque el otro otrea. Ese calor y ese amor que queríamos que comparta quizás el desayuno y tres o cuatro chistes, hoy otrea.  Y cuando el otro otrea, no hay de otra.  Eso sí, hay un gran desarrollo personal en seguir adelante. Porque después de todo nosotros a veces somos el otro de otros, pero no nos damos cuenta.

 Convertir en un acto de libertad, aquellas relaciones espóradicas en donde el otro otreó, no es más que un acto de valor. El acto de entender que el libro que estamos escribiendo, tiene una historia en donde elegimos todas las palabras. Pero la vida tiene escrito otro libro para nosotros, con otras palabras, que tarde o temprano vamos a tener que incorporar. No a través del conformismo, sino aceptando. Aceptando que el juego del poder tiene un final más vacío y más prematuro que el juego del amor. Y en el amor, las lágrimas  a veces se escurren de nuestros ojos cansados con una sal que quema. Sin embargo, de esa sal surgen inmaculadas, las enseñanzas del otro.

De todas formas para nosotros, los otros del otro, siempre habrá un refugio imaginario. Una suerte de isla desierta,  construida con ideas, y arrancada del mundo. Es una mañana tibia, y está amaneciendo. La arena es blanca y suave y se escucha el ruido blanco del océano cerca. El otro se acerca y nos besa. Esta vez el otro no otrea y hay otras opciones. Pero esa batalla solo la ganamos en una realidad paralela. Solo la tenemos como un consuelo, en donde nuestra líbido intransferible se satisface con un otro que solo es real en nuestros sueños.






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